Wednesday, May 10, 2006

PALABRAS

PALABRAS
MANUEL









EDICIONES
CAPRICHO ASTURIANO






Colección Nuevos Lenguajes.


Retahíla de divertimentos literarios pensados para que en ellos se deleiten y ejerciten los estudiantes de lengua castellana.






A Sergio González,
entrañable amigo.













"Hay una cosa más
triste que no lograr
los propios ideales:
salir triunfante".
Cesare Pavese.
El oficio de vivir.


1.
Palabras que vienen, palabras que se van, palabras suaves como el murmullo de la lira, palabras dulces, tiernas, lisas, delgadas, sutiles, palabras invisibles, que no se sienten, que no hacen daño, que no dicen casi nada, y sin embargo hacen llorar.
2.
Palabras sanas, alegres, frutales, palabras leoninas, de sol y de domingo, palabras de pascua, de aleluya, de camisa blanca y nueva, bulliciosas como la sidra que se escancia, palabras en primavera, de colores, palabras que cantan, jilgueros, brisas y flores nuevas a cada paso, y al fondo del jardín, el riachuelo, y en lontananza la musa, desnudándose al trasluz. Palabras sin tiempo, sin prisas, sin neuras, palabras breves, palabras claras, la sonrisa de un bebé, el abrazo de un amigo, palabras dulces, deliciosas, palabras simplemente hermosas dichas en tono del todo natural.


3.
Palabras precisas, rotundas, palabras redondas, desnudas, tan lindas, tan suaves, que expresan, lúcidas y perspicuas, la inmensa claridad que impera en lo creado. Hablando con propiedad, llamando al pan pan y al vino vino, el poeta sabe que existen palabras tan distintas, no por lo rebuscadas sino por lo elegantes, palabras tan meridianas que a su lado un diamante brilla poco. Con esas palabras pretende tejer estas prosas que ahora comienzan.


4.
Palabras medidas como un término medio, regladas con mesura y comedimiento, palabras compuestas por un artífice prudente y laborioso, palabras atenuantes, paños calientes en las rodillas doloridas del alma del lector, palabras despacitas, que suavemente se infiltran en el entendimiento, palabras que saben recoger las velas y navegar con modos templados por el océano del estilo, palabras que alivian como fricciones de arnica o emplastos de feno—greco, palabras que se emblandecen en la punta de la lengua, palabras dichas con las manos abiertas, el poeta con los ojos clavados en el suelo, el lector echándole agua al vino, palabras moderadas, la mismísima Humildad dando clases de moral a muchas lindas doncellas, Sobria, Prudencia, Frugalidad, y a otras tantas virtudes floridas. Palabras sonrientes, dicharacheras, tremendamente atractivas, infinitamente peligrosas, palabras casi religiosas dichas con devoción por la boca de un novicio, ante el altar.


5.
Palabras tan redondas como rotundas; el poeta, que sabe ser pedante, diría que son palabras orbiculares, como las lentejas de Berujón. Con esa curvatura velada de la danzarina del vientre que en un cafetín del Cairo suspira leyendo a Kavafis. Palabras circulares, que se muerden la cola, una serpiente lírica enrrollada sobre sí misma, atragantada con el propio cascabel. Palabras elípticas, que el poeta tornea una por una, para después, como si fuesen rulos para el cabello, colgárselas de la cabeza, con sus mil lóbulos a cuestas. Cuando el poeta, dándose vuelta, desenrrolla a la vista del lector sus argumentos, éste se santigua, espantado.


6.
Palabras que el poeta escribe sentado en medio del camino de la vida. La otra mitad ya se la llevó la muerte. Palabras claroscuras como los aforismos de Heráclito, anagramas dictados con caligrafía telepática, el poeta haciendo desesperadamente gestos con las manos, mandándole un telegrama al lector, para que entienda. Palabras que garrapateó en el dorso de un billete del metro antes de saltarse la tapa de los sesos con el revólver nacarado que le robó a su musa. Palabras negras como escarabajos solterones escarbando en el desierto páramo nevado en busca de un pedacito de ternura que llevarse a la boca. Palabras que la musa lleva tatuadas en la nalga, y en la mano un diccionario erótico, para descifrarlas mejor. Palabras que emborronan el paisaje del reino del silencio, ringorrangos que cuelgan de las orejas de la reina, garrapatas que le chupan la sangre en la espalda al infante, y el principe haciendo el amor con la barrendera del castillo. Palabras ligadas con trazo magistral, palabras de perfil suave, ojos azules, y letra cursiva. El pintor las pintaría con caligrafía colorida, pero cifrada. El músico las rasguearía como a una guitarra en milonga de gauchos. El cocinero las incluiría en la minuta del domingo, bien compuestas con ajo y perejil, unas hebras de carne de muslo de sirena y un poquito de azafrán español, para darle color a la feliz composición. El poeta, sin embargo, las dice de memoria. Tras el postre, un buen discurso, con el café y las copas. Él no es un tenor, pero tampoco cuenta mentiras.


7.
Palabras arrebatadas, vivas, implacables. El poeta da duro, se abre paso a empujones, cabalga a contrapelo sobre la lisura blanca del papel, y a rienda suelta. Frenético como un volcán en erupción dice lo que tiene que decir, para eso ha venido al mundo. Y lo dice con palabras efusivas, que arden al contacto con el entendimiento, palabras de viento, palabras de pólvora, con el poder de la eficacia, con la braveza del idioma castellano, el alma puesta en el empeño, súbitas en el férvido estilo, palabras a veces rudas, otras casi fanáticas, que obligan al lector a cerrar el libro y a salir pitando, muy irritado. El poeta, entonces, al ver que se ha quedado solo, intensamente solo con su obra, estalla, de repente, irrefrenable. Y entonces pronuncia palabras situadas en los extremos del lenguaje, tan brutales que alcanzan al lector en la nuca, quitándole los sentidos. Sólo vió una llamarada alumbrando entre los misterios del Verbo, mientras caía. No sintió nada más.

8.
Hay también palabras malas, palabras inmorales, que corrompen la blancura virginal del papel. Palabras que han perdido la vergüenza en el tintero, que se arrastran por el suelo como culebras ponzoñosas, palabras que huelen a puchero de enfermo, tan indelicadas como indignas. El poeta es un bellaco, un granuja, un verdadero tunante, con su tipejo de mamarracho, la figurilla pasada de moda de chuchumeco en apuros y los gestos de un rufián, muy hijo de su madre, miembro podrido de la aristocracia del saber. El lector, puede ser un cualquiera, tiene buenas tragaderas, y no le da asco lo que lee. Su cara de corcho ni se inmuta. No se asombra ante palabras tan cobardes que ni se atreven a dejarse pronunciar, palabras apocadas y serviles. Sus señores son gente non sancta, que viven entre la ruina de las grandes familias venidas a menos y el escándalo que riega las venas de los bajos fondos de la gran ciudad. Pícaros haciendo trastadas, varios adjetivos desmelenados le juegan una mala pasada al bribón que se escondía entre las páginas del diccionario. Y que conste que no es un bribón cualquiera. La cara de renacuajo que ha comido un pedazo de sapo y no ha gustado, el peinado de pelagatos saliendo de la peluquería de Astraugilo el mariquita, los zapatos blancos, de hortera en un salón de tango, y los ojos, pillines, pero bizcos. Es un bribón torpe, que hasta resulta soez. Es desorejado, astroso e indocumentado. El poeta le espanta con la gorra, pero el condenado ni se inmuta, como si no fuese con él. El lector, muy colaborador y servicial, se ofrece a ayudar. Agarra al perillán por la colita de caballo de gipitano cincuentón, y le arrastra largo trecho del camino por los suelos. El fregado no se resuelve hasta que aparece un uniformado miembro de la Academia de la Lengua a poner orden: —Es un deshonor, una auténtica vileza publicar prosas tan perversas—, dice el académico, con su cara de acelga mustia. –La mecánica del texto lo exige así—, le replica el poeta, encogiéndose de hombros.


10.
Palabras con una úlcera en el estómago, palabras heridas en la pezuña, palabras con el casco atronado, y un tornillo flojo. La triquinosis, la demencia, el meteorismo y la rabia andan sueltas por ahí. Palabras con calentura, tal vez por causa de la vacuna que les aplicó el veterinario. Palabras con sarna, éstas con pepita, como las gallinas, aquellas con aftosa, esa fiebre tan fatal. Unas palabras tienen los juanetes doloridos, otras son muy velludas, como arañas, y tienen un zancón roto. Algunas tienen el cerebro algo disminuido, el pelo reseco, y la raza degenerada. En el libro de glosopeda de la Universidad de Michigan se dice que las palabras castellanas sufren a menudo de morriña, de modorra y de zangarriana. Es sabido que en las noches frías de invierno exudan un humillo verduzco por las narices. Otras son roñosas, tartamudas y con el culero todo inflamado. Palabras que se han clavado en el pie una espina, otras se han machucado con la enclavadura de un caballo. Unas están encebadadas, vomitando a orillas del riachuelo, aquellas se descuadrillan en un ejercicio de yoga. Las menos se bañan con agua limpia, beben pócimas y brebajes a pasto, se rocían con elixires y a menudo hasta se dejan castrar por sus doctores, que las cauterizan, las infibulan y les sacan los cuartos en una sola operación, y a mitad de precio. Palabras, en fin, tan sencillas y humanizadas que uno llegar a creer que existen de verdad.

11.
Palabras planas, palabras descriptivas, palabras analíticas, extensas como la trigonometría, que no conoce fin, de amplios espacios formales divididos en líneas y órdenes que se suceden sin enredo. Palabras coordenadas, ejes directores diametralmente entrelazados con el espíritu atento del lector, que no tiene, por cierto, alma de geómetra. Pero que sabe apreciar las particularidades de esas palabras, semejantes unas a otras, todas homologadas, y a la vez tan diferentes, unas cúbicas, otras sextavadas; aquellas que están allí, sentadas a la sombra del ciruelo, trapezoidales; las que suben sudorosas la montaña, esdrújulas, como la hija solterona del tio Isósceles, Macarena. ¡Oh, que palabra tan bonita!, Macarena, con volumen, con cuerpo bien definido, de sólida contextura, y con una superficie aterciopelada de melocotón medio verde recorriéndole los poros de la piel. Palabra tan apetitosa. Y una pirámide refulgiendo en el centro de la esfera, entre las piernas. Palabras, sí, palabras llanas y crudas como poliedros regulares. El placer resultante, un punto y aparte.


12.
Palabras dichas de improviso, cuando y donde menos se piensa, palabras que a lo mejor, de repente, como la estampida de un revólver en medio del funeral, se hacen oir. Palabras dichas sin pensar, a quemarropa, a escopetazo limpio. El muerto salió del ataúd alarmado por el barullo del disparo. Como caído de las nubes nos cogió a todos los que le enterrábamos desprevenidos. A primera vista continuaba tan fallecido como antes, pero de repente, sin decir agua va, se puso a orinar latines por la boca. Era una palabra fantasma, que en un descuido del poeta se escapó del diccionario. ¡El lector no conseguía cerrar la boca!. Era una musa.




12.
Palabras frágiles, quebrajosas, resbaladizas; palabras comunes, sólitas, acostumbradas a decir siempre lo mismo, cal, cabra, cabestrante, palabras de peso, de contraste, como el oro, el platino, el diamante, palabras de buena ley, fieles, medidas previamente por el poeta, que ejerce de almutacén en las horas vagas, en la morería; palabras de noche, que vienen de lejos, Selena, Persépone, palabras cercanas, de ahora, internet, clon, palabras que divagan, que se desvían sin avisar, andan en zig—zag, como borrachas; palabras errabundas, que mariposean sobre el papel, pajareando entre los puntos y las comas, pindongueando con la musa del poeta (que por cierto está de buen ver), vagando entre cerros y valles de la cordillera de Eros, cumbres y abismos, palabras precipicio, palabras xoxotas que se abren como un bostezo de la tierra entre las piernas de Venus, palabras de vicio, palabras fatales, frágiles, ¡qué debilidad sienten!, ¡si no estarán con sida!, palabras que se quiebran solas, como cáscaras de huevo, mientras se arrepienten de no haber usado condón, la diosa bien que les avisó, palabras que se perpetúan como las gallinas, que para ello inventaron el huevo, como el poeta inventó el arte. Palabras eternas como la artritis, como cagar despacio, como andar a pie.
13.
Palabras femeninas, que usan falda, gastan belleza y se llaman mujer. Varonesas del Verbo, hembras de cuerpo bravío, gachís hermosas como palmitos, gacelas virginales desnudándose los melindres frente al arrebatado cazador. Palabras que se visten por la cabeza, ajamonadas, parecen escapadas de un harén. Del serrallo del poeta, tal vez, que cuida de sus evas como el carpintero de sus herramientas o el agricultor de sus sementeras. Palabras encantadoras, sirena, palabras indescifrables, esfinge, palabras reales, quimera. Palabras mujer, Valquiria, Odalisca, Diana. Palabras elegantes tomando el té de las cinco con un grupillo de cotillas en un salón palaciego de la embajada inglesa en Buenos Aires, palabras lozanas que cabalgan a lomos de alazán por los campos de Castilla, la cabellera al aire rasgando el silencio blanco del papel. Palabras damiselas que salen de la misa de doce y a la puerta de la iglesia de San Francisco de Ouro Preto buscan con los ojos furtivos la presencia ansiada del mulato José. Palabras dueñas de un burdel en Valparaiso, ofreciendo sus mejores mercancías a sus clientes, políticos, almirantes, obispos y empresarios de mucho postin. Palabras amas de casa fritándole un par de huevos con tocino al hijo recién llegado, que acaba de salir de la cárcel. Palabras sirvientas, grávida de cuatro meses fregando el suelo por el que acaba de pasar con sus pies sucios el zafado del patrón, que ahora dice que el hijo no es de él, con todas las guarrerías que le hizo hacer bajo la amenaza de despedirla acusándola del robo de un anillo de su esposa que él le regaló diciéndole que se lo había comprado para ella en especial. Y ella sin dinero siquiera para pagarse un D.N.A. Palabras putas de la vida, que a todos se ofrecen, a ninguno se niegan, y a muy pocos no les cobran por los servicios prestados. Palabras nupciales, la novia vestida de blanco a la puerta de la iglesia, tres domingos después, sabiendo que nunca podrá amar al hombre con quién sus padres la obligaron a casarse, porque es más rico y más blanco que el mulato José. Palabras esposa tres años después, gozando en brazos del mejor amigo del marido, palabras infernales como las murmuraciones de la suegra, una harpía de armas tomar, palabras cretinas como la idiota de la cuñada, palabras esquizofrénicas como la sobrina del señor cura, que está enamorada de Cristo y de su tío, al mismo tiempo. Palabras castas, otras deshonestas, unas bien casadas, otras tres veces divorciadas, unas con trece hijos de siete hombres diferentes, y el marido con mas cuernos que riquezas, diecisiete años después, y otras estériles, gastándose la fortuna que no tienen en el ginecologista. Palabras, en fin, no escritas para lectores que no gustan de perderse por una mujer.


14.
Palabras severas, casi ríspidas de tan ásperas e inexorables. El poeta es, sin duda, un personaje serio y adusto, como la mano no siempre justa del destino. Su bigote le delata, y la pluma pesada con que escribe palabras a rajatabla, que se agrian al aire, y en el papel se quedan duras y secas, como un dulce de azúcar requemada. Resulta una prosa deliciosamente puritana, que no tolera la desnudez ni la lujuria, pero que sabe excitar la líbido del lector con sabrosas e inesperadas lengüetadas. El sexo es, en rigor, pura naturaleza encarnada. El poeta lo sabe, y por ello lo usa para salpicar sus prosas, para aderezarlas con sal y pimienta (así la inefable seriedad queda bien disimulada). El lector se entrega, y goza. Ya consumado el amor, con su cara de juez, el poeta le escribe unos versos extraños, cetrinos, hasta algo mustios en su incansable romanticismo, y luego los dobla y los redobla, como si en vez de ser un haiku fuesen un origami, y hace con ellos un avioncito de papel. Lo toma con sus manos, lo sopla suavemente, y lo echa al viento, a verlo volar. El lector nunca la vió mas gorda. ¡Vuela de verdad!.


15.
Palabras de poeta. La inspiración sopla fresca y viva. Las musas parecen transparentes, cabalgando a lomos de Pegaso, tan blanco que se diría todo de papel. Aónide duerme desnuda a la vera del regato, los pies de jade en el agua. Sueña con palabras desnudas que la seducen yéndose como van cauce abajo, precipitándose en las Cascadas del Estilo.


16.
Palabras armadas de soberbia, reinas altivas e indignadas, con veneno en la mirada y una desesperante manía de tentar la paciencia de todo el mundo, sacando de sus casillas al mismísimo diablo, que anda sulfuroso y enojado porque al buen Dios le ha dado por comer pimienta, se salió de sus casillas y bajó al infierno a darse contra una pared. Luzbel, que no le puede ver y tiene malas pulgas, se puso a bufar y a ladrarle a la luna. El poeta, ardiendo entre las llamas eternas, consulta el diccionario, como quién consulta un oráculo, buscando una palabra que exprese lo que siente. El lector, sublevado, parece que le estuviesen tomando el pelo, arroja al fuego purificador el libro que tiene entre las manos.


17.
Palabras indeliberadas, escritas de golpe y porrazo, sin más ni más, con los dedos, en la arena. Palabras atropelladas que el poeta farfulla, sangrando por la pluma a borbotones, palabras dichas de prisa y corriendo, pues la Belleza es fugaz como la rosa, y solo arrebatado se la consigue descifrar. Palabras vivas, impetuosas, torrente de palabras que se despeñan por el desfiladero, que se precipitan como las manos del amante en su primera noche de amor, palabras que se atolondran, el corazón se les salta del pecho, la sangre les bulle en las venas, palabras hirvientes, que sirven hasta para freir churros y buñuelos, palabras torbellino, palabras extremamente urgentes, al poeta le queda poco tiempo, está con la soga al cuello, palabras escritas contra reloj.

18.
Palabras sueltas, irreverentes, palabras libres, torcidas, inmorales. El poeta anda en malos pasos, corre sin freno por los burdeles del Verbo; su perversión mayor consiste, ¡imaginaros!, en dormir con sus musas. ¡Hasta ahí habríamos de llegar!. El poeta es un pícaro, un calavera, que carga el alma a la espalda y disfrazado de predicador dice palabras viejas como la sarna. Otras veces se hace pasar por un viejo verde, conde de no se sabe qué, que vive recorriendo el mundo en compañía de un eterno adolescente llamado Pasión. Dice entonces palabras que pierden al que las escucha, halagado, embebecido. El lector se pierde a su vez entre las angosturas del deseo, guaridas más parecidas a conejeras que a cubiles de león. Espía por una rendija de la puerta y ve palabras enredadas sobre el lecho, palabras depravadas, saturnales, pronunciadas con gula en medio de la orgía. Las musas arrebatadas, incontinentes y ya medio borrachas, el champán se les sube rápido a la cabeza; el poeta despeñándose por los abismos del desenfreno lírico, soltando la rienda y el lector, roto, descerrajado y distraído, sin saber qué hacer ni donde esconderse. ¡Nunca leyó cosa igual!.


19.
Palabras indivisibles, con todas las letras, con todos los ajilimójilis, dichas de principio a fin, de pe a pa. Palabras plenas, enteras, compuestas de un todo, varias partes y una maquinaria precisa y perfecta, el lenguaje. Palabras todas juntas, que concluyen y saben salir indemnes al decir lo que tenían que decir, sin previamente haberlo dado, ni por señales, a entender. Palabras que le añaden algo al alma del lector, que le completan, le remiendan el aburrimiento que esconde tras del rostro imperturbable. Al fin de la sesión, para colmo, le coronan con tantos laureles como cabellos se le van cayendo a medida que el texto le domina.



20.
Palabras hondas, vehementes, intensas, que nacen de las profundidades abisales del alma, en donde brota como briznas de yerba el vivo sufrimiento. Palabras crueles con que el poeta, sabiéndolas imperfectas, le infringe un severo castigo al lector. Palabras por ello dolorosas, difíciles de andar, rabiosamente bellas y exactas, con el rigor y la reciedumbre de las obras del Hombre.


21.
El poeta no para. Sacude la pereza y hace todo lo posible por ordenar el flujo de palabras con las que intenta, ese es el objetivo de su empresa, pasar por la vida dejando versos y flores tras él, y para ello procura escarbando entre las páginas del diccionario palabras que a su vez pugnan desquiciadas por salirse del papel y lanzarse en campaña contra la cabeza del lector. Encuentra debajo de unas piedras un grupillo de palabras minúsculas. Las observa detenidamente en el microscopio y ve que andan como grullas, con solo un pie, y que se hacen añicos a cada rato, dejando las plumas y la vida en el camino. El poeta echa toda el agua en el molino, no deja letra por mover, y si es preciso muele el cielo y la tierra, y como un gambusino los tamiza después, en busca de, aunque sea, una pepita de alegría. El lector, que es testarudo y no gusta de ideas nuevas, navega contra corriente. La lectura del libro se le hace cuesta arriba. El poeta le sugiere que tal vez lo esté leyendo de cabeza para abajo, y para ello le demuestra cómo, en una plumada, consigue tocar todos los registros, con lo que al final las palabras, con los cinco sentidos puestos, concluyen el ensayo que se traían entre manos y se van al bar de la esquina, a tomar un café, que buena falta les hace, y a echarle una ojeada rápida al periódico, la página de las esquelas, a ver si se les ha muerto algún enemigo.

22.
Palabras estrambóticas, barrocas, ridículamente esdrújulas y anticuadas, palabras descomedidas, macanudas, insólitas, que se salen de la regla, no vienen en la cartilla de la escuela ni aparecen en el mapa. Se llega a ellas por una anomalía del camino, un defecto de oído, un vicio oculto. Son palabras que pueden sonar extrañas, a unos tal vez originales, a otros de seguro peregrinas. Habrá quiénes digan que esto es un aborto, y apedrearán al poeta, tachándole de anormal y de desvariado. Cosa del otro jueves, cierto prestigiado crítico considerará tanta palabreja entrelazada un inaudito intento de realzar las excelencias del idioma castellano, y algún que otro ilustre lector las comparará, estaba borracho, a las que el Fénix de los Ingenios se dejó olvidadas en el tintero, una auténtica quimera, un prodigio digno de un festival de ficción científica. Palabras y más palabras, únicas, cada una con personalidad propia, algunas casi indecibles, otras admirablemente puestas, una pandilla de mozas alegres revoloteando frente al escaparate de la tienda de modas, garzas mágicas escribiendo con las patas en la nieve, gorriones que ensucian el entablado del convento. Es algo verdaderamente fenomenal la contemplación de tantas palabrejas juntas, nunca revueltas, en el inicio de la primavera, desde el ventanuco de la celda. ¡Increible!

23.
Parece que al poeta se le descompuso la cabeza, y está fuera de juicio escribiendo insensateces para que se las lleve el viento. Palabras que tienen el cráneo seco, que chochean como nonagenarias balbucientes, palabras ajenas, monomaníacas, alunadas, cuya única sustancia es el delirio. El poeta compró en el supermercado una lata de extracto de delirio. La abrió, derritió a fuego lento el contenido, y formó con él una masa compacta como pasta de papel. La laminó, la formó, la troqueló, y con los pedacitos resultantes cocinó una verdadera sopa de letras. Hirviendo se la sirvió al lector, que, como estaba el pobre hambriento, se quemó la boca. Indignado, llamó inmediatamente a la policía. El poeta se había vuelto loco, había intentado asesinarle, estaba tocado de la cabeza, había que encerrarle hasta que le reajustasen los tornillos. Los loqueros no sabían a quién ponerle la camisa de fuerza. Por si acaso se la pusieron a las palabras, y al poeta un bozal, para que no dijese ni pío.


24.
A veces al poeta le sale el tiro por la culata. Sus palabras vuelven de vacío, con el rabo entre las piernas, las manos en la cabeza, y sin haber conseguido llegar a donde pretendían. Palabras desacertadas, que se malogran en el contacto con el papel, palabras que fracasan nada más ser escritas, ¡una verdadera desgracia!. El poeta intenta siempre evitar esas palabras, pues no quiere dejar al lector con un palmo de narices, chasqueado, ni tiene intención de emborracharle con agua de borrajas. Así y todo a menudo esas palabras desgraciadas se le escapan y le hacen quedar mal. Cae en flor, el infeliz, y se viene abajo. Al fin, soplándose las manos, queda hecho un mico, a oscuras, al son de buenas noches, compuesto y sin novia, quiero decir, sin lector.


25.
Palabras que predican con el ejemplo, enseñan no para que las copien o imiten, sino para que el lector disfrute de su clasicismo y de su naturalidad. Palabras que sirven de regla, modelos vivos a seguir, moldes con que el gusto del lector se ajusta a la horma. El poeta no es un dechado de virtudes, pero sabe hacer que sus palabras carguen a la espalda el arquetipo. Palabras que tocan el inconsciente del lector, le tocan en lo más íntimo, en lo más profundo, en lo que el inconsciente tiene de colectivo, de común a todos. El lector, que estaba distraido sobre la vía del tren sacándose una piedrecita del zapato, no vió la locomotora de la fama que se le vino encima, y le hubiese hecho trizas si no se llega a agachar a tiempo a recoger una moneda de diez centavos que vió brillar bajo una de las traviesas. Lo suave es agacharse, dice el I Ching. Suaves palabras ideales como espejos, parangones que imprimen un sabor especial a la lectura del texto. Palabras que nacen en el origen del misterio poético, palabras raras, nuevas y únicas, que edifican un carácter, un estilo, y que hacen mella en el alma del lector, imprimiéndole un sello indeleble. Palabras cuya principal virtud consiste en ser tremendamente originales. ¡Y en estar buenísimas, para chuparse los dedos!.

26.
El poeta se muerde la lengua. No más palabras, dice sin descoser los labios. Palabras solo de silencio, palabras calladas, que se deje oir el vuelo de una mosca. Como si el libro fuese una misa y el lector oficiase de sacerdote. Palabras que ya nacen con la lengua pegada al paladar, y ni una palabra siquiera revoloteando en torno de la llama de la vela que arde ante el altar. La polilla que se deja fascinar por el resplandor, incauta y graciosilla, lleva a su vez un candado en la boca, y muere abrasada, chisporroteando, pero sin rechistar. Se quedó con el dolor en el pecho, como los filósofos estoicos. Y el poeta se quedó a su vez con otras tantas palabras en el estómago, destinadas especialmente a un libro que piensa escribir, dedicado a los sordomudos: Ni pío. Escondió en su cuaderno sigilosamente la llave que abre los misterios del alma, y en el cajón de un reservado sobreentendido, de caoba y plata, la encuentra el lector. Con ella en la mano abre las puertas de un mundo olvidado, corre los velos, y nada más acontece. Todo queda quieto, como el colibrí libando del gladiolo. La Belleza, aunque desnuda y dispuesta, estaba amordazada; sus ojos daban a entender lo que su cuerpo ardía. Sin sentirlo la tierra, a la chita callando, el lector se desprendió de sus ropas. Tiene un lunar muy curioso en la nalga, que no todos pueden ver. Sin chistar ni mistar la poseyó, a la Belleza, allí mismo, sobre el blanco del papel.


27.
Palabras que cortan un pelo, lo hienden en dos, o en tres, o hasta en siete pedazos, y luego, como los filósofos hindúes a la Verdad, cada pelito resultante lo subdividen de igual forma, y así sucesivamente. Hay muchas pequeñas verdades. El poeta, de dientes acolmillados, trisca también al lector, y con una motosierra le corta después el ego en pedacitos, haciéndole polvo como un maestro zen a sus discípulos. El serrín resultante lo vende a una fábrica de almohadas para poetas sin inspiración. Los tablones sirven de entarimado para un colegio de monjas, y con las vigas el poeta le construye un monumento al filósofo hindú.


28.
¡Hay que ser genial, o morir en el intento!, exclama el poeta, mientras juega con un bichito en el jardín del Parnaso. El caracolejo tiene una espiral de diamantes incrustada en la concha. Parece una amonita de madreperla con polvillo de pirita tiznándole de brillos el negro de los ojos. Lleva en la mano una caracolita pequeña, le cabe en el puño, muy linda y cariñosa. Y casi totalmente desnuda. Lo curioso del caso es que el poeta asegura que la caracolita era la mujer del caracolejo, y que palabras nacaradas salían de las valvas de una almeja que ella, la mujer, guardaba entre sus piernas. El caracolejo, todo excitado, saca los cuernos al sol. Se le pone el pene como un moco verde en pie. En el prepucio le reluce una calva de testa pegajosa, una cosa rara, entre miel y baba, que al lector, muy escrupuloso como él es, le produce mucho asco. Se le revuelve el estómago cuando observa cómo el poeta compara la testa calva del prepucio del caracolejo con las texturas esponjosas del ombligo de Venus, o con la moluscosidad muscular de las babosas. Casidulina, la profesora de conquiliología, está convencida de que el poeta de genial no tiene nada. A no ser, claro, esas palabras raras que sabe extraer como un mago en el circo no de su sombrero de copa, sino de su cuerno de Amón.


29.
Palabras expuestas en el escaparate de una pastelería. El lector es un niño goloso, muerto de hambre, descalzo, harapiento, con las narices pegadas a la luna del escaparate, la boca babando, haciéndosele agua. Palabras de mazapán, sabrosas como las mujeres toledanas, con muchas golosinas enredadas entre sus cabellos negros, el cuerpo todo de azúcar como el de una virgen en flor. Palabras esponjosas, bañadas con polvillo de almendras, rociadas con almíbar de ambrosía y decoradas con suspiros de harina. Un baño de caramelo garapiñando los granos que les afean el rostro. Tocinillos del cielo, flanes y manjar blanco en el estómago. Entre las piernas un bombón, relleno de crema de anís, y de bala una peladilla confitada. El lector, que no ve ya nada más, exclama: ¡Aleluya!, cuando la dueña del negocio le abre la puerta para invitarle a entrar. ¡No se la cree!. Prueba los huevos hilados, los pellizcos de monja, los pecados de ángel y las mantecadas de Astorga. Los polvorones le fascinan, el merengue le pone a bailar de contento, y las natillas le dejan tan feliz que se echa a llorar. Las palabras de esa repostería, La Gracia de Dios, como las de La Tabaquería de Pessoa, se escarchan antes de servirse. El lector acostumbra engullirlas a dos carrillos, saboreándolas con fruición. La dueña, Dulce se llama la generosa mujer, al vestirse, sonríe radiante, y le da a su amante a que pruebe unas pocas, a ver si ésta vez le salieron ricas. Luego le dice, la muy descarada, que tendrá que disculparla, pero es que a las siete y media tiene cita con el poeta. Han quedado para escribir juntos un soneto de piñón y chocolate. ¡Que vuelva cuando quiera!. ¡O que la llame!.

30.
Palabras que sirven de alfombra voladora, palabras que asombran. Ocultas estaban en la noche negra del tintero antes de venir a la luz blanca del papel. Palabras envueltas en un abrigo de lana, con capa y sombrero, para no mojarse ni ensuciarse con la lluvia, de tan limpias que son. El calzado, de cuero de bruja desollada por la Inquisición, y la armadura de seda, como la de los locos. Las guarniciones, de oro y perlas; el embozo, azul zafiro, y la faja roja, sellada con un broche de plata y azabaches. Palabras gemológicas, palabras crustáceas, palabras siempre duras, siempre encorazadas, cubiertas de miedo, apergaminadas como un manuscrito medieval. Palabras que se incrustan en la cuenca de los ojos del lector, levantándole un terrible dolor de cabeza si pretende descifrarlas. No se para con las manos el discurrir de un rio tormentoso. Hay que dejarse llevar. ¡Que las palabras nos arrastren!.

31.
De cuando en cuando palabras dichas entre paréntesis salen a relucir. Parece que hubiesen llegado por el atajo, sin dar rodeos ni andarse en vanas disgresiones. Palabras que ponen en suspenso al lector, por su carácter intermitente. Se cierra el paréntesis y desaparecen dejándole a media miel. La distancia entre esos huecos es como una laguna que hay que atravesar a nado. Lo que importa en el texto es, principalmente, lo que hace que se quiebre el hilo del discurso, la tensión. El silencio ejemplar que predomina en esos incisos le da al lector espacio vital, y mucha calma, lo que favorece la concentración.
32.
Palabras pasajeras, en tránsito por el papel. Palabras que circulan sobre el filo del renglón, en bicicleta, como un equilibrista haciendo piruetas en el alambre tendido entre las azoteas de dos rascacielos de Chicago. Palabras que están de paso por la vida, como todo lo que está vivo. Palabras que recorren el sendero de cabo a rabo, buscando un anillo de estimación, oro y esmeralda, perdido allí en una encarnación anterior. Palabras que van y vienen, como los pasos del marido en la sala de espera de la Clínica de Maternidad, palabras transhumantes, que recuerdan a los pastores bereberes, o a los gitanos de Andalucía. Palabras que de pronto, con un bocinazo, entran en un túnel. Van en fila, como los vagones del tren. Palabras que hienden la cabeza del lector, entrando con la fuerza de una locomotora en su alma adormecida por los vapores del hastío. Luego, fugaces, surcan su corazón, en enamorada travesía. El poeta consigue así, al fin, comunicarse rompiendo las barreras de miedo que les separaban, y logra que sus palabras lleguen a destino, una perdida estación en el páramo helado, entre cumbres blancas sobre las que anida un pájaro hermoso llamado Arte. Pájaro sobre cuyos lomos el lector monta, y picando espuelas cabalga, porque se va de viaje.
33.
Palabras de filósofo romano dichas antes de suicidarse por orden de su Emperador. Palabras dichas con la frente levantada, la navaja de abrirse las venas, con el mango nacarado, entre las manos, y en la bañera el agua templada que rebosa por el borde. Una pastilla de jabón sobre el platillo de oro y jade que le regaló el Emperador cuando aún era solo uno de sus más queridos discípulos. Palabras dichas sin pestañear, impávidas e inexorables. Palabras que denotan una voluntad de hierro, la fortaleza de un alma constante y entera. Palabras que el filósofo, tajándose la muñeca, ya dentro de la bañera, pronuncia con absoluta libertad de espíritu. Más nada tiene que perder, pero les recuerda a los discípulos que no se olviden de regar los geranios del patio, y de reponer el alpiste en la jaula de los canarios. Su presencia de ánimo es admirable. No así ocurre con el poeta, ni con el lector, sus mas queridos amigos, que arrodillados sobre el enlosado, le acuden. No se dominan, se les desarma el valor, y se echan a llorar como benditas magdalenas. ¡Qué hermosas las palabras con que el filósofo, ya moribundo, les consoló!. Que tuviesen valor, que aguantasen firmemente, y sobre todo que no perdiesen nunca la confianza. El poeta se sonaba en el pañuelo, el lector se aclaraba los ojos en el lavabo. El valor cívico, la hombría, el genio estoico de aquel filósofo era indoblegable. Sus últimas palabras hablaron de la amistad, de la justicia y de la generosidad, atributos de todos los que quieran dedicar sus vidas al ejercicio de la Sabiduría. Con tranquilidad se despidió, abrazando uno a uno a sus discípulos. Entregó su alma al Altísimo en un estado de ataraxia generalizada. El poeta, para recordarle, grabó con el cincel un epitafio en su sepulcro: "La paciencia forja el carácter. La filosofía lo eleva".

34.
El poeta recuerda palabras que Séneca decía: "El alma no se mancilla por la deformidad del cuerpo, sino que es el cuerpo el que se embelleza con la hermosura del alma". El lector, un personaje muy leído, le replica citándole a su vez a tan ilustre filósofo cordobés: "Abandona la esperanza de gustar en extracto el ingenio de los hombres más ilustres". Y con sorna, remata: "Palabras de la epístola que Séneca escribió a Lucilio". El poeta, naturalmente, se queda con la boca abierta con tanta sabiduría. Esa él no se la esperaba. Le pregunta a su lector dónde ha leído los libros de Séneca. El lector, indiferente, como si no fuese con él, y a la vez misterioso como un oráculo, le responde: "Un libro es igual a otro cualquiera".


35.
Palabras que a veces se cuelan por el ojo de la cerradura de una casa ajena, y fisgonean metiéndose en lo que no les importa, con un morral de lana andina cargado de chismes de todos los tamaños y colores al hombro. Palabras indiscretas, que se introducen en donde no son convidadas, y sin pensárselo dos veces meten baza cuando tenían que mantenerse con la boca cerrada, y acusan de ser un chisgarabís a éste buen hombre que juega en primer plano una partida al dominó con el farmaceútico, el veterinario y el secretario del Ayuntamiento, y a aquel mequetrefe que está sentado en la barra del bar tomando un cuba—libre le tachan de parásito borracho, sin imaginar la firmeza de su carácter, y a aquel otro que danza en la pista un tango con Mariquito el travestí, le ahorcan por refitolero. Palabras que se cocinan en salsa de envidia, en el fuego del vicio, que se pasan la vida tijereteando el traje que las demás llevan puesto y quisiesen vestir ellas. Palabras que escupen en corro, como los metesillas y sacamuertos que frecuentan las novenas de la Iglesia. Palabras que zascandilean sobre el alma conturbada del lector, mangoneando sin reparo en su intimidad sobrecogida. El poeta, que no admite intrusos en su propiedad intelectual, les echa los perros, y sale a darles caza, la escopeta al hombro. Las palabras, refunfuñando, poniéndole verde, se van por donde habían venido, pero a la carrera.

36.
Palabras que se equivocan, alucinan, toman el rábano por las hojas y no dan una a derechas. Palabras ofuscadas por su propio brillo, se confunden encandiladas con la blancura del papel, desatinan cuando la fama se les aparece, como un monstruo de pesadilla, en el camino. Palabras que mientras dan una en el clavo dan ciento en la herradura, y encima no dan pie con bola, y abajo toman una cosa por otra y yerran el camino y acaban tan perdidas en los bajos fondos del alma que se pervierten y convierten en desechos. Palabras dejadas de las manos de Dios, completamente desilusionadas, que al perder el hilo de la Verdad, se vuelven falsas, mienten intencionadamente, lo peor que le puede pasar a una palabra, y para que el lector no les pueda ver el plumero le ensalzan sus imperfecciones, le aplauden sus desaciertos, palabras traidoras que le engañan, se cuelan en su alma y le inducen a errar. Gracias a Dios que el lector se fortifica a diario en la lectura de buena poesía, y soporta tanta deformidad, consiguiendo, aunque a duras penas, mantenerse de acuerdo consigo mismo. No se deja extraviar, no se presta a ningún tipo de aberración, y al fin las tentadoras desisten. El capítulo termina con una bandada de palabras sobrevolando el horizonte como buitres en busca de otras almas a quienes convencer de que les sirvan de carnada.


37.
Palabras que nacen en el alma, palabras esenciales, porque su materia prima es de la misma naturaleza que la existencia. Palabras cuya mejor cualidad está bien escondida en el fondo de la cuestión, donde reposa el espíritu de la absoluta libertad creadora, el meollo. Palabras abiertas en canal, con las entrañas al aire. Palabras entidades per se, inmanentes, que se refieren al quid del enigma no por el largo camino de la argumentación filosófica, ni por los indescifrables vericuetos borgianos de la metafísica, sino por el substancial atajo llamado Poesía. El poeta, que tiene intimidad con las musas (son muchos los que aseguran que duerme con ellas) es inseparable de su lector. El poeta es la miga del pan. Pero el lector es la corteza.


38.
Palabras íntimas, que comprenden, van, corren, y acaban ocupándose de lo único que en verdad les importa, amenizar el tiempo perdido del lector, hacerle saltar sobre sus propias limitaciones cotidianas, hacerle observar con calma la infinitud de pelillos asombrosamente dorados que a la Belleza le nacen entre las piernas.
39.
Las palabras con que Epicuro aconsejó a Idomeneo de Lámpsaco, casado con la hermana de Metrodoro, perduran hasta hoy en la memoria de los hombres. Idomeneo era ministro de Lisímaco, tirano de Macedonia, y si no fuese por Epicuro nadie hoy se acordaría de él. Tiberio, bisabuelo de Druso César, estaba casado con la nieta de Ático, suegro de Agripa. Si no fuese por las epístolas que Cicerón le escribió al noble y culto romano Pompeio Ático ninguno de todos ellos perdurarían en la memoria de los hombres. Sócrates decía que la verdad y la virtud son una misma cosa, una ciencia a aprender. Eneas, con palabras serenas, le asegura a la sibila de Cumas no tenerle miedo a ningún sufrimiento inesperado, pues todo lo tiene previsto en su ánimo, que sabe esperar siempre lo peor. Palabras todas ellas inmortales, recuerdos sagrados que guarda con celo la memoria de los hombres, palabras que evocan heróicos tiempos antiguos. Palabras que Venus le dice a Vulcano, pidiéndole encarecidamente armas para su muy amado hijo, Eneas. Palabras que Eurípides, en las Fenicias, usa, con toda su inmensa grandeza trágica, para expresar "cómo es sencillo el lenguaje de la verdad". Palabras con que Tiberio juró que le hubiese perdonado la vida a Escribonio Druso, a pesar de haberle éste traicionado ignominiosamente, si no se hubiese suicidado. Palabras que Diógenes Laercio, en su Historia de los Filósofos dejó escritas mientras sorbía una taza de vino a orillas del mar. Palabras que Demócrito pronunció cuando arrojó al abismo todas sus riquezas. Palabras cultas, latines rebuscados que el poeta cita, aunque no las haya leído nunca antes. Las ha encontrado por acaso mientras esperaba el tren del destino en una gris rata estación de provincias, en un lejano pais del Norte, y ojeaba el libro que algún otro viajero apresurado debió olvidar sobre el banco, verde, de madera caronchada, tipo esos que usan en el Parque Municipal para que se sienten las parejas de enamorados a toquetearse, los viejos a tomar el sol, los poetas a leer el periódico y las mamás a ver jugar a sus nenes con el balón. En el banco verde de la estación todos esperan la llegada del tren. Como el suyo tardaba bastante el poeta tuvo tiempo de anotar las palabritas en el reverso del billete, no quería llevarse el libro por si su propietario volvía, y esa misma noche se las envió al lector, por correo urgente. Pensando tal vez que así también él podrá perdurar en la memoria de los hombres.




40.
El poeta es un fullero, un embrollón. Muy vivo y alocado, raudo siempre y casi siempre atolondrado, escribe palabras que zumban como adverbios en el oído del lector. Palabras indeliberadas dichas a borbollones, con extrema urgencia, palabras súbitas, a veces las farfulla, otras las balbucea como si estuviese aprendiendo a hablar en un idioma extranjero, palabras que va hilvanando a toda velocidad, la pluma en estampía respailando en el renglón. Palabras que manan a borbotones del corazón herido del poeta, herido de muerte. Y sin conseguir decir la única palabra que en verdad quisiera.


41.
Palabras que sirven para excusarse, para disculparse, que si patatín que si patatán, palabras que se andan por las ramas coloreando sus pretextos, siempre con evasivas, siempre con subterfugios, palabras que se inventan motivos para haber dicho lo que acaban de decir, que buscan salidas para no decir lo que en realidad tendrían que haber dicho; se meten por callejuelas apartadas, dan rodeos, visten el rebozo a la luz del día, y andan siempre con una máscara de carnaval tapándoles el rostro; viven ocultándose, disimulando bajo el disfraz de sencillez. Palabras falsas que fingen ser honestas, verdaderas, cháncharras máncharras con que el poeta aparenta, cuando se encuentra con el lector, haber cumplido con su deber.


42.
Palabras liras que la musa le inspira al poeta, quién toca el estro en la bañera, con un samba de Vinicius de Moraes sonando en el ambiente estereofónico. Palabras de ficción, dichas de repente, versos sueltos que el poeta escribe mientras, con el pie de la inspiración quebrado y el rabo roto, descansa sentado en un rato perdido a orillas del rio. Palabras que riman con el bambú, con las nubes, con el cielo, palabras que el poeta mide con su regla y con su metrificador de bolsillo, palabras bucólicas, bastante teatrales, con una cadencia flotando de aires ibéricos, un leve acento asturiano dormitando entre los hemistiquios, y un ramillete de puntos y comas asomando la cabeza por el bolsillo de la camisa, saludando con un pañuelo en la mano, como si estuviesen partiendo en un barco al extranjero. Palabras que esperan descubrir un nuevo mundo, sentadas en la terraza panorámica del trasatlántico, rumbo a lo desconocido. Leerlas es como una aventura en una selva espesa y virgen: el idioma castellano.


43.
Palabras para componerle una canción a la mujer amada, palabras serenata dichas bajo el balcón, ensalada de palabras antiguas que el poeta le ofrece, hincada la rodilla en una nube de sueños, con un ramillete de flores y versos en la mano y una cántiga hermosa rebullendo de gozo en el corazón. Palabras serenas que la idolatrada serranilla recoge con recato y rubor en su seno, y que guarda con siete llaves; palabras idílicas, que tañen junto al pastor el caramillo en el páramo otoñal, ya las cumbres nevadas, ya las violetas muriendo; palabras madrigales que Pessoa escribía mientras dormía, sueños de un heterónimo mujeriego y gozador. Palabras que se pegan al paladar como las patitas del pájaro a la liga con que ha untado la piedra el astuto cazador. Palabras tristes como un villancico que suena en la noche de Navidad en la casa de enfrente, cuando en la propia se vela a un ser muy querido. Palabras para decirle al lector que disfrute mientras siga vivo.


44.
A la corta o a la larga las palabras llegan a su destino, encuentran el lector que les estaba destinado. Más tarde o más temprano el poeta da con su público, que le reconoce proyectado en el futuro, un astro brillando en las constelaciones de la fama, y en la lejanía bosques de laureles. A la puerta de la Academia un adivino ciego de luengas barbas blancas les predice, ¡oh palabras felices!, un horizonte venturoso, a la vuelta de la esquina, y les augura un mañana risueño, de premios y glorias, una grande obra apenas en ciernes y ya reconocida. En cambio el poeta, cuando se quita el disfraz de adivino, sabe que le esperan solo las tristes compensaciones del acaso, un anonimato casi absoluto y solo algún que otro lector, esporádico hermano, o amigo, que en una tarde de domingo entretiene el hastío con sus palabras, que para ello las deja flotando en el silencio, para que las propale el viento del olvido por las vastas soledades de la memoria de los hombres.
45.
Palabras dichas con cuidado, después de mucha preparación, años y años de solitarios ejercicios, horas contadas por miles y miles, riestras de papel, rios de tinta, palabras precavidas, cautas, reflexivas, que con circunspección y tal vez excesiva prudencia miran y remiran lo que quieren decir, y lo escriben con medias tintas para que nadie las entienda del todo, palabras que sospechan que en la recámara del diccionario pueda estar escondida una trampa, palabras astutas que sin alevosía pero con mucho disimulo saben bien que las paredes oyen, y que más vale un por si acaso que un válgame Dios. Cuando están a punto de decir lo que tenían que decir se cuidan de no decir nada de más, y acaban por no decir nada en absoluto. Nada que no quisiesen haber dicho. Antes de echarse a nadar guardan la ropa, y en el combate con el lector hurtan el cuerpo, y saben parar los golpes. Y cuando el poeta aparece en escena, andan las muy taimadas sobre aviso, y con los ojos bien abiertos, escarmentadas en cabeza ajena. Porque el poeta, que es completamente diferente, habla a borbotones, sin pensar lo que dice. Así le va, al pobre.


46.
Palabras verticales, que se arrojan del duodécimo piso de la Academia de la Lengua un jueves ocho de enero a las cinco en punto de la tarde y van a caer como lágrmas deshechas sobre la hoja en blanco del cuaderno del poeta. Se hicieron trizas, las infelices. Palabras que se derrumban volanderas sobre el precipicio, asomándose un poquito más de lo que debían al acantilado del estilo, en donde acechan peligros inimaginables, tajo de la tierra que el poeta escarba con sus propias uñas (no cuenta con más herramienta que la pluma de escribir, y ésta no quiere estropearla, que no tiene dinero para comprarse otra). Palabras que se asoman a la sima, en las cumbres nevadas de la cordillera de la Inspiración, y cansadas de vivir dan un salto hacia el vacío. Se estrellan contra la coronilla del lector, que se echa las manos a la cabeza; parecía que de repente se hubiese acordado de algo, pero sin saber muy bien de qué. Se queda perplejo, como cada mañana cuando se afeita ante el espejo.




47.
De golpe y porrazo, zumbando como un adverbio, o un mosquito que se metió en el oído, una palabra indeliberada surge, de repente, a borbollones. Con prontitud el poeta se escarba la oreja, tiene que hacerla desaparecer, y acelera el ritmo de la prosa para por en cuanto disimularla, como si tuviese que decirle algo al lector con mucha urgencia. Palabras muchas y arrebatadas dichas para tapar esa única palabra infeliz, que se coló en el laberinto y ahora no sabe cómo salir de allí. Y el poeta, mareado, sin equilibrio, con tremendo dolor de cabeza y aullando de rabia mientras ve si consigue callar el persistente zumbido de esa molesta palabra inesperada.

48.
Palabras que barruntan, que sospechan. Están convencidas de que el lector las malinterpreta, como a una profecía de Nostradamus los agoreros de la prensa del corazón. Palabras que miran las cosas con anteojos, o con binóculos de larga vista, y por si acaso llevan muchas otras palabras de repuesto guardadas en el morral de andariego que cargan en el hombro, previniéndose ante lo imprevisible, pronosticando, augurando. Palabras que saben lo que les dice el corazón, y que por telepatía se lo comunican al lector. Sus conjeturas se aproximan peligrosamente a la belleza primordial. Como el lector es un personaje abierto y transparente, se puede leer en él como en un libro abierto. Es claro que supone lo que se le viene encima, y como toda precaución es poca, antes de cerrar el libro se lo aprende de memoria. Algo le dice que no tendrá ocasión de leerlo de nuevo.


49.
Palabras que se precipitan, apresurándose en salir cuanto antes a lucir sus líneas curvas en el papel. Palabras vivaces, tres gatitos jugando con un ovillo de lana, palabras ligeras, el cervatillo huyendo del león, palabras ágiles, los micos pulando de rama en rama. Se dan prisa para ganar tiempo y llegar en buena hora. El lector aprieta el paso, y hay que seguirle. No pone los pies en el suelo. Las palabras van tras él, van diciendo y haciendo, simultáneamente, vertiginosas, pizpiretas, palabras repentinas que se suceden como el agua. Es la selva, un atardecer en el trópico de la imaginación desbordada, el rio salvajemente convertido en cachoeira, chorrera ramplona que las golondrinas sobrevuelan. Palabras que suceden mientras la vida pasa alrededor. En dos zancadas alcanzan al lector. Dicho y hecho, sin ser visto y oído el poeta, como una bala, clavó una flecha en su corazón apasionado. El lector, como alma que lleva el diablo, en el calor del espanto, se fue temblando por el márgen del papel, rápido como el pensamiento en noche de luna. En dos idas y vueltas otra palabra le alcanzó en la nuca. Dolió bastante. Salió hasta un poquito de sangre. Y todo en un abrir y cerrar de ojos, en abreviatura.


50.
Palabras de pólvora, palabras céleres como rayos, sueltas, impetuosas doncellas en celo, febriles sus enamorados esperando que llegue la hora del encuentro, palabras resueltas, están decididas a todo, palabras ligeras de lengua, trenzas rubias en el cabello, muchas pecas en la tez de irlandesa en apuros siendo sorprendida robando unas bragas en una boutique de Dublín en la que ya compraba sus bragas la mamá de James Joyce. Y el poeta caminando entre un bosque de recuerdos y una calle de noche y farolas bajo la niebla. Palabras de abundantes pechos, desnudos como un topacio, con el vientre espigado y las piernas dos columnas que soportan un templo inaudito, guarida de leones y de placeres prohibidos. Palabras que disfrutan por ensalmo, apareciendo súbitas en el papel, palabras que parecen aves del paraiso, tan aceleradas, tan emplumadas, tan agudas. Palabras relámpago, un ladrón de banco huyendo raudo con el botín, palabras despabiladas como un menino de rúa brasileño, palabras que van desempedrando las calles, sobre la marcha. Las calles que pautan el papel.


51.
Palabras mágicas, palabras portentosas, palabras de hechizero. Mil maravillas dichas por arte de birlibirloque, y muchas otras palabras milagrosas, palabras extraordinarias. El lector se queda deslumbrado cuando a mitad de página descubre una quimera desnuda durmiendo la siesta entre los renglones, y se ve a sí mismo al lado, allí doblado leyendo un grimorio antiguo escrito en un pergamino de oro, temblando, con un amuleto brillando en el cuello y un pajarillo cantarín anidado entre las barbas. Y el poeta vestido de mago, o de hierofante del Tarot, no se distingue bien en la foto de que disponen los archivos, pasándolo eso sí estupendamente mientras hace aparecer entre las letras un algo sobrehumano, un taumaturgo embeleñado con los vapores del deseo, volando en el viento del espanto carnal. Y el lector extasiado también con la hermosura ardiente de la quimera. Le echa unos polvillos de la madre Celestina y se convierte en mujer, un talismán de ámbar perfumando la entrada de la gruta, entre las piernas y el bosque enmarañado, y la musa abriendo las puertas de la inspiración, para que el poeta entre extasiado. Se mete bien adentro, acomodándose como un pájaro en el nido, o una serpiente en el lecho. Palabras auténticas como los estigmas de Francisco el de Assis. La doble vista del lector y sus conocimientos amplios en el terreno de la telepatía le permiten comprender con nitidez que el poeta no es imprescindible, sus palabras no son ostentosas, pero tanto él como ellas asombran.
52.
Palabras con pies de plomo, y con su granito de sal. Dichas con tacto, como quien pone sobre aviso, cargadas de cordura, rezumando tino por los ojos, palabras tranquilas, equilibradas, que el poeta mide, pesa y pondera antes de poner en libertad. Sabe que es mucha su responsabilidad. Palabras dichas con reserva, el talento escondido con los euros, en la faldriquera, palabras con lastre, la testa en su lugar, el seso despierto, el juicio con buen pulso, mucho aplomo en la postura y un continuo tira y afloja entre los dos mercaderes que se disputan, como si fuese un buen camello, una espada o una alfombra, su alma. El dólar por las nubes, el real y la rupia por los suelos, la peseta y el marco y el franco ya ni existen y la libra tan pesada como de costumbre, ni un gramo más ni un penique menos. Con extremo cuidado, y poniendo toda la atención posible, el lector precavido, y que no le falte una pizca de astucia, ha de sospechar debidamente, y a tiempo. Hace años que le nació la muela del juicio, y desde entonces anda con cien ojos, guardando la ropa antes de echarse a nadar. Habla con las paredes. Palabras que le hacen intuir, mientras las lee, que solo en el momento en que el poeta las escribe es que éste descubre lo que quieren decir. Ni de gracia él las quiere para sí.


53.
Palabras en calma chicha. ¡Qué tranquilidad, qué sosiego!. El nirvana. La calma de la fuerza de la inercia, quietud absoluta, el colibrí libando de la flor del ciruelo, la inmovilidad de la musa del artista, que posa entrevelada sobre un taburete de roble, con las sedas cayendo como un letargo sobre sus pechos. Se posa la vista donde no debiera, y se queda inmovilizada por el asombro. Se para allí como una vaca en medio del camino, rumiando sus deseos, aquietando sus desverguenzas. ¡Y qué paz, que ocio dulce en las cuerdas del arpa, que tañe la hermosa, apoyada como si nada en el tronco del ciruelo!. El colibrí, repentino, echa una cagadita sobre su pecho. La musa se queda quieta, tiesa, clavada en su propia estupefacción, y se echa a reir, como una fuente cristalina. El lector, petrificado, ve como uno a uno va desnudando sus velos, y le invita, radiante, a bañarse con ella. Perplejo, no sabe con qué palabras responderle.


54.
Palabras que convidan a divertirse, que ayudan a distraerse, a matar el tiempo. Palabras que permiten pasar un buen rato en su compañía, son como un manjar en el festín de la amistad, son mujeres alegres que despreocupadas y risueñas se entregan con regocijo a quien sepa brindarles placer sin demasiadas ceremonias. Palabras bulliciosas, pandereteando en el papel, gastándole bromas al lector, con cara de quien llega de un velorio, y burlándose del poeta, que mata el tiempo rellenando un crucigrama, le falta solo una palabra, sentado en una mecedora de mimbre, en la varanda de la hacienda, con la inmensidad crepuscular de las montañas por horizonte. Palabras que saben ser cómicas como un payaso a quien la mujer se le ha ido con el domador de los leones, palabras disipadas como un fauno borracho en una orgía. Palabras que devanean con el lector, le tientan, y que de repente desnudan sus pechos llameantes, duros como melocotones verdes, se le tiran encima y le comen a besos y a mordiscos. El poeta se regocija viéndoles regodearse (el lector da cuenta satisfactoriamente de todas ellas, como el sultán de las odaliscas del harén), mientras prosigue con la resolución del crucigrama. La palabra que le faltaba era Alción, y se acordó de ella por un raro camino de memoria, las extrañas e inefables aventuras amorosas de Maqroll el gaviero y la bella Ilona por las callejuelas de los bajos fondos de la ciudad de Panamá.

55.
Palabras entrañables, que vienen de muy adentro. Palabras íntimas, que el poeta guarda con celo, en su seno, o en el riñón, o en un frasquito de sales. En el fondo del alma la conciencia es hueca, vacía, y su profundidad es abisal. En ella boyan miles de palabras ocultas del mundo del recuerdo, encerradas en sí mismas, reconcentradas, completamente ensimismadas. Palabras que viven en absoluto aislamiento, extrañas al mundo, palabras que se digieren en los intestinos de la realidad, y luego se enfrascan en la botica del palacio de la memoria, y se dejan flotar sobre el mar del olvido hasta que algún náufrago perdido en medio del océano, en un minúsculo islote, con solo una palmera por toda compañía, dé con ellas. Es entonces cuando el poeta habrá encontrado su lector, que leerá y releerá esas palabras hasta sabérselas de memoria. En espantosa necesidad, abrirá una concavidad, un refugio excavado con las uñas en su propio aburrimiento, un sanctasantórum construido con tales palabras milagrosas. Allí penetrará para sentarse a leer, a la sombra de esa palmera amiga que se agacha sobre su hombro para poder leer ella también lo que se les dice en el mensaje escondido en el frasquito de sales. Así pasan el tiempo, en espera de que algún barco aparezca por el horizonte.


56.
Palabras del tamaño de Dios, eternas, ubícuas, profundas. Palabras con el grandor verbal de la inmensidad, la corpulencia ciega de la justicia eterna y la extensión inimaginable de la divina misericordia. Palabras altísimas y excelsas, el creador en vena, la musa glorificándole con las delicias de su carne (el poeta no es que digamos vegetariano). El lector en pleno apoteosis, ensimismado con el trino del ruiseñor, Tangerine Dream sonando en el horizonte. Los ángeles llevan el compás, rechonchos y alados, rubios querubines barrocos. Y sobre el altar aparece abierto el Libro del Gran Arquitecto. En la página del Tetragrámaton. El lector, osado, se acerca a echarle una ojeada. Y al ver lo que ve, se hace la señal de la Cruz.


57.
Palabras que surten efecto. A veces como consecuencia natural, por consiguiente. A veces de rebote, de pura suerte. Palabras que hacen mella en el lector, en virtud de ser el resultado lógico de un íntimo mecanismo afectivo del poeta, y por ello le enternecen, porque él también sabe de esos agobios, esas pesadumbres que el alma carga en su andadura encarnada sobre la tierra. Palabras que no buscan el éxito, ni dicen pensando en cosechar fruto alguno, palabras que trascienden la realidad que las rodea, a menudo tan compresiva y extenuante. Las palabras son el fruto, el producto que dirían los economistas, del tremendo esfuerzo lírico que lleva a cabo el poeta. Su importancia en el panorama de las letras castellanas radica no tanto en el alcance físico de la voz, como en los inesperados sucesos que el azar de la lectura depara al lector, quien piensa que el poeta está jugando al billar, de mesa el diccionario, y que sí es verdad que de vez en cuando acierta una hermosa carambola. La carambola es también una fruta tropical, amarilla, aceda y refrescante. El lector la estaba chupando muy entretenido cuando se echó las manos a la cabeza y exclamó: "¡Esto también lo puedo hacer yo!". Y con la tiza, en la pizarra de anotar los tantos de cada jugador, se puso a escribir palabras como las que os acaban de tocar con el taco en el alma.


58.
Palabras que se entrelazan por un complicado sistema electromagnético, criando una corriente que descarga alto voltaje estético en cuanto el lector abre las páginas del libro. El infeliz no tenía resistencias, y casi se muere electrocutado. Las palabras se enrollaron en su cuerpo como los hilos de una bovina. Y el poeta, con la llave en la mano, le aplicó, para curarle, una sesión de electro—choques. Fue peor el remedio que la enfermedad. Una escobilla en las partes genitales, como en las celdas de tortura sudamericanas, en las épocas de los ilustres generales, y el lector acaba cantando, transmitiendo todos sus conocimientos al poeta, que como un vampiro chupando la sangre del pescuezo de su víctima, se estremece cuando siente cómo el lector goza al leer lo que se le dice. Lágrimas inducidas por la musa resbalan sobre las mejillas del poeta, lágrimas de agradecimiento. Ver estremecerse al lector le produce un placer instántáneo, como el contacto directo con la divinidad. Es entonces cuando se enciende una luz roja en el cuadro de distribución. Se arma un fenomenal cortocircuito y casi se prende fuego todo. A la musa se le chamuscaron los pelillos que le crecen dorados entre las piernas, y el ambiente quedó saturado de olor a cuerno quemado. El poeta llamó a los bomberos mientras apretaba los interruptores de emergencia, y el lector desenrollaba miles de metros de cable por si hacía falta. De cable submarino, para encima. El infeliz se había vuelto loco con la lectura de un libro tan disparatado. O tal vez fuesen los electro—choques. Él dijo que de loco nada, que el cable submarino era para pasarles la corriente a los lectores del otro lado del mar, que la fibra óptica estaba muy cara, y él desde que había perdido el empleo vivía mas pobre que una rata, como un piojo resucitado, con una mano atrás y otra adelante. Unas cuantas palabras, antes de que se hundiese el barco, se echaron a nadar. El agua estaba helada. Otras, más astutas, fabricaron un globo cosiendo los condones que los señoritos habían dejado en los camarotes del lujoso trasatlántico antes de huir como ratas del incendio, y se fueron a dar la vuelta al mundo, en busca de un editor que las comprendiese y quisiese casarse con ellas. Las palabras mas electrificadas de todas se subieron en el lomo de un caballo que guiaba la carroza del rey Inspiración. Como iba revestido de muchos aisladores térmicos, sus vestiduras de armiño no sufrieron ningún desperfecto, aunque, eso sí, el reino se perdió por entero. Hasta el papel en que el poeta escribía ardió. A éste se le adhirieron las llamas en las barbas, y por más que gritó y las puso a remojar en agua, no pudo evitar que su vecino el lector muriese, como ya os he dicho, electrocutado. La cabeza nuclear del torpedo que el poeta le lanzó le llenó de ohmios la cabeza, y desde entonces está así, en franca expansión. Recuerda a Jimi Hendrix arañando, galvanizando con las cuerdas de su guitarra a la platea; o cuando Ánodo y Cátodo, los dos célebres mariquitas del cabaret de Villa Rica, se enchufan en las venas, en un rincón del retrete de un bar de mala muerte, con una jeringuilla de cristal, la droga de la vida. Vivir solo cuesta eso, vida. Y vida las palabras tienen para rato. Son casi eternas. Ni el arma las corta ni el fuego las quema ni el viento las orea ni el agua las moja, como a Krsna. Duran casi siempre, menos las que están mal hechas, se pasaron de kilovatios, o cuando la antena del lector está mal ajustada. Y no puede captar nítidamente el mensaje. Ni inmediatamente. Demoran mucho para comunicarse. Y eso es malo teniendo en cuenta que el lector es un bicho raro, en extinción, como los marcianos (se han muerto casi todos envenenados con los humos apestosos que destila el planeta Tierra). Y que si no se le transmite energía intermitentemente a través del arte sagrado de la poesía, su vida acaba. No tiene más sentido. Dejaría de ser un lector, o se convertiría en un mutante más de esos que pululan por el cosmos en busca de un personaje en que encarnarse.

59.
Palabras fantasmales, visiones espantosas que dibujan un alma en pena arrastrándose como una larva por las neblinosas soledades de la noche, palabras que extrañan el mundo en que viven, pesadillas en que los vampiros y las marimantas, los duendes y las camuñas, los trasgos y las sombras se enredan en una única y admirable irrealidad llamada literatura.


60.
Palabras que se pasan de castaño oscuro, como si al poeta se le hubiese ido la mano con las cucharitas de té que le puso a la infusión. Palabras excesivas, la sobra es el vicio, la otra vuelta de la lujuria. Palabras exageradas, que se salen de madre a cada rato, palabras siempre demasiadas para en resumen decirle al lector que no es conveniente pasarse de la raya.


61.
Palabras venturosas, plenas de alegría, el alma en gloria, el cuerpo embriagado, el espíritu en éxtasis. Palabras escritas con placer, tinta de rosas, el cielo sin nubes, el papel un oasis en medio del desierto interminable del aburrimiento, y el lector en plena luna de miel, leyéndoselas a la amada, para excitarse, en el lecho nupcial. Palabras que consiguen decir lo que tienen adentro, dichosas, radiantes, palabras satisfechas de la vida que llevan, no les parece más verde el césped del vecino, ni les parecen más apetitosas las carnes de la mujer de su amigo, ni piensan que viajando a otras tierras la cosa mejoraría. Palabras doradas, florecientes, palabras risueñas que un próspero poeta, en día propicio, una agradable tarde de primavera que el olvido nunca cubrirá con su abrazo letal, en el paraninfo del manicomio, les lee a sus compañeros, a sus únicos lectores, todos ellos locos de atar, sin remedio. Unos lectores boyan a fuerza de pastillas en el mar antidepresivo, a otros los drogan como a benditos con choques eléctricos entre las piernas y bajo las alas (a los lectores les crecen alas misteriosamente invisibles en la espalda). A los más les mantienen encadenados frente a la televisión, y para que no sufran les ponen programas de humor negro, en los que los locos siempre acaban ganando la partida. La esperanza es lo último que se pierde. Al poeta le sopla la musa, y aunque no es más cuerdo que nadie, está feliz con esa vida capulina que el destino ha dibujado sin rigor en su carta astral. No tiene que trabajar de ascensorista, ni de ginecólogo, mucho menos de proctólogo o de presidente de gobierno, siempre teniendo que lamerles el culito a los militares, o a los jerarcas del F.M.I. No tiene que simular ser feliz, porque cree serlo realmente, el infeliz, ni debe preocuparse por su salud, que para eso están los médicos, para enfermarle sin remedio con sus remedios. Y además, sabido tiene que está condenado a muerte. Como todo el mundo. Eso le deja dichoso, el saberse mortal. Y por ello le escribe al lector palabras optimistas, que no se preocupe, que el mal no va a durar. El lector, convencido de que entiende lo que se le dice, sonríe, dando a entender que lo ha entendido todo. Al fin y al cabo el lector carga una buena estrella, y con su ayuda salió a flote. Era una estrella hinchable, como un flotador, o como una muñeca de plástico de esas que venden en los Sex—Shops de Amsterdam. Les metes una moneda por la ranurita y como putas de verdad se ponen a hacerte gozar. ¡Qué delirio!. Pero no todos lo consiguen. Muchos se hunden primero en el pantano de la impotencia. La literatura es un abismo, y para ese mal de nada sirve el viagra. La novia, ¡qué luna de miel!, se queda chalada también, la pobre, y cree que el defecto está en ella. Se suicida con una sobredodis de polvillos afrodisíacos, que le hacen meterse la pluma del poeta en aquella parte. El poeta no puede hacer nada por evitarlo. El lector a continuación se abre las tripas. Recordando a Césare Pavese, lo último que dijo antes de tirarse por la ventana del estilo, desnudo como estaba, fue: "No más palabras". Solo cuando se estrelló contra el suelo consiguió que se le levantara. La verga del entendimiento.


62.
Palabras que escurren desde el cuenco que el poeta lleva en la otra mano que en la que lleva el bastón de romero. Palabras que rezuman goteando, se filtran por resquicios de la mente atónita del lector, que no puede hacer nada por contener la colada, y acaban destilándose, exudando un elixir lírico que quién lo huele se queda con ganas de comprarse un embudo, para poder leer mejor. La semejanza entre un embudo y una lupa, el poeta se emborracha de tedio mientras la encuentra. No da con ella. La verdad es permeable, y por sus poros la belleza trasmina. No se guarda el agua en cesto de mimbre. Cuando el cuenco se cae y se hace añicos, el agua que se derrama no se puede recoger de nuevo. Pasa por debajo de la puerta y entra como el tufillo de un almuerzo en las narices del lector, hambriento de un poco de poesía. Criba la materia odorífera, y con el sedimento resultante prepara una infusión. Le echa encima una jícara de agua hirviente, lo cuela después bien en su manga ancha, y luego de tamizarlo dos o tres veces más, por si acaso, hasta purificarlo del todo, con ayuda de una de esas membranas que usan las vírgenes para proteger su sagrario, un limen creo que le dicen, se lo bebe. Así adquiere clarividencia suficiente para ponerse a leer las prosas endiabladamente enrevesadas que el poeta le escribe. Prosas en las que de repente se infiltran unas cuantas palabras tristes, y entonces al poeta le dan ganas de llorar. Cuando el poeta llora, llueve en el alma reseca del lector. Que reverdece a continuación, como por arte de magia. ¡Milagro, milagro!, dirán algunos. De milagro nada, arte, puro arte, que es más milagroso todavía.


63.
Palabras inmersas en un líquido fluído, transparente, inodoro y con sabor a vinagre dulzón. Una gota de ese agua azucarada contiene litros de entretenimiento y sabiduría, casi tantos como un libro. Una complicada máquina hidráulica consigue que las palabras, empapadas como un churro mal frito, muevan soplando la hélice, como si soplasen vidrio. El lector, muy bien dispuesto, se encarga de la bomba, de que no le falte combustible, y de afinar diariamente cada uno de los componentes de la complicada mecánica verbal. Las turbinas son revisadas a cada nuevo capítulo, y por si acaso, el poeta transporta en la bodega siempre una vieja noria, de repuesto, y un burro, para el caso de que se necesite utilizarla. La pulsación del corazón del texto, por un raro fenómeno de capilaridad telepática, se introduce sutilmente bajo el puente que el lector tiene que atravesar para comprender lo que se le dice. El agua misteriosa que pasa bajo el puente se represa antes de llegar al molino. En ese tramo tiene ya adquirido un color verduzco, como de moco nuevo. En el molino las palabras se convierten en harina. El molinero, que también ejerce de fontanero, es un primo del poeta, y su hijo Juanelo cuida de los artificios de la prosa, y es el encargado de lubrificar la escritura. Juanelo un mal día se tiró al rio, dicen que fue un desengaño amoroso, y se ahogó en el verduzco líquido dulzón y avinagrado, atragantado con tanta palabra bonita que pasa bajo el puente. El molinero se murió de tristeza, semanas después. Y ahora el poeta en persona tiene que ocuparse de los asuntos que al molino le conciernen.


64.
El poeta es un herrero. Marcial, tenaz, y algo chapuzas funde las palabras para después en la fragua forjarlas a su manera. Las palabras, pobres locas, sufren entre sus manos arrebatadas por el delirio. Las hace sangrar en el crisol, hasta que pierden la última gota de vergüenza; las galvaniza después destemplándolas primero con un baño de agua fría. Los domingos por la mañana, antes de ir a misa, las acera, para que se mantengan siempre inoxidables, y ni el tiempo ni el olvido las corroan. La Siderurgia S. A. en que el poeta trabaja (fábrica de productos literarios) tiene sus altos hornos humeando en un paisaje idílico, de cartón postal patagónico. Una colina sembrada de alerces milenarios, y al fondo, en las laderas nevadas del Parnaso, un cervatillo huérfano que busca las primeras briznas de hierba de la primavera, el lector. En el páramo frio, a mano derecha, por un paisaje nítidamente andino, pudiera ser alguna meseta colombiana, camina un viajero célebre por el relato que de sus andanzas escribió Alvaro Mutis, Maqroll el Gaviero. En primer plano se ve la cerrajería, y por su puerta se ve al poeta batiendo con el mazo en el yunque. Sus martillos, sus limas y sus cinceles los guarda junto a la tenaza de agarrar al lector por las narices. Este, con un alambre, y en defensa propia, le retuerce el pescuezo. Luego, cargándolo en los hombros, lo lleva hasta la plancha de laminar, y lo deja planito como un dibujo desanimado en dos dimensiones. A las palabras, que contemplan la escena horrorizadas, les sale un moho verduzco por las orejas. Ese proceso supurativo indica que el metal está en su punto. El herrero, con sus puños fornidos, vuelve en sí, y se defiende a puñetazo limpio. El estilo arde en la hoguera que atiza el horno. El texto carbura sin mayores complicaciones. El poeta, afinado, damasquinea, de paso, la empuñadura de la espada, y comprueba con la yema del dedo la calidad del filo de la lámina. Luego, sin avisar, se la clava en el corazón al lector, que muere entre espantosos estertores. Antes de enterrarlo lo adulza con un baño de calda poesía, y con la misma espada lo trocea en infinitos pedacitos de materia hirviente. El resultado final, una especie de pirita magnetizada, el lector, si quiere resucitar se lo tiene que beber, como si fuese un jarabe para la tos. Como está muerto la operación le resulta muy díficil, pero por fin lo consigue. Cuando el elixir hace efecto vuelve en sí. Y cae en la cuenta de que todo no había pasado de un sueño.




65.
La huida del poeta por los campos yermos del saber, saltando bardales, matas, charcos inmundos. Las palabras, encalabrinadas, le persiguen, ineludibles como el deber. El poeta se salva por los pies, pero las palabras, con los suyos en polvorosa, le pican las espaldas. Las palabras se amontonan, y le aprietan el tornillo al lector, de paso. Éste pone también tierra de por medio, partiendo en estampía rumbo al aeropuerto. El taxista sabía lo que tenía entre las manos, el volante de un jaguar (solo en el Parnaso los taxistas andan en jaguar). El poeta, disfrazado de azafato, le espera sobre la escalinata. Cuando se embarcaba le dio un ramillete de versos, para que se entretuviese durante la travesía. Ya estaba el avión transmontando el horizonte cuando el azafato, que como sabéis en realidad era el poeta disfrazado, se sentó al lado del lector, que estaba sintiéndose un evadido de la justicia, un forajido, la cabeza a premio. Y a cada rato miraba por encima del hombro a comprobar si alguna palabra le había seguido la pista. Al atravesar el océano les sorprendió una tempestad. El poeta puso la mano sobre la del lector, en un momento de pánico. Estuvieron así, de manos dadas, hasta que el avión aterrizó. Al mirarse en los ojos se habían reconocido. Amantes en la otra encarnación, decidieron compartir el cuarto del hotel. Fue una noche escandalosa. Pidieron champán, y se divirtieron como romanos en una orgía contándose lo que había sido de sus vidas. Cuando se desvistieron y se fueron al lecho el lector se quedó avergonzadísimo al sentir que la mano del poeta se le deslizaba como una serpiente cálida entre las piernas. Salieron corriendo, de nuevo en estampía. No pararon hasta que cayeron en brazos de las palabras, que les esperaban como adolescentes histéricas a los ídolos de la canción moderna en el aeropuerto de la capital. Prefirieron refugiarse entre sus brazos. ¡Qué alivio!.


66.
Palabras que caen como un rayo en el papel, sobre la mata de bambúes, alumbrando con resplandeciente fantasía las imágenes que se entrelazan con el pensamiento del poeta. Palabras que no procuran expresar lo absoluto, ni mucho menos ajustarse al arquetipo, sino que buscan decir, dejándose llevar por la intuición estética, cosas que le pasan por el fuero interno, y que por consecuencia le permiten, al lector, percibir la idea fija que las sostiene, una perpetua adoración a los pies de la diosa, Belleza, musa de carne y hueso, pero muy volátil y huidiza. Palabras que vienen a las mientes del poeta a susurrarle que idealice la realidad, que poetice el dolor de las rodillas, que se queje cantando, que haga sonetos con su mala leche, que pinte de rosa las cuentas del dentista. Que aprenda a poetizar lo que de por sí no es sublime, que poetice lo banal. Con palabras que impresionan, porque desarticulan viejos conceptos literarios a la vista de todos, inventando una estética sin copiar a nadie, sin pretender descubrir la pólvora pero también sabiendo que así Colón llegó a América (no la descubrió porque los indios la habían descubierto muchos siglos antes). El nudo de sensaciones que las palabras se transmiten entre sí representan, o al menos lo bosquejan, el pensamiento más íntimo del poeta, que entretanto vislumbra por una rendija de la puerta del conocimiento, y consigue a lo lejos distinguir un futuro de mucha reflexión, como si el horizonte dibujado en el paisaje fuese un inmenso espejo. La comprensión de la propia culpa es el camino más corto de los tantos que conducen al saber. Palabras que caen como un rayo en el papel.


67.
El poeta le pone garbanzos en el colchón al lector, incitándole, estimulándole con palabras de dieciocho años, persuasivas, bellísimas, sin prejuicios, carnes frescas, deliciosas, tiernas, y almendras y aceitunas y frutas secas sobre la mesa, y mucho champán en la nevera. Se le abre el apetito al lector. Los ojos se le saltan de las órbitas cuando observa que las jóvenes se desnudan insinuándose, la vista en el suelo, mucho pestañeo, mucho movimiento de caderas. Y qué rubor en las mejillas. Y con qué gracia se metieron entre las sábanas, con solo un cinturón de versos y pedrería tapándoles el misterio. !Todo aconteció tan lentamente!. La musa aparece después salida del baño, como cuando Venus nació de entre la espuma. Sostiene en la mano una taza de cristal, desbordándose el afrodisíaco vino burbujeante, seco y bien helado. Las palabras, descaradas, frente a ella, pinchan la lengua del lector, le hostigan a mordiscos y le lamen lo que sobresale, como caníbales haciendo el amor en el medio de la floresta de la inspiración; le halagan con caricias que hacen volver el rostro al pudor y le ofrecen lo que nunca le habían ofrecido a nadie antes. El lector, ante tanto atractivo, siente el acicate del tesón. Pica la espuela en el lomo del caballo. El deseo le apremia, la musa le convida a entrarle un poco más, y goza con leves chillidos momentáneos cuando él penetra con su lanza enhiesta en los campos de batalla y se enfrenta a las huestes enemigas con coraje y pundonor, y una pizca de malicia. El poeta achucha al lector, le excita con una riestra de palabras casi pornográficas, y la musa celebra tanta imaginación toqueteando su pecho con las yemas de los dedos, de uñas incandescentes como una alucinación lisérgica. Sonrientes y cantarinas, las palabras hacen sonar innovadores registros de amor que meten el calor en el cuerpo, el fuego en el sexo y el diablo en el alma. El poeta, seductor, escandaloso y feliz se junta a la escena. Se revuelve con la musa entrelazándose con sus piernas doradas como la hiedra de otoño que se enrosca en el bastón del viejo mago de barbas blancas. Mientras, las palabras le chupetean los dedos de los pies, y le predisponen aguijoneándole. ¡Vaya orgía que montaron!.


68.
El instinto del escritor le advierte que no puede escribir para su propio placer, sino para el lector que le atiende al otro lado de la línea. La intención del poeta es que sus palabras tengan repercusión, y para ello se propone ser claro, entretenido y convincente. Con tal decisión tomada, pone el pensamiento en marcha, el sentido común a toda velocidad, marca el número deseado, y da en el blanco, en el centro de la diana. El lector lo pasa estupendamente leyéndole. Se come las uñas, el suspense del enrevesado argumento le mantiene en vilo, la vehemencia de los fascinantes personajes le cautiva. Con habilidad a medida que la trama se desenvuelve las palabras van quitándose las sucesivas máscaras que llevaban puestas. Unas se descubren violentas, desalmadas. En un minuto provocan rios de sangre. Otras palabras se la pasan en la cama, haciendo el amor, en escenas de crudeza casi pornográfica, por alante, por atrás, de a tres, de a cuatro, en línea, etc. En total el poeta llegó a recopilar 6969 posturas amatorias diferentes, además de las prohibidas por el Consejo de Moral. Y luego las enredó todas en una revista de fotografía explícita, pensando en regalársela al lector acompañando el libro, para excitarle y ponerle a punto antes de dar comienzo a la lectura, tan fatigosa como deslumbrante. ¡Cuando al poeta se le mete una cosa entre ceja y ceja!. En ese momento sonó la campanilla del teléfono. Una dulcinea ideal, secretaria del editor, le llamaba para informarle de que sus palabras se estaban vendiendo como roscas recién salidas del horno. El poeta se frota las manos, y con los dedos hace cuentas de los lucros. A su mujer le compra un cochecito nuevo flamante. Los libreros se forran. El lector percibe, no es nada tonto, que la imaginación no es tan rentable como la reflexión (aunque otros opinen que es mucho más rentable). El talento no es tan imprescindible como el asunto; cuanto más necio el asunto, más se venden las palabras que tratan de él. Cuando por fin el poeta cuelga el teléfono en el gancho, sabe que ha ganado la partida. Ha escrito por fin lo que el pueblo quería leer. Las masas le acaban de descubrir. ¡Qué horror!



69.
Palabras grasientas. Aquellas adiposas, sucias y con los ojos untados de amarillo, las de más allá ya algo rancias, como la mantequilla que la abuela dejó preparada en la alacena de la cocina antes de morirse. Unas hay que son gordas bolas de sebo, de tanto comer chicharrones. Las que están situadas más a la derecha usan dentadura postiza, que lubrifican con un aparatito que les trajo como recuerdo el poeta de su último viaje al extranjero. Aquellas del fondo, las que están apoyadas en el piano, se alimentan exclusivamente de pan con margarina, y luego claro, cuando hacen el amor se derriten y se les sale la crema por entre las piernas. Todas ellas usan esperma de ballena para cuidarse el cutis, y se hacen masajear por el propietario del cetáceo con aceite de rosas, y se tratan la enjundia con polvillos antisépticos. Cuando el untuoso palacio abre sus puertas, como cuando la almeja abre sus valvas, el lector tiene que tener cuidado para no resbalar al meterse en el templo prohibido. La almeja es una rara especie de molusco, carnívora y letal. Será mejor que el lector no siga adelante, que si su mujer se entera se va a armar una gorda, y nunca mejor dicho.


70.
Por desgracia existen palabras que son rematadamente feas. Así las hizo el azar, ¡qué se puede hacer!. Palabras por completo desproporcionadas, casi podríamos decir monstruosas. ¡A quién se le ocurre ponerse encima a hacer gestos y muecas que las hacen parecer aún más ridículas y desgraciadas!. Al lector le provocan visiones, y le hacen soñar con cocos, diablos, harpías y bicharracos con cara de ilustres académicos de la lengua. El poeta, por el contrario, adora escribir esas palabras, y las pinta malencaradas, sin lustre ni estética, unas tan cursis que repugnan, otras atroces, endiabladas. Todas visten con mucho desaliño, tienen la piel ajada, el rostro con marcas, verrugas y granos, la nariz caricaturesca, de orejas dos abanos del tamaño de la hoja de una higuera, el mentón prognático como el del tío Picio, cartero del pueblo en el que el poeta nació, y las piernas torcidas, como las del escarabajo que rondaba el ataúd en que el cuerpo sin vida del tio Picio era velado. Se murió sin avisar, de tristeza, el día en que fue jubilado, a la fuerza, por haber cumplido los sesenta años de edad. Era fuerte como un toro, nunca había visitado la consulta de un médico y conservaba la dentadura intacta, aunque caballuna. Le lloraron todas esas palabras feotas e inelegantes, mal parecidas pero a la vez emocionadas. Después se fueron, sin despedirse de nadie. Además de todo eran maleducadas. Tuvieron la desfachatez de pasar al lado del poeta, que les dió la vida, haciendo como si no le conociesen. Y lo mismo hicieron cuando pasaron al lado del lector, que a fin de cuentas, mas que les pese, es su único amigo. Feas, y de colofón mal agradecidas. ¡Qué entierro!.


71.
Palabras tan sutiles, tan gráciles, tan monas. Fijaros en lo bien que van vestidas, ¡qué fililí!, y el traje, tan gracioso, y de sombrero una curiosidad de plumas, paja, velos y primores entretejidos por una viuda panameña, célebre por la magnificencia que alcanzó en su arte, y que acabó sus días arrojándose al canal, con una enciclopedia amarrada al cuello, en protesta por las antipopulares medidas adoptadas por el Ministerio de Educación en la época en que Manuel Noriega dirigía los destinos de aquella nación soberana. Era un sombrero tan exquisito. Y las palabras tan hermosas a su sombra, paseando por las calles, moviendo rumbosas las caderas, como un lindo velero blanco bamboleándose en la placidez cortés de la laguna. Pulcras y bien aderezadas con un collar de azabache y unos zarcillos de cristal, la pulsera de filigrana de plata, el collar de cuentas de coral negro. Son palabras tan agradables, sonríen por igual a todo el mundo, y con qué amabilidad, con qué gallardía. Palabras que respiran aires de gala, de estreno, con tanto garbo entrando en el escenario, y con mucha agilidad, para su edad. Suben al palco, y se enfrentan al lector. Con desenvoltura le preguntan su nombre, su fecha de nacimiento, su estado civil, esas cosas. Es el lector un jovenzuelo atrevido, muy suelto y despejado, muy desparpajado. Pasan al camerino, y conversan con educación no exenta de una exacerbada rivalidad. Las palabras son hábiles, no van directamente al asunto, sino que dan rodeos, despistan, hablan del tiempo, de toros, del hideputa del gobernador y de la hija del juez, que está con cáncer. El lector, mientras se desabrocha un botón de la camisa, está haciendo calor, enciende un cigarrillo. Las palabras, con el salero en la mano, se chupan los dedos, después de haber saboreado unas pocas langostas. Nunca las habían comido antes. Les encantaron. Un buen invento, se dijeron. Con su boquita roja de carmín celebraron después, entre el champán que se les subía visiblemente a la cabeza, las chulerías con que el poeta supo excitarlas. Se desembarazan de los zapatos y las medias, con naturalidad, muy espontáneamente, sin frescuras. Y antes de irse a la cama le recuerdan al lector que ellas cobran veinte reales por hora, si todo discurre con normalidad. Si prefiere con besos en la boca, veinticinco, y si se le antoja un coito anal, cincuenta, más el precio de los preservativos. —¡Qué atrevidas que son estas palabras!—, piensa para sí el abismado lector, que nunca hubiese pensado que se dedicasen al viejo oficio, mientras con la cartera en la mano cuenta el dinero de que dispone.


72.
Palabras terribles. Las malas lenguas las usan para infamar, para estigmatizar, para criar confusión y oprobio. Palabras desdoradas, nacen ya con mancha, como los cristianos. Palabras que deshonran, profanan, y tiznan, encima. Palabras que cubren de mierda a sus vecinos, enlodan a familiares y amigos, deprimen a la suegra, o a la nuera, según sea el caso. Palabras que maldicen como una gitana peleando con la mujer que le robó el marido, palabras que afrentan al lector, en última instancia, que le señalan con el dedo, poniéndolo en opiniones, en corro de amigos, palabras que cuelgan sambenitos hasta en su propia sombra. Por su culpa el poeta quedó completamente desprestigiado, le anularon, le dilaceraron con sus uñas ávidas de sangre, y luego para colmo le mancillaron ignominiosamente con sus pringues modernistas. El lector sufre también con ellas, que murmuran contra él, le tratan con desprecio, mirándole de arriba abajo, y le denigran en presencia de todo el mundo. El lector, cuitado, no sabe donde meterse. Ni con qué carta quedarse.


73.
—¡Un disco rayado, qué tostón!—. Le quebrantan al lector la cabeza tantas palabras, llegan a resultar desagradables, qué fastidio tener que leerlas, se le está acabando la paciencia. El poeta, para consolarle, le responde: —No me gusta llover sobre mojado—. Y luego le advierte que se le está acabando el tiempo de que dispone, se le está consumiendo la vida. Quiere incomodarle, sacarle de la modorra, y para ello no se preocupa si resulta inconveniente o fuera de lugar. La verdad es que el lector se encuentra en enojosa posición, desazonado, cansado de superar dificultades ingentes, apenas soportando más tanta fatiga. Y las palabras, en el texto, estorbándose entre sí. El poeta cuida de ellas: — Mis palabras no son imposibles, ni tienen chinches en el cuerpo, ni virus en la sangre ni piojos en la cabeza. Son palabras dichosas, un bálsamo para el hastío—. El lector se queja para sus adentros: — Qué lata, qué engorro, hay que joderse, y encima que nos mortifica con sus palabras interminables, y agobiantes como ellas solas, nos abruma queriendo cargarnos con cuchillos de palo. ¡Es irritante!— Es verdad que las palabras parecen una sarna pegadiza, un mazacote de letras indigestas como códigos penales, un molino de viento con las aspas desajustadas. —¡Qué mosca le habrá picado a éste!—, exclama el poeta al ver que el lector cierra el libro y se sienta en el suelo con cara de quién sufre un repentino malestar.



74.
Palabras salvajes, montuosas como la cordillera de la Inspiración, palabras escarpadas, íngremes, por las que hay que subir trepando, a veces escalando. Coronar las nevadas cumbres, faldear por laderas verdes y fértiles, atravesar el impresionante desfiladero, a la vera del precipicio, ascender el volcán, perderse en el cráter hasta encontrar la salida, y luego, en tres días de camino, atravesar la serranía del Estilo, en donde tantos montañeros se han extraviado irremisiblemente. Un racimo de peñascos le sirven de guarida para pasar la noche del cuarto día. Vacas mansas pastan en las cercanías. El lector fuma un cigarrillo mientras se amarra los cordones de las botas de alpinista. Ya está amaneciendo, y el camino es largo hasta la cumbre. Pasa primero por la cresta de un morro en donde otras varias palabras ya están acampadas desde varios días atrás. La serpenteante orografía recuerda las sierras penibéticas, o tal vez fuese más correcto decir las cantábricas. Cuando el lector, a media tarde, llega a la cima, se sienta a descansar. Sabe bien que es allí donde comienza la verdadera ascensión, la definitiva. También sabe que lo más difícil de todo será el descenso, el regreso. Y, admirado, se queda allí, oteando el horizonte, meditabundo. Piensa en el pico a conquistar al día siguiente.
75.
Palabras que dice el libro de las cuarenta hojas. Palabras que son una baraja, un juego de naipes. Sirven para pasar el tiempo, cada carta una figura. Ésta se mira las uñas, aquella se saca la espina del rostro ante el espejo de mano que guarda en el bolsillo interior del terno de doble fondo. Las palabras que el fullero de camisa polo color rubí y pantalón de lino blanco murmura mientras baraja las cartas sirven para distraer, para despistar. Su compañero corta, él reparte. En el libro escribe lo que cada uno apuesta. Hay palabras que juegan al mus, otras a la brisca, al julepe o a las siete y media. El poeta hace un solitario en la mesa del rincón del salón, un poema en que cada palabra debe ser exactamente colocada en su lugar para que todo encaje. A veces, cuando el solitario le aburre, el poeta construye con las cartas un castillo en el aire, y se lo manda a su editor, a ver si consigue publicarlo. Después se sienta en una silla, en la baranda de su casa, en la cima del otero, a esperar la respuesta.


76.
Palabras que dicen, que cuentan, que novelan, que confabulan. Palabras que relatan, refiriéndose a lo sucedido con escrupulosa minuciosidad. Palabras que murmuran, chismes, dimes y diretes al albur de la lengua desatada de la musa. Palabras que croniquean la tradición, palabras que reseñan, chascarrillos que recorren los puestos del mercado, habladurías que desempedran las calles del pueblo, de tan rápidas que van. Palabras espontáneas, palabras corrientes, naturales, llanas como el pueblo de a pie, palabras francas, campechanas, tan sencillas que hasta un niño puede entenderlas, palabras extremamente simples, con esa abertura ingénita en la gente ingenua, palabras sencillas y afables, instintivas, automáticas, sin una pizca de afectación, que andan como Pedro por su casa sobre el papel, a la pata llana, a sus anchas, palabras normalísimas, familiares, que dicen sin meterse en teologías, ni mucho menos en inútiles enredos. Dicen no más.


77.
Palabras sin rumbo cierto, sin dirección preestablecida, sin viento y sin equipaje. Palabras que navegan por los mares del Estilo, las velas tendidas, el ancla levada sobre el puente, brillante como una joya de oro en la mano de una princesa etíope. El poeta toma el sol y las estrellas, un cuba libre y el sextante en la otra mano. ¡Qué maravilla!. Baquiano, rumbea en ese océano como si estuviese de crucero por la vida escribiendo un libro todo de palabras marineras, Conrad, Stevenson, Melville como modelos a seguir. Los islotes polinesios, las delicias del Caribe, palabras que se embarcan entre piratas y se meten en mil aventuras diferentes, viajando por las costas del marfil, traficando ámbar entre Dominicana y Zanzíbar, marihuana de Cartagena a Formentera, armas para matar el aburrimiento entre Boston y Santander. Palabras corsarias que capean el temporal, corren a palo seco y abordan a quien se les atraviese en la línea del horizonte. A veces las palabras se van al garete, se van a pique, o se van al diablo. El caso es que saben zozobrar como cualquier buen cristiano, otras son fácilmente navegables. El lector las recorre de cabo a rabo en una barquito de nuez,con la ayuda de una fina aguja, la de la brújula, pasadísima de vueltas, el cuadrante bebiendo vino en la mesa del capitán, el sextante bastante achispado, al timón de un juego de batalla naval en el computador, y en la barra del timón de verdad el cocinero, que es el único sobrio de toda la tripulación pero que no sabe cómo manejar aquella rueda. Mientras el barco se hunde, el poeta recuerda cuando, a los diecisiete años, se echó al camino, a correr fortuna. Se engolfó con una mujerzuela en un puerto y supo con ella aprovechar esos días que no han de volver, hasta que la mataron los policías colombianos en una refriega, en las costas del Darién. Ya con el agua al cuello, las palabras se le están empezando a meter por la boca y por las narices, casi no puede ni respirar, en plena agonía, recuerda los días de bonanza vividos intensamente en el lago Atitlán, navegando en una canoa por sus costas encantadas, y el huracán que le hizo naufragar en una playa maravillosa del litoral de Ceará. Esta vez no tiene ni una isla ni un madero al que agarrarse. Se hunde sin remedio. Menos mal que, con su imaginación acostumbrada, con un grupillo de palabras que llevaba en el bolsillo del pantalón, construyó rápidamente un submarino. Se metió en él, y se puso a recorrer aquellos mares tan fantásticos. Cuando se cansó de ser un submarino, se convirtió en un pez. Y así le va yendo. Sin saber a dónde irá. Ni en qué la cosa va a parar.


78.
Palabras tontas, puras sandeces de lenguaraz. ¡Mira que dicen disparates!. ¡Qué barbaridad!. El poeta se deshace de ellas con mucho gusto. Una palabra aguda como la punta de un colchón le sale por la oreja, y otra vacía del todo le escurre por las narices, como si estuviese acatarrado. Aquella de allí, la del vestido amarillo y las trenzas con el lacito azul, va a ser la reina de la fiesta, una fiesta de luna llena a celebrarse el jueves por la noche. Para conmemorar el descubrimiento de la pólvora. El lector, que no ve más allá de sus narices, no porque sea miope sino porque todo en el libro está muy oscuro, no consigue ni ver donde tiene la mano derecha con la que escribe el poeta. Se la cortaría de buena gana, para que parase de decir idioteces. En el fondo sabe de sobra que el poeta es un bendito varón, y que vive en el limbo, o mejor dicho, en la saudade de su pueblo, Mastuerzos de la Sierra, creo que entre las montañas de Babia. No tiene culpa el infeliz, pues. Es lógico, si se crió pastoreando ovejas entre los riscos, y ya que le dió por escribir, que sus palabras sean salvajes, obtusas y muy limitadas. Es lógico que escriba poemas torpes, fatuos, que no sirven para nada, mendrugos de pan que el lector así y todo come con avidez, tiene hambre de formas nuevas, sabe que tiene que existir otra manera de concebir literatura, y en su busca experimenta incesante. Las palabras del poeta son exclusivamente literarias, y por ello insensatas, como decir tuturuto, perogrullada, mameluco, mamacallos, papanatas antes de beber una jícara de café bien caliente, y sin azúcar. Muchas palabras sin substancia, bobarrones de corte asistiendo las mentecatadas televisivas un domingo por la tarde, los cipotes que arma el político Juán Zampabollos en el comicio gay, Gurdo el gofo de Sansirolé enroscándole el cabo del micrófono al pescuezo del alcalde, y luego huyendo de motocicleta por los renglones. Palabras en su equipaje, cargadas a su vez de material pornográfico que van distribuyendo entre los lectores que les extienden las manos para recogerlo. Uno de ellos, un panoli de cuidado, se guarda varias en el bolsillo, y en el tranvía una señora gorda las aplastó con sus tetas y casi las hace morir sofocadas. Otras pocas octavillas las recogió el portero del cine, con su cara de papanatas que no se sabe si hace reir o llorar, que jugaba en la acera con sus nietas, tres niñas tolondronas, tan celestiales como retardadas, blancas, chochas y aleladas. En el cine echan una película de Jolivúd, Las patochadas de un asno. Es de un famoso director yanqui, aquel que ganó varios oscaritos con Las burradas del general, El impertinente funcionario y La descortesía del lector que se fue sin despedirse. Ésa era para llorar de tan mala que era. El productor acabó envasándola en capsulitas y vendiéndola como somnífero natural. Ganó mucho dinero. !Él es muy listo!.


79.
Al poeta le repugna decir palabras feas, se lo ha prohibido a sí mismo, y su musa, además, le ha amenazado con dejarle e irse con otro si tal cosa hiciera. De ningún modo sus palabras pueden salirse de la pauta establecida por el buen gusto. Pero las palabras feas se resisten, son obstinadas, luchan con denuedo por salir a flote. El poeta se pone de uñas, es inaceptable lo que están haciendo con él, y se mantiene inflexible, aunque no puede evitar que alguna se le escape, que se le cuele como un ratón por debajo de la puerta de la despensa. El lector, personaje muy riguroso, en este caso al menos, esquiva de mala manera esas palabras horrorosas, y exclamando: ¡Naranjas de la China!, se cierra en banda. No se peina él para escuchar tantas sandeces. Se encoge de hombros poniendo en duda la cordura del poeta, que ni por asomo piensa ceder un palmo. Poco después se va, las manos en los bolsos de los pantalones, bregando con sus palabras feas: —¡Es inaceptable, es inadmisible, de ninguna manera!—.


80.
Palabras tiernas, impúberes, palabras inocentes, de niño pequeño, palabras hipocorísticas (otro ratón que se coló por debajo de la puerta), tata, pipí, cocó, pupa, tití, pupú... Palabras que van creciendo con el paso de los días. Una mañana de abril la niñera las saca a pasear al parque municipal y, por esas cosas de la vida, un coche embalado casi las atropella. ¡Menudo susto que se llevaron!. Palabras útiles como baberos, pañales, bragas y chupetes, palabras en el albor de la vida, que se chupan el dedo un día. Y al otro ya en plena juventud, aborrescentes con espinas en el rostro, complejos en el alma y un preservativo en el bolsillo, por si acaso. En tres semanas la barriga de la novia con un hijo en el seno. El tiempo pasa volando. Y de nuevo la historia que se repite. El bebé, Condón Roto le llamaron, a sus abuelos les gustaban los nombres de indio, jugando con el tacataca, aprendiendo a gatear por la alfombra, a tirarle del rabo al gato, a colgarle el sonajero del pescuezo. Cuando se le cayeron los dos primeros dientes, el gato se murió, atragantado con una cucaracha gigante que venía dentro de la bolsa de la compra del supermercado. Fue horrible. Luego la tosferina, el sarampión y la caida de un manzano. Se rompió una pierna. Cuarentena. Entonces descubrió los amores clandestino del papá con la enfermera del Centro de Maternidad. Esa vez vinieron gemelos, palabras escuchimirriadas, que malcrecieron, por indeseadas, huérfanas del cariño del padre ausente, y detestadas por su madre, que les echaba la culpa por él no haberse casado con ella. El papá volvió a los brazos de su legítima. Cuando al nene le tiraron la escayola tuvo otro hermanito, un chiquirritín a quien bautizaron Churumbel, un mocoso terrible que cuando creció ataba latas vacías, con escorpiones dentro, en el rabo del gato, que era como si hubiese resucitado, era idéntico al otro. El primer día de escuela escondió una serpiente cascabel en el cajón del escritorio de la maestra. La pobre casi se muere del susto. Menos mal que Churumbel le había sacado el veneno antes. A los diecisiete años se casó con una jovencita mecanógrafa fea como un feto y tuvieron un hijo zangolotino, que les salió además perezoso y remolón. Y así sucesivamente. Ya saben lo que les espera.


81.
Palabras dignas, señoriales, palabras esplendorosas, con condición y estilo, con ese porte noble de los buenos linajes, palabras que pertenecen a la crema de la sociedad y se codean solo con caballeros de rancio abolengo y duquesas de estirpe real. Palabras que se ciñen la espada y rodeadas de sus senescales de campo salen al campo de batalla, a enfrentarse al lector, armado hasta los dientes de paciencia y tesón, y con el coraje característico de los de su raza. Palabras distinguidas, hermosas en su heróica honestidad, palabras generosas, bien nacidas, ilustres y solariegas, simplemente palabras principales.


82.
Palabras increibles como las peroratas del Quijote, o las balandronadas del general en el campo de batalla, en la retaguardia, mandando sus hombres a una muerte segura, palabras napoleónicas, emparentadas con los grandes del Reino, con los ricos y los poderosos, un tío Principe, la abuela con varios títulos, y en el árbol genealógico siete coronas, y en el salón de los pergaminos un baúl repleto de probanzas de buena sangre, y los blasones en las paredes, y en los tapetes bordadas las armas de la familia y donceles vigilando la puerta de la alcoba, y ricas hembras en las rodillas, o entre las sábanas del lecho. Solo ellas saben que el general es un irresistible eyaculador precoz.


83.
Palabras inauditas, inesperadas, palabras que nacen flamantes de la pluma renovadora del poeta, palabras que innovan, un verdadero golpe de efecto, causan extrañeza, sorprenden al lector. Palabras que más que responder, como consecuencia natural, a un proceso de creación, responden a uno de invención. Inventan un mundo, lo recrean, un mundo como una fruta nueva, no viciada, sin bicho. Palabras comestibles, que saborean mientras restauran, remozándolo, el horizonte de las letras. Y sin caer en el fatuo esnobismo son tremendamente novedosas, unas desusadas, otras calentitas, como rosquillas de anís que acaban de salir del horno, palabras recientitas, modernísimas, palabras a la última moda. Palabras nuevas, no más.


84.
Cuando la rana crie pelo y la vaca tosa, cuando meen las gallinas y se avergüenzen los políticos y los administradores de la cosa pública, el poeta, lo ha prometido, cerrará el pico y dejará de cantar. !Ni una palabra más!. No volverá a decir cosa alguna, y que se muera allí mismo si cae en perjurio. Igualmente fue en una semana sin viernes del mes de octubre cuando el lector, en una decisión tomada completamente en silencio, a solas, sin influencia de nadie, decidió no volver a abrir un libro en toda su vida. Cuando se dio cuenta de lo que había jurado, pensó que, en compensación, no volvería a cerrar nunca el que tenía entre manos. Sería su único libro, el que leería y releería el resto de su vida.


85.
Palabras tenaces, enteras y constantes, palabras obstinadas, resistentes, que no dan el brazo a torcer, y se están en sus trece, aunque a veces equivocadas. Palabras tercas, que pugnan para defenderse y no aceptan la posibilidad de estar erradas, dan coces contra el aguijón y acaban tiesas, duras, férreas y cabezotas. Palabras sordas, fanáticas, palabras de sectario convencido de estar cierto en su necio caminar, palabras irreductibles, temosas, tozudas, que cuando se les encaja algo en la cabeza no hay quién se lo tire de encima, palabras casadas con su propia opinión, no admiten conclusiones opuestas a las suyas, palabras que ofuscan a quienes les rodean de tan insistentes y testarudas que son, palabras en el fondo caprichosas, llenas de prejuicios y manías. Un día se encontraron con un lector mucho más terco todavía, y acabó con ellas en un minuto, de un plumazo. Como cuando, a mitad de la obra, el poeta (está muy cansado), escribe la palabra Fin. Así, sin más.
86.
Palabras que ocupan todo el espacio en blanco del papel provocando un sorprendente atasco, palabras que dificultan el avance intelectual del lector, se le atraviesan en el camino y le distraen, le molestan, le impiden sentirse cómodo, le perturban la visión. Palabras que cierran, que limitan, que obstaculizan. El poeta detenido ante una valla insalvable. El lector desconcentrado; el infeliz no está para bromas metido como anda en un atolladero. Palabras que se hinchan, embolia lírica, congestión verbal, palabras embarazadas, que dan a luz entupiendo de crías los espacios blancos, trancando las salidas para que el lector no se escape. Palabras sin oficio ni beneficio, que se miran las uñas, desocupadas, ociosas, descuidadas. Palabras que ya nacen perezosas, se cruzan de brazos a mirar las musarañas y así van pasando los años. Y así pasan la vida, vagando de pueblo en pueblo, descansando, holgazaneando, tomando el sol, papando moscas. Un día de mucho calor el guardia municipal, un zangarullón igual que ellas, pero uniformado y con la autoridad que le infiere un bastón que le cuelga de la cintura, un guadia barrigudo y bigotazo, Pascasio Galfarro, el hijo primogénito de Abstenido el torreznero, les pone una multa de setenta y tres reales y veintisiete centavos por pasarse tanto tiempo en el semáforo, interrumpiendo el tráfico. Las palabras evitan decir nada importante, y pagan al contado, dispuestas a quedarse allí, en aquella encrucijada urbana, hasta que se les acabe el dinero. Son así de holgadas.


87.
Palabras que a la chita callando van configurando un misterio literario, y por arte de birlibirloque consiguen con dos dedos de prosa esconder del lector precisamente aquello que querían decirle. Siete estados debajo de la tierra oculta el poeta sus palabras más herméticas, palabras incomprensibles que pretenden decir lo insondable del abismo lírico al que se asoma al escribir. Palabras secretas que emboscan al lector, le cubren, le velan. Palabras que usan máscara en el rostro, que andan con zapatos de fieltro, palabras que esconden bajo el rabo un gato encerrado en sí mismo, bajo el manto una nube de arcanos, y en el desván, en un arca aherrojada, la póliza de seguros, la madre del cordero. El crimen tuvo lugar a medianoche. El agente de la compañía no logró descubrir a tiempo lo que, sospechaba, encerraban tantas palabras embuchadas, un verdadero laberinto. El fué la segunda víctima. El lector, que quería dar una de detective privado (era muy aficionado a las novelas de Simenon), y cuando estaba a punto de desvelar el enigma, fue la tercera. El asesino le obligó a tragarse enterito un libro de prosas intragables.


88.
El poeta se ocupa de lo suyo, palabras en acción, dura labor, arduos trabajos. Las palabras dan mucho quehacer; el ejercicio de las letras es un menester casi de guerrero, un ministerio marcial. El arte es el campo de batalla, Venus la diosa bellísima que reparte los premios. El poeta, profesando de tal, cultiva un huerto de papel, manipulando las aches, las eñes y las jotas como si fuesen mudillas de lechuga, de rábanos, de berros. O desempeñando el papel del pastor de ovejas, un rebaño de palabras lanudas y berreonas, el cura entre los fieles, o el maestro entre los discípulos. Y el profesor de literatura clásica en el auditorio de la Universidad, aplaudiendo, y el lector cansado del esfuerzo que se le exige, y el poeta abrumado de servicio, ocupadísimo con la pluma, que rebrilla de satisfacción, y puesto a decir cosas verdaderamente muy interesantes, muy entretenidas, pero que ni Dios las entiende.


89.
Palabras incomprensibles, vistas al trasluz de una cortina, que dicen en lengua incógnita, y que guardan entre los entresijos, en un riñón, en una caronchada gaveta de madera, un fulminante abracadabra, algo parecido a un sello de Salomón, el cuadrado mágico de que hablaban los grimorios antiguos, palabras ocultas, palabras amuleto, la imagen de Abraxas estampada en la frente, y un vaso de cristal con un filtro mágico, poderoso bebedizo que fascina al que lo degusta, palabras cuerpo de mujer ajena que tienta con la fuerza envolvente de lo prohibido, palabras medúseas, que parecen dichas en lengua cabalísitica, el hechicero preparando un filtro de amor, el druida revolviendo la pócima milagrosa, la bruja ligando un mal de ojo, palabras que evocan noches de luna, cuervos negros, cantos de lechuza, palabras que encantan, palabras virtuales que permiten, a puerta cerrada, ver lo inexpugnable.


90.
Palabras que faltan al respeto, como si el poeta le sacase la lengua al lector. Le pinta de oro y azul, con ropa de pascua, y con una hoja de perejil en la mano, y luego encima le pone de vuelta y media. El lector, que por cierto es bastante quisquilloso, se ofende, se siente agraviado, su amor propio herido, y provoca una disputa. El poeta, con palabras mayores, palabras pesadas, dice sus verdades, con crudeza y alguna que otra lindura intercalada. Verdades que ultrajan porque revelan, que se burlan, que escarnecen al lector, palabras que deshonran, irritan y recriminan. Y el lector se pica, se da por sentido, se enemista. Se va mosqueadísimo en lo callado de la noche. Formaliza su resentimiento en un amargo billete de despedida. Se cuelga de una soga al amanecer.


91,
La pluma, la tinta, el papel, y un grupillo de palabras guardadas en el archivador, y dos o tres poemas en la cartera, de cuero de antílope, y en el armario de la oficina una caja repleta de adverbios, y en el bufete del abuelo varios subjuntivos pasados de moda, al lado del secante y del fichero. Bajo la ventanilla de taquilla una papelera de bambú, y en el camarín de la directora un mayordomo a la puerta. Dentro, el ministro y la secretaria intentan convencer a la ceñuda y severa directora de administración de la Cosa Pública para que se reúnan esa noche en una sesión sexual a tres. El capitán y el sargento del cuerpo de espionaje observan preocupados la escena por una rendija del sobretecho, y los representantes de gobiernos extranjeros, las orejas pegadas a la pared, meditan las palabras con que deben comunicar lo sucedido a sus superiores. Ellos también durmieron con la susodicha secretaria, y saben que sus superiores saben que ellos también durmieron con ella. Los de tesorería están con las manos en la cabeza, las palabras cotizan cada vez menos en la bolsa de valores, y con lo del ministro, bajarán aún más. El oficio de poeta es un oficio duro, que requiere una técnica consumada y un esfuerzo repetitivo e incesante. ¡Debe cumplir con su deber!. Es para eso que utiliza la pluma, la mesa, el tintero y el papel. Para cumplir con su deber. ¡Mala suerte, señor ministro!, la próxima vez procure no dejarse ver. Fue dimitido al amanecer. Esa misma tarde se cortó las venas, en la bañera, mientras leía un libro de Séneca. El agua humeaba. En memoria de su amigo Epicuro vertió encima todo el bote de jabón de espuma.


92.
El poeta, con una venda en los ojos, escribe palabras que ofuscan, que hacen alucinar al lector, a quién se le amontona el juicio. Palabras que chiflan, obcecadas en decir lo inexpresable, palabras que padecen a ojos vivos, y con su mirada sufrida fascinan, palabras que turban el entendimiento, que encandilan como ciertas mujeres bellas, sutiles y tremendamente peligrosas. Palabras que deslumbran por su desnudez ardiente, un aforismo de Heráclito o un botón de peyote que brilla en medio del desierto. Palabras que van yéndose sin volver atrás, como las aguas del rio, palabras borrachas que van tentando las paredes del entendimiento, diciendo con la punta de la lengua algo que no consiguen decir qué es.


93.
Santas palabras, promesa de un mundo mejor. En olor de la verdad, las palabras van. Palabras que prometen, que proponen, palabras que se ofertan en el mercado del placer, palabras música celestial, los pies descalzos sobre la hojarasca, una ofrenda de flores a la madre, el collar de oro y jade que tintinea en el cuello marfilíneo de la amada. Palabras que empeñan su palabra, y se brindan a expresarse mejor. ¡Prometen dejarse leer!.


94.
Palabras que ven, palabras que miran de través. Se le quiebran a uno los ojos de verlas desfilar quemantes como el rayo, luceros que alumbran el iris, la niña con lacitos en el cabello, la pupila dilatada y el humor vítreo. En la retina diversas palabras estampadas, y leyéndolas un ciego, un tuerto, y un bizco que al tiempo conversan de óptica con un estrabón legañoso, con cara de cíclope, de mirar atravesado, cuatro ojos (hipermétrope) y con un frasquito de colirio para no tener que usar gafas oscuras. Es el poeta, que con mucha vista, y con viveza sin par, parpadea coqueto ante el espejo que en su mano carga el lector. Éste sonríe, no lo puede evitar. Su túnica úvea está manchada de sangre. Le ha metido la uña bajo la córnea al poeta, para que se calle.


95.
El poeta fue al oftalmólogo, quejándose de una fístula lagrimal, y con tremendas ojeras. El médico le preguntó si se había peleado con su mujer, o si había leído recientemente el Finnegans Wake. Le inyectó chiribitas de corticoide, le arrancó de cuajo, con unos alicates, la catarata, le torció después la vista, bien retorcida, y cuando por fin las chiribitas comenzaron a hacer efecto, le despestañó con unas tenacillas chinas de tortura del siglo XI, de torturar al lector, se entiende. Luego le puso en lo que le quedaba del ojo una compresa de palabras emolientes, con un paño caliente encima, y a continuación, para rematar la operación, le extirpó un orzuelo del ojo del culo y le extrajo un verso de Quevedo, que parecía un forúnculo, del rabo. Al despedirse le vendió un frasco milagroso, una medicina hecha de palabras que se abren y se cierran, y que saben guiñar, entornarse, encandilar y encandilarse con su propia claridad, para que se las inyectase en las venas, y así pudiese verlo todo mucho más claro. El poeta, naturista redomado, arrojó el frasco al cubo de la basura. Y se fue, por el márgen del papel, tanteando las paredes. No veía tres en un burro. El lector, con los ojos vendados, le seguía, a ciegas.


96.
Palabras con fragancia, que el lector husmea aspirando con deleite los vientos nuevos que soplan entre las letras. El poeta también gulusmea mientras le van brotando de la pluma palabras que huelen, que trasminan, que encalabrinan, palabras perfumadas como efluvios de jardín, palabras que barruntan, las manos en la frente, exudando un tufillo de raras fragancias líricas, que de pronto llegan a la nariz del lector, palabras empalagosas que le asfixian, palabras atrevidas, que no usan desodorantes, como un rosal. Muchas de ellas caídas en desuso, arrojadas por las ingratas gentes del siglo en el baúl de los recuerdos, palabras que la memoria de grillo del pueblo guarda en el olvido, y que borradas de la memoria de los poetas no salen nunca del tintero, palabras que viven entre los renglones, a las espaldas de la prosa con que el lector entretiene las pausas de su andadura, merecidos descansos, disfrutadas vacaciones. Palabras arrinconadas, relegadas a último plano, que se omiten escondidas en el cajón de la cómoda, entre medias, calcetines y calzoncillos, palabras que devienen desconocidas, y que se echan a dormitar durante siglos entre los soporíferos brazos de Leteo, palabras que huelen a amapola.


97.
Palabras a las que agarrarse como de un clavo ardiendo, palabras llovidas del cielo, para que el lector las coja a tiempo, aunque sea por los pelos, palabras en forma de anillo para el dedo. El lector lo encuentra caído entre las piedras del camino, y con facilidad se lo encaja en el anular derecho. Luce esas palabras en el café, en la rueda de amigos, y por las noches se las muestra a su amante en la intimidad penumbrosa del lecho. Palabras sin molde, dichas a propósito, y a estas alturas de la historia de la Literatura. Palabras en sazón, oportunas, que en un tris el poeta saca, con ayuda de la pala y de la pluma, del vacío en que el olvido las guardaba, palabras dichas en el lugar y a la hora previstas por el directorio de las musas, palabras con asas de jade, para agarrarse a ellas en caso de peligro, y pies de letra de marfil, en braille, para los lectores ciegos. Palabras todas que en la muñeca lucen un reloj de oro y pedrerías, que les marca la hora y obliga a ser puntuales, precisas, ciertas y, sobre todo, exactas. Palabras que dicen exactamente no lo que tenían que decir, sino todo lo contrario.

98.
Palabras que andan con mucho cuidado, con un nudo atravesado en la garganta, desconfiadas, dando diente con diente. En una esquina del papel, de repente, se quedan paradas, con los pelos de punta: ¡Nunca habían visto dos renglones juntándose!. Les habían dicho que eso ocurría solo en el infinito, pero no se lo podían creer. Y ahora allí los tenían, dos calles paralelas besándose en una esquina, a la luz del farol. Y una sombra acercándose con zapatos de fieltro. Las palabras temen que sea el lector. Se quedan muertas de miedo. Allí siguen clavadas. Le tienen pavor. Les han dicho que es un desalmado, un estuprador, un asesino a sueldo. Se les encoge el ombligo solo de pensar en que las pueda leer, y se ponen a hacer aspavientos irreprimibles. Tiemblan, que diría el diccionario. Cuando después de mucho esfuerzo lograron doblar la esquina (los amantes ni se dieron la vuelta a ver quiénes eran), se encontraron en un callejón sombrío, muy solitario, no se veía un alma, parecía el lugar ideal para el horroroso crimen de un maníaco. ¡El esparajismo que las palabras dibujaron en la niebla cuando vieron que el lector se les acercaba, con su gabardina, su sombrero y su bastón, fumando un cigarrillo, la cicatriz de gánster en la mejilla y cojeando levemente del pie siniestro!. Las palabras, mirándole bien, no le encontraron tan horripilante como les habían contado. Lo más terrible era el brillo de sus ojos, que les sobrecogió el ánimo, despertando en ellas fibras de deseo hasta entonces adormecidas. Se turban como colegialas en los brazos de un tenorio, se desasosiegan. El lector las saluda quitándose el sombrero y con una leve inclinación de cabeza. Las palabras se estremecen, les dan como calofríos, y se ponen a tiritar tanto que el lector, bastante preocupado, les pregunta si les ocurre alguna cosa, si se encuentran bien o quieren que llame a un médico. Un pánico cerval se les mezcla con un ansia acuciante que les brota como un torrrente de lo más profundo del alma, allí donde crecen el deseo y el arrepentimiento. Se asombran de sí mismas. La mano del lector las intimida cuando les ofrece un cigarrillo. Reparan en el anillo de oro y esmeralda que luce en el dedo que minutos después, como un hipnotizador, les desabrocha los cordones del corpiño. Ojos de espanto se encienden, suenan las voces de alarma. Se ondulean las palabras recorridas por afiebrados estremecimientos. El lector, una a una, les quita por las piernas los vestidos, echándoles el ojo detenidamente. Las palabras se quedan yertas, estatuas de mármol, y no saben donde meterse, las manos tapándoles la verguenza, mientras el lector decide. ¿Con quién dormirá esa noche?. Su decisión sonó repentina como un trabucazo en Tánger para anunciar el comienzo del Ramadán, o como una aldabada en la puerta del cuarto de una pareja de viciados italianos, en un hotel de narcotraficantes y bandidos de Sta. Cruz de la Sierra. Lo primero que piensan es en la policía, y en dónde esconder la droga. Era sólo el vecino del cuarto de al lado, que quería pedirles fuego, se le acabó el gas del mechero, y los fósforos se le mojaron con un vaso de vino que hizo derramar sin querer mientras asistía a una película pornográfica en el vídeo. Sobraban las explicaciones. No entendió qué les pasaba a aquellos dos, ni le dieron tiempo a decir ni pío. Le acribillaron a balazos, tan nerviosos estaban. La historia se la contó el lector mientras desnudaba a su favorita, la palabra más recatada, más tímida, más modosita de todas. Ella no estaba demasiado asustada cuando se deslizó entre las sábanas del lecho. A las otras se les quitó el hipo viéndola disfrutar por el ojo de la cerradura de la alcoba. Cuando el lector metió las cabras en el corral, se quedaron tan excitadas que se les escurría un agüita por entre las piernas, que no sabían de dónde les venía. Eran vírgenes, y ardían. Esa noche soñaron con fantasmas, marimantas y terroristas. La palabra escogida, muy feliz, estaba aún entre los brazos del lector, satisfecha, oronda y risueña. Era la palabra Musa, timorata, azorada, tentando cubrirse los arañazos que se había hecho en los muslos en el momento del estallido.

(¿En qué pararán esos amores?, ¿Podrá la musa olvidar lo que le ha sucedido esta noche?, ¿Se quedará grávida?, ¿Contraerá el sida? (el lector la convenció de que el condón, allí, sobraba). Si quieren saber lo que ha de suceder en el final de esta emocionante historia de horror y de amor, compren el próximo fascículo.)


99.
Palabras de mal humor, refunfuñonas, que nunca sonríen, siempre con mala jeta. Como si les fastidiase la vida, o alguna aflicción oculta les reconcomiese el ánimo. Palabras descontentas, que se mueven por el papel como en una pesadilla, mosqueadas, quejándose, les han clavado una puñalada por la espalda, sus mejores amigos. El poeta las pintó con dolor, y por eso le salieron así tan atribuladas. Una pesadumbre en el alma, un sinsabor en el paladar, mucha lástima agarrotándoles el corazón. Palabras que hacen pasar un mal rato al lector, le dejan incómodo, como en noche de pesada digestión. Palabras acedas, que saben a cuerno quemado, no están para gracias y se contrarían si no les das la razón. Es insoportable su antipatía, y encima son terriblemente aburridas. Hasta dan asco, de tan feas y tristes, las pobres. Palabras áridas, amargas, repugnantes. Palabras que el poeta se ve obligado a usar para hacerle entender al lector que la poesía, como la vida, no es ningún chiste. Pasándole el brazo sobre el hombro, consolándole como si se le hubiese muerto la madre, le dice, entre susurros: —La única verdadera libertad la da la absoluta sumisión al Arte—. Y luego se va, tan triste como había venido, con su enorme pesar a cuestas.


100.
Palabras solapadas. El poeta, aunque nunca estudió en colegio jesuita ni tuvo en el pensamiento la idea de convertirse en diplomático de carrera, escribe a menudo palabras muy disimuladas. Unas, descaradamente, van siempre disfrazadas, fingiendo ser quien en el fondo quisieran ser, un pirata cruel, una princesa hermosa, un principe bello o un general honrado. Las palabras esas llevan siempre muchos paliativos en el equipaje, y en el bolso de mano acostumbran cargar un mazo de eufemismos, aunque es sabido que hacen daño a la salud. Hay palabras que se cubren con tapujos de seda, solo se dejan ver los ojos, esos muy negros y muy hermosos, ojos penetrantes como cuchillos, incisivos como los colmillos de un lobo, ojos deslumbrantes con los que la musa se desnuda ante el poeta. Bajo el último velo se adivina un cuerpo generoso y brillante, hecho para el deleite y para la gozosa contemplación. Palabras que sirven de pretextos, el poeta las escribe con segundas intenciones, socarrón y malicioso como él es. Su táctica estética consiste en enmascarar siempre lo que quiere decir, poniéndole una camisa social encima del embozo, y después cubriéndolo con varias telas de seda, vestidos de lana, y una tapa de acero inoxidable de sombrero. Para desfigurarlo un poco más y que nadie lo reconozca, el significado, el mensaje, el poeta le pide ayuda al lector, que inmediatamente se presta a echarle una mano. Trae éste consigo un saco de pólvora sorda, se mueve a mátalas callando sobre los renglones del papel en blanco, y aunque puede parecer una mosquita muerta es un hombre muy culto y corajudo, además de ser también un pajarraco de mucho cuidado. Mientras se pone manos a la obra cuenta su vida. Sabe cuantas púas tiene el peine. El tiene varias palabras mantenidas, en hoteles diferentes: una mojigata de Soria que en la cama es un furor, una camastrona caribeña, sinuosa, atractiva y perversa, y una espía alemana, de Berlín, que en paro después de la demolición del muro, anda vendiendo informaciones sigilosas a los gobiernos que mejor se las pagan. Hasta que un día los académicos de la Inteligencia sorprendieron al lector, la rubia germana le había convencido para que le sirviera de camello, pasando esas palabras de contrabando en el aeropuerto de Kuala Lumpur (nadie pudo explicar qué habían ido a hacer allí). Las intentó pasar en el doble fondo de la pasta de escritor, entre una serie de intríngulis verbales, que le servían para resolver crucigramas, y una capa impermeable, le habían dicho que en Malasia llovía muchísimo. En el juicio sumario, las propias palabras, las muy taimadas, oficiaron de testigos. Levantaron falso testimonio, y se quedaron tan tranquilas. Mientras el lector cenaba su último pollo asado con patatas fritas y ensalada de lechuga, cebolla y tomate, el poeta quería consolarle, y le doraba la píldora. Fue él, el poeta, quién ofició de abogado; no hablaba malayo, y en Malasia pocos eran los que entendían el castellano. El lector, muy nacionalista, se negó a que le defendieran en inglés. Le fusilaron, pobre hombre, esa misma tarde. Antes de que los soldados apretasen el gatillo pidió unos minutos para que le dejaran acabar de leer un libro que acababa de enviarle su amigo Manuel, el asturiano, un libro titulado, ¡qué casualidad!, Palabras. Fueron precisamente dichas palabras las que le despidieron esa noche, arrojándo el cadáver desde un acantilado a las aguas hondas del mar del olvido. Un mar de ondas.


101.
Palabras con muchas certezas, muy cascarudas. El meollo lo guardan bien adentro, como el coco. Palabras semillas escondidas en la vaina, de capullo un erizo, parecido al de las castañas. El lector tiene que mondar las palabras con cuidado, quitarles la cáscara como si fuese una camisa de piel, o como si la piel fuese una camisa, algo sí. Las peladuras, otros dirían más correctamente las mondarajas, las pone en un frasco, en conserva, con aguardiente, para macerarlo. Cuando por fin las palabras están completamente descascarilladas, y el aguardiente fue bebido hasta la última gota, el lector, con el sedimento que queda en la botella, después de ponerlo a secar al sol, modelará unos supositorios, que día si día no, antes de desayunar, se meterá por el ojo de ya saben quién. Es el mejor remedio que se conoce contra el hastío.


102.
Palabras que estaban desde siglos guardadas en los desvanes del olvido. Las telas de araña las escondieron de la memoria de los hombres. El destino se las desenseñó hasta que un buen día, a través de un agujero, un túnel negro como la pez, se escaparon del dominio de Leteo. Fueron a dar de cabeza a un tintero, y allí se quedaron olvidadas hasta que otro día salieron chorreando, muchos años después. El poeta, al verlas, perdió el hilo, y se volvió olvidadizo, remoto, desacordado. Se sentó en una mesa redonda, a la sombra de un pino, a escribirlas de memoria, automáticamente, como escribían los surrealistas. Palabras tan vivas, de repente, palabras inolvidables, que se pusieron a conmemorar su feliz advenimiento, era como si acabasen de nacer de nuevo. Después de tanto alborozo se empantanaron nostálgicas recordando los tiempos en que vivían en el tintero. Pero no conseguían acordarse de nada. Perdieron la memoria, tal vez en el túnel, mientras huían. ¿O será que es el lector el que ha perdido el hilo?. Es dificil saber. El desván está muy oscuro, y además de arañas hay ratas y polillas a montones, se lo están comiendo todo como los agujeros negros que se comen el universo. ¿O será solo un túnel más?. Nuevas palabras como sombras resurgen del tintero. Parecen alguna especie remota de bicho primordial, una mezcla de gelatina negra, muñeco de nieve, pero hecho con polvillo de carbón, y trozos de dibujo animado, pero sin color ninguno. Unas huyen despavoridas del olvido, que no las deja escapar de buen grado. Otras escapan a pasitos cortos, y sin querer van ensuciando el papel con las huellas de sus pies, que luego los humanos pasan a leer como si fuesen letras de algún abecedario secreto y antiguo. Escapar del olvido es dificil, como dificil es desengrudarse el lodo después de haber caido en un albañal, o al pájaro desasirse de la liga con que el astuto cazador untó las piedras del rio en el que suele beber, o al pecador deshacerse de sus vicios. De repente se quedan paradas, sin saber qué camino tomar. El poeta tampoco se acuerda de qué palabras tenía que escribir después. El lector, por el contrario, como si ahora fuese él el que se las supiese de memoria, le echa una mano. En verdad se las sabe de carretilla. Había soñado con ellas muchas noches. Lo que no esperaba es que viniesen tan sucias de tinta. Le mancharon la camisa nueva que se había comprado para la boda de la musa. Qué pena, tendrá que comprarse otra. O tal vez sea mejor decirle a la musa que no se case, que va a echarse a perder.


103.
Palabras engreídas, snobs, con cortes de letra de estilo comercial, letra de contable, de pendolista, de notario o de banquero. Unas usan smoking a diario, y otras se visten de torero o de pirata, como si estuviesen yendo a un baile de disfraces. O de fígaro, si van a la ópera. La pelliza de armiño, el chaquetón bordado con cuentas de azabache, un traje corto de hilo con muchos perendengues, el corsé de encaje, y el cubrecorsé de pedrería. Otras palabras usan guantes, son muy elegantes, y corbata o collar, según sea el caso; si llueve, un paraguas, si no, el bastón con mango de marfil en forma de cabeza de lobo. Duermen entre ropas de hilo, se suenan las narices con pañuelos de Holanda, primorosamente bordados. Algunas palabras visten rigurosamente de negro, como viudas de Castilla o del Peloponeso. Son las sacerdotisas del Verbo, oscuras y rancias, casadas con un prelado taciturno llamado Gramático, académico de la Lengua, que viste de etiqueta cuando se reúne con sus colegas a ver qué palabras nuevas admiten ese año en el diccionario. Gramático es tío abuelo del poeta. A su vez es biznieto de un sastre, un humilde alfayate judio—portugués, que emigró a Brasil a finales del siglo pasado, con toda la familia a cuestas, y fue a dar con sus huesos en un poblado de gambusinos, asentado entre las sierras del interior de Bahía, Rio de Contas. Estaba casado con una celebrada modista, que por su parte era hija del golillero de Salamanca. De ahí viene que el poeta, cada vez que se pone a escribir, se cuide tanto para aparecer vistoso. Garambainas, firuletes, perejiles y abalorios, parece un carnaval. Y para colmo se cuelga de las narices lentejuelas, y se mete un aro en el ombligo, y otros dos en el pezón, y se incrusta siete pequeños zafiros en el lóbulo de la oreja. Igualito que un punk de los arrabales. El lector, personaje muy friolento, para leer las palabras tan bien vestidas que el loco poeta le escribe, y por si la trama se desenvuelve en invierno, se pone un pesado abrigo que su tía le trajo de un viaje a Siberia, de piel de oso, y encima, como buen español, la capa de tenorio, y para disimular su lascivia un manto de ermitaño, que heredó de su abuelo Apolonio, y sobre todo ello aún un impermeable, por si llueve, un impermeable con capucha y un forro en ella que sirve de pasamontañas. Porque a menudo llueve. Llueven palabras, unas rozagantes, sonrosadas campesinas batiendo la mantequilla, otras llanas, de pueblo, o raídas, como el alma de un vagabundo. Palabras que van unas de largo, otras de paisano, o de civil. Y otras con solo un calzón se van a tomar sol en la playa. Palabras infantiles, vestidas de primera comunión. Palabras jóvenes, hechas para todo trote, de camiseta y vaqueros, palabras adultas, en mangas de camisa, o en el paro, o ya sintiéndose fracasadas, palabras extravagantes, una mosca en la leche, disfrazadas de arlequín en el entierro de un filósofo, con el uniforme del equipo de fútbol para ir a la ópera a asistir El barbero de Sevilla. Palabras inelegantes, el petimetre que se hurga la nariz ante el altar, mientras el cura le echa la bendición nupcial. Su flamante esposa le da con el codo, disimulando, a ver si para de hacer guarrerías. Ella es una afectada hija de la buena sociedad de provincias, sentimental y meliflua, más lamida que el lomo de un gato con sarna, repulgada, superferolítica, pedante, alatinada, empalagosa como un merengue, repulida como un dije de ámbar, tan retorcida que parece un culebrón venezolano. Palabras que usan encajes y vuelos de bolillo. Otras se adornan con cintas, caireles y pestañas postizas. Se orlan de farfalás, de increible mal gusto, y usan brandeburgos de algodón para andar por casa, majadericos de Zaragoza después del baño, y hombreras, para parecer más fuertes, cuando van a misa. Sería largo, inacabable, enumerar todas y cada una de las palabras que en el diccionario aparecen vestidas. Pero que aparecen tal cual Dios las trajo al mundo, mondas y lirondas, solo una. La palabra Musa. Desnuda de toda tapadura, ante la vista estupefacta del lector, se le ofrece al poeta, para que haga con ella lo que quiera. No tiene reparos.


104.
Palabras que causan admiración. Asombran y conmueven, turban el ánimo del lector, que no cansa de maravillarse. El poeta le deja estupefacto ante lo repentino de su magia. Cuando lo inesperado aparece en el texto, de sopetón, las palabras se hacen cruces, y se quedan frias, quietas, como de piedra. Tal imprevisto fastidia al lector, que se aburre entonces con relativa facilidad. Le gustan las emociones fuertes. El poeta, para dejarle contento, le deja pasmado: —¡Toma emoción fuerte!—, dice mientras le golpea con el diccionario entre las clavículas, para que preste atención y observe cómo se saca de las mangas una retahíla increible de palabras que riman con campanada, desconcierto, sensación. Una mezcla de soneto alejandrino y tratado de sicología helicoidal. ¡Fantástico!. El lector, ya totalmente desengañado, percibe con el rabillo del ojo que la parte de atrás del ánimo se le está encogiendo. En ese momento ve asomar la cabeza por el margen del papel de una palabra encantadora, musa, que choca por su desconcertante espontaneidad, una palabra coqueta, transparente como los velos que la cubren y descubren al mismo tiempo, con brinquiños de crisoberilo en las orejas y un collar de cuentas de alejandrita en su cuello de cisne. El lector se santigua, y exclama: —¡Extraordinario!—, cuando descubre cómo la musa se entrega al poeta, que consuma el amor como quién escribe un verso, de un plumazo. Se le hace la boca agua, al infeliz.



105.
El poeta pretende sondar la profundidad de sentimientos del lector. Quiere abrirle un agujero en el alma, y para ello usa palabras apropiadas. Palabras que perforan primero la dura coraza de que el lector reviste su ego. Con un taladro eléctrico trepanan después el ánimo, y atraviesan de parte a parte la conciencia, adormecida por los soporíferos vapores de la rutina cotidiana. La broca es una palabra especialmente afilada, tan fina como una aguja de coser, penetrante como un clavo en madera blanda y con la punta rompedera. Con el cincel y el escoplo el poeta después remata la tarea, y solo entonces el lector cae en la cuenta de que le están comiendo el coco, para distraerle mientras una polilla le carcome el alma. ¡Vaya, vaya!.


106.
El poeta está con sed. Quiere beber un vaso de agua fresca. Abre el grifo. Está obstruido el pasaje de las palabras, de tan herméticas y cabeza duras que son. Palabras impermeables, que se arremolinan y estancan el agua, impidiendo su pasaje, sellando el secreto, cegando el pozo del saber, pozo de ciencia del que las palabras maman al nacer. Lo ciegan para que sean solo ellas las que saben. Así condenan al lector a romperse los cuernos contra una tapia si quiere, si pretende descifrar lo que el poeta, muerto de sed, les escribe mientras intenta extraer agua del blanco del papel, escarbando con una pluma mojada en el tintero. Lo que el poeta les quiere decir es que para esa situación el Gran Ingeniero ideó una válvula de escape, algo imprescindible verdaderamente. Si no fuese por ella, el poeta estallaría, a cada rato. Un corcho en el espiche, tapón de falsete que a la menor subida excesiva de presión deja escapar, con alivio, únicamente aquellas palabras que están sobrando en la caldera. El poeta, luego, las recoge, las condensa, y se las bebe, con unos cubitos de hielo y unas gotas de limón. A veces les añade medio vaso de aguardiente, para que resbalen mejor por la garganta. Y una pizca de miel, para que no piquen tanto al pasar.


107.
Palabras que tocan al lector, le toquetean, mejor dicho, le toman el pulso. Le acarician consolándole, le cosquillean, haciéndole titilar de risa, y si se deja, sobre todo cuando está enamorado, hasta le manejan como a una marioneta. Palabras dichas con tacto, con tino, a tientas, palpando las paredes de lo intangible. Palabras con la parte táctil muy evolucionada, hurgan bajo la piel como los tentáculos de Cupido manosean el corazón del amante enfebrecido por la ausencia de la amada, que suspira en brazos del rival. Palabras casi fantasmales, que se rascan la espalda frotándose contra la esquina de mármol del sepulcro, y después rozan el espíritu del lector con sus alas, frias, de muciélago, tangenciales, abisales, horrorosas. ¡Ay, Dios mío!, el aliento del Maligno.


108.
Palabras que mugen, que bufan, palabras que se amoscan y cornean. Palabras que embisten. El poeta, dando una de torero, en la arena. El lector, cómodamente sentado en el tendido de sombra, buscando entretenerse con la faena. Es un gran aficionado. Observa el testuz del animal, la melena, los cuernos. No es un toro que da leche, es un toro de verdad. A las cinco en punto de la tarde, el sol rojo de sangre, el poeta saca la capa a relucir. Ya de mano dos verónicas como dos pases de magia levantan la plaza; luego unos pocos quites geniales, la muleta manejada con mano magistral. Desde cuando de niño el poeta jugaba con los novillos en la capea, sueña con triunfar, dar la vuelto al ruedo, las dos orejas y el rabo en las manos, en hombros saliendo de la plaza, y en la noche, entre finos y sevillanas, con las más lindas bailarinas entre los brazos, y en el garaje un jaguar resplandeciente, y en el lecho mujeres bellas como señoritas andaluzas. Se divierte con las gitanas y se acuesta con las marquesas. En sueños. Que en la vida real suda en su traje de luces para clavarle las banderillas al noble bruto. Toda faena depende un poco de la suerte, y esa tarde la suerte acompaña al poeta. Está inspirado, como si la propia musa le guiase la mano en la faena. Después del tercio de caballos, de nuevo pone la plaza en pie con una serie de quiebros y pases de pecho, a los que el toro responde con casta y bravura. No se rinde, es un toro de campanilla. Ya le está el torero alineando para el estoque. El poeta piensa en un verso de Borges, sobre el porvenir. La espada en la mano reluce, y él se luce a su vez poniéndose en postura de matador. El rejoneador le advierte, que aguante un poco más, el animal todavía tiene mecha para rato. Le pide serenidad, que le haga caso, cuenta muchos años de oficio. El poeta torero es terco, está decidido, no quiere hacer sufrir más, el gigante merece una muerte rápida e instantánea. Le mata con una precisión ibérica, acercándosele peligrosamente al pitón derecho. El noble macho rebuja gorgoritando sus últimos alientos en el ruedo, ya la cuadrilla y las vaquillas prestas para arrastrarle al carnicero, a trozearlo. El torero, mientras recibe el aplauso del respetable público y espera a que el presidente dé su veredicto, ve como los primeros pañuelos ondean en la plaza. Es entonces cuando se echa la mano a la barriga, en un gesto de dolor. No había sentido más que un arañazo, pero las tripas se le estaban saliendo por la raja. No fue una cogida aparatosa, solo entonces la gente se dió cuenta de lo que sucedía, pero resultó una cogida, desgraciadamente, mortal.


109.
Palabras que parecen escritas con brocha, con mucho bombo y platillo, que suenan como el tilintear de un cascabel gordo. Palabras bastas, a veces hasta resultan en exceso chabacanas, a menudo parece que fueran dichas por un patán recién llegado de las montañas del interior de un continente lejano. El poeta es un personaje medio bruto, escribe como un bárbaro, ronca cuando se inspira y, frente al papel, se porta como un cafre en medio del agreste que se encuentra a una turista vikinga buscando sensaciones nuevas. Parece que las palabras que le dirige cabalgaran un rocín. La belleza finesa se estremece. El poeta se exalta, se le escapan varias groserías, y deja ver sus orejonas de monigote cuando ella le cuenta que está perdida en busca de un hombre que la quiera y la respete y la deje ser ella. El lector percibe que en ese momento el poeta se quedó sin palabras. Toda su cultura no le sirve de nada, toda prosa es entonces imperfecta. No sabe qué hacer. La convida a sentarse a la sombra de un jacarandá florido. La falta de lustre de sus gestos, la impericia con que le da el primer beso, la textura áspera de sus manos encallecidas por el esfuerzo literario. Mientras le desanuda los cordones del corpiño le explica que si las palabras se pulen demasiado, se remilgan. Se acaban desgastando. —Las palabras, —dice—, son como euclasios en bruto, que no se dejan fácilmente lapidar. El material, —continúa— mientras sigue con las manos en la faena, no permite desbastarlas, y la fealdad es la consecuencia natural, e inevitable, de tanta deselegancia. Ya no sabía lo que decía. Se estaba dando cuenta que aquello que tenía entre los brazos no era ninguna rubia alucinante de Helsinki, sino un travestido maricón, vallero de Matamoros, provincia de Badajoz. El poeta salió corriendo, los pantalones en la mano, por el inmenso agreste, pensando en que una prosa excesivamente rústica acaba por resultar tosca. Y no es eso lo que él busca. La turista escandinava se fué, convencida de que aquel hombre estaba loco, poniéndose las siliconas en el lugar y decidida a encontrar un macho que la quisiera.

110.
Palabras que se abren camino por la selva blanca de papel a machetazo limpio, hendiendo la tupida floresta del saber. A días escalan picos nevados, andes eternos, cantábricas cordilleras, y otros días franquean con pericia, en balsa o en canoa, rios caudalosos, el Amazonas, o el Cares. El jueves por la mañana atravesaron un lago patagónico, el Enol, en Covadonga, y luego por la tarde tuvieron que sobrevolar en globo el desierto de Gobi, un paisaje de dunas y mar de Ceará. Al día siguiente salvaron milagrosamente las cascadas de Iguazú, y Sierra de las Almas arriba llegaron a Rio de Contas, cuya plaza mayor es mayor que todo el Brasil. "A mais grande do mundo". Las palabras, siempre con el pie en el estribo, no pagan impuestos, ni aduanas, ni peajes. Tienen licencia del ministerio de educación para circular libremente por las tierras del reino. Cuando quieren comunicarse con el lector, se meten por un oscuro pasadizo que como un bostezo de la tierra se abre en el paisaje, túnel que el diccionario llama Inspiración. Por el otro lado se ve una lucecita del tamaño de una cabeza de alfiler. El túnel da a un puente tendido sobre el abismo. Luego de atravesarlo, muchas tablas estaban rotas, otras podres, otras ni estaban, y el rio despeñándose cuatrocientos metros abajo de los pies (da vértigo solo de pensarlo), encendieron un cigarrillo, un Gitanes, tabaco negro, rudo, de marinero marsellés, para ser más preciso. De pasaporte el coraje. La póliza de seguro vencida cuarenta y tres años atrás. Visados y registros de permanencia estaban en una cartera de cuero que perdió cuando naufragó en el Putumayo, y acabó apasionado por una princesa india que le quería cambiar su pluma por una piel de jaguar. El le explicó que no podía quedarse sin su pluma, y ella le regaló la piel y le dijo que allí mismo la acababa de perder. Hubiese sido suya. Ahora se ha vuelto loco. No sabe si él es él, el poeta, o si él es las palabras. A veces le da la impresión de que en realidad él es el lector, que disfruta leyendo prosas que le salen, como agüita entre las piernas, de la pluma que no le quiso trocar a la princesa por la piel de jaguar, que le hubiese servido de lecho nupcial y le hubiese cambiado la vida. Tardan mucho en salir del atolladero. Solo al fin de la vida se aclaran. El cigarrillo era de estramonio, y se había confundido de persona verbal, un lapsus linguae. Las palabras, ya más tranquilas (ellas tampoco entendieron el por qué de tamaña confusión, se van doblando la esquina del paisaje, y el poeta, esquizofrénico perdido, se queda, en su casa entre las montañas, esperando que regresen. No se vuelven a dejar ver. Nunca más atraviesa el jardín.

111.
Palabras frías, crudas, y con algo de malignidad escondido, acechando, entre las letras. En el muslo de la pierna derecha tienen un forúnculo, todas ellas. Y en el rostro varios clavos, siempre en el mismo lugar, como si fuesen parte de un mapa del tesoro poético. El poeta, cuando las escribe, está con un tumor en el alma, la vejiga inflamada y un bulto doloroso en la memoria, un agujero negro, nacido muchos años atrás, consecuencia de un mal lance en una lid amorosa. El lector, a su vez, se queja, le molesta una hernia, le falta aire, le duele la cabeza, y cuenta que a su suegra la van a operar de un orzuelo en el ojo del arrepentimiento, operación quirúrgica que cuenta con poquísimas posibilidades de salir bien. Las palabras, que le llevan ramos de flores a la enferma, se contagian con una infección hospitalar de efectos fulminantes. Esa misma noche deliran en la unidad de cuidados intensivos. Están hinchadas, como si hubiesen sido envenenadas. Las articulaciones les duelen una enormidad, y ningún analgésico ni antibiótico ni corticoide les hace efecto. Hasta ahí llega la sabia medicina occidental. Si no, a cortar, o al cementerio. El cliente escoge a su gusto. Las palabras prefieren luchar y se escapan por la ventana, en lo callado de la noche. Tienen un nudo en los nervios, les nacen tubérculos de colores en los terrenos de la fe, y la esperanza, esa flor verde y resistente, no les deja resquebrajarse cuando se caen desde el tercer piso del sanatorio (mejor diríamos enfermatorio). En el sobrehueso del entendimiento les nace una palabra especialmente dura, como una postilla, y les produce un aneurisma fatal. En el cementerio dormirán su sueño eterno con otras tantas palabras inmortales dichas por los poetas del Parnaso.


112.
Palabras que pasan, que van pasando, de parte a parte, renglón tras renglón, y luego pasan, de paso, al través. Son como pasajeros de un tren, muy andados, siempre en compañía de exóticos viajeros o solas, completamente solas perdidas sin remedio en la floresta del Saber. Frecuentan caminos estrechos, trochas impracticables, angosturas verbales por las que es muy dificil meterse, y de las que es mas dificil todavía salir. Apreturas sin fin. Palabras que van en fila india, como una caravana de camellos en el Sahara, yendo de Zagora a Tombuctú, o los barcos cargados de beduinos que emigran clandestinamente a Andalucía, la tierra con la que soñaban sus mayores, o una tropa de gitanos, los carromatos rodando por entre el polvo y las piedras del yermo castellano, en viaje de Compostela a la Virgen del Rocío. Tantas idas y tantas venidas hacen que el lector sin querer se cuele entre las letras sin que ellas se den cuenta, y sin tampoco saber qué carajo está haciendo allí, sentado en el lomo de una eñe, reaprendiendo el abecedario; como un escolar ante la tabla de logaritmos, con la boca abierta, estupefacto.


113.
Palabras montadas en forma de armatoste, como si fuesen un muelle—máquina, tosco y excesivo, que parecería hecho para fabricar tractores, por su tremenda corpulencia, y que sin embargo solo es útil para tender con artimañas lingüisticas una trampa al lector. El armadijo hace un ruido de espanto mientras funciona y las aves y los animales que hozan el bosque se sienten atraídos. Se advierten engañados cuando ya es demasiado tarde. Lo mismo le ocurre al lector, que se siente pegado con liga al libro. No sabe que para eso fue que el poeta untó de pegamento las tapas del mismo. En la carátula, a todo color, se ve una fotografía de un armatoste idéntico, y así sucesivamente, como en un juego de espejos, hasta el infinito. Los brazos de madera del ingenioso artificio mecánico le sirven para pescar, y alimentarse. Funciona a truchas, como los osos. En ellos está inspirado. Por eso, sus uñas como garras, la redecilla con que se cubre la cabeza, el estilo raro de su sombrero y el viril aditamento que le cuelga al descomunal invento no entre las piernas, como sería de rigor, sino debajo del sobaco, y todo de acero muy pulido y brillante. Un oso muy particular. La verga le sirve al aparato de escopeta, para cazar la belleza al vuelo, o para dar alcance a la musa, que no se deja apresar con facilidad. Cuando el lector aprieta el botón rojo que pone en funcionamiento la máquina, la verga se empalma, automáticamente, y queda irremediablemente preso, enganchado entre sus ilógicos engranajes, cogido, manos en la masa, en la ratonera. En un tris tras el armatoste le hace pedazos. Lo convierte en cubitos de caldo de carne, con los que los escritores del futuro aderezarán sus sopas, en el invierno. ¡Vaya destino!.

114.
A una palabra le ha salido una fístula en el seno. Al principio pensó que no era nada grave, pero la llaga fue ulcerando las palabras de los alrededores, contaminándolas como a una playa de Alaska el petrolero que encalla en sus costas. Poco tiempo después todas las palabras del diccionario estaban con tumores, supurando versos verminosos, a veces con afta, a menudo con caries en los huesos, otras con cáncer en la garganta del estilo. Días después el propio poeta se quejaba de unas callosidades que le estaban apareciendo en el hígado, donde manan las fuentes del saber vivir. Al final el mismísimo lector se agachó, se sentó en una piedra redonda, en la orilla del camino, y allí se quedó, a la sombra de un pino, arrancándose la postilla de una heridita en la rodilla, y pensando en lo que podía reservarle el porvenir.



115.
Palabras sumidas en la mayor confusión, que consternan al lector, aturullado ante tanto desasosiego, y que sorprenden al poeta, quien traga saliva mientras observa con vergüenza las palabras tan aturdidoras que manan de su pluma. Parecen atolondradas quinceañeras fumando un cigarrillo a escondidas en el lavabo del colegio de monjas en que estudian la mejor manera de cazar un marido rico, de buena familia, y, si es posible, guapo. Palabras que están fuera de sí, tan desconcertadas que no saben ni que están en la iglesia, y que acaban de casarse. No saben adónde van, de luna de miel al motel del pueblo, y no saben cómo engullir las noticias que les da el novio en la cama, ni es tan rico como ella creía, su padre está en la cárcel, y no trabajando en el extranjero como les había dicho, ni aquella mancha en el pescuezo es de nacimiento, es que está con sida. Siente mucho decírselo después de haber hecho el amor, pero es que sabía que si no, no le iban a dejar poseerlas sin condón. Y a él los condones no le van. Nunca encuentra de su tamaño, asegura. La monja que las consuela al día siguiente, cuando llaman a las puertas del convento para decir que quieren profesar, es la misma que no las dejaba fumar cuando de adolescentes se metían en el retrete del colegio a encender cigarrillos y ojear revistas de hombres en pelota. Se encalabrina toda cuando le cuentan lo que les ha sucedido. Y luego, como ya entonces era su costumbre, les suelta un discurso fenomenal. Casi las vuelve tarumbas. En seguida les pregunta por lo bajo que qué tal les fue. Si el amor es tan sabroso como dicen. Las palabras, pobres, se quedan más perdidas todavía cuando tres semanas después el doctor les confirma que están embarazadas. Ellas aseguran que el padre de la criatura es el poeta. A éste un color se le va y otro se le viene: —!Qué cara más dura!—, exclama consternado ante tanta falsedad. Les arroja el frasco de tinta a la cara, y las deja hechas una sombra. El lector, de este tamañito a esas alturas, con un bombo en la cabeza, atarantado como si le hubiese caído encima una apisonadora, se va con sus tribulaciones a otra página, sin saber qué decir. La monja se retira a su celda, es la hora de tomar el remedio para dormir. Y el novio se va con sus amigotes a picarse en las venas un polvillo blanco, delicioso y fatal, tristezaína.


116.
Palabras que se hacen muy familiares. Rápidamente intiman. Al lector le dan la impresión de que se conocen de toda la vida. Son afables en la amistad, saludan cortésmente a todo el mundo, se dejan agasajar con naturalidad y asisten con confianza a todo tipo de reuniones o ceremonias. Son palabras del siglo, con relaciones en todos los círculos de la modernidad, palabras que comercian con el estilo, frecuentan los salones del buen gusto y se rozan continuamente con estetas y académicos. Palabras que introducen en un mundo secular, que conserva con cuidado sus tradiciones. Se codean con poetas clásicos, que les comunican con llaneza sus más íntimos pensamientos, y con artistas de postín, junto a quienes aprenden a cultivar la sensibilidad y el buen gusto. Alternan con príncipes, héroes y obispos, y conocen no solo por la moneda al rey del mundo. Antes de despedirse le piden al poeta prestados cincuenta reales, a la mañana siguiente sin falta se los devuelven. Es que fueron al banco a retirar efectivo, pero ya habían cerrado. El poeta, hombre generoso, no tenía cambio, les presta cien. Las palabras, sinvergüenzas, no se vuelven a dejar ver. Investigando sobre ellas, cien reales son cien reales, el poeta descubre que nadie las conocía, ni siquiera las habían oído mencionar. Parecía que ni existiesen, como si se las hubiese tragado la tierra. ¡Iban siempre tan atildadas, tan bien puestas, y hablaban tan bonito, con tanto verso!.


117.
Palabras pertenecientes a la nobleza, a la aristocracia del saber. Son palabras supremas, esplendentes, que dominan los diferentes grados del conocimiento, palabras que descollan sobre las demás, palabras que se ganan la preferencia, por su tremenda originalidad y su innegable buen humor. Predominan sobre el lector como el presidente sobre los ministros, un príncipe entre los vasallos que le hacen la corte. Palabras acostumbradas a cantar victoria, que lidian a diario con el hábito de la búsqueda de la perfección, palabras que viven en las alturas del Verbo, en las cumbres nevadas en que anida la Sabiduría, cenit del pensamiento humano. Palabras en el pináculo de la gloria, en el vértice de la Belleza, en el límite de lo que es posible ser dicho. Palabras que se superan a cada instante, el colmo de los colmos, palabras que rebasan los bordes del papel y se derraman sobre la mesa, campeando a su antojo. Una palabra se cuela bajo el teléfono y como estaba chorreando sudor provoca un cortocircuito. Otra, muy descarada, pelirroja, con pecas y minifalda, se quita la poca ropa que llevaba encima y se mete desnudita en el tintero, a tomar un baño, dice. Aquella otra destaca por su altura. Se sube a la cigarrera y tose para llamar la atención. Debe medir por lo menos 8 cms, pero así y todo nadie repara en ella. Se tira, con despecho, de la cigarrera, después de escribir un poema en diecisiete sílabas, hermosísimo, de despedida, y va a dar en la taza de cafe hirviente que estaba a punto de beber el poeta. Se abrasó, la pobrecita. Quemaduras de primer grado. Para refrescarse, también ella se arrojó de cabeza al tintero. Y allí la dejamos observando como aquella otra palabra, la del fondo, una palabra muy rabiada, viendo lo que sucedía, se escondió entre las páginas del diccionario, en la letre eñe, para que no la encontraran los ingleses. Era muy nacionalista, y le echaba la culpa de todo lo que le sucedía a los ingleses. Luego se lió a golpes con una polilla que estaba royendo el rabillo de la eñe. Una polilla inglesa, por cierto. ¡Pensando bien, hay gato encerrado en todo esto!. Otras palabras, en la esquina de la tabaquería, bailan un tango con un coloso, borracho, y miope, llamado Titán González, gallego de la provincia de Orense, pero argentino de camiseta y de corazón. En la barra del bar dos palabras discuten a puñetazo limpio. Ambas aseguran que son más lindas que todas las demás, y que el Rey les ha guiñado un ojo esa mañana cuando salió del Palacio a dar un paseo por la ciudad. El poeta se tira de los cabellos, se disponía a escribir, al encontrarse a aquellas dos descaradas haciendo guarrerías en su tintero. Cuando ve lo que las manchas de tinta garrapatearon en el libro el lector comprende que ese caso ya no tiene remedio. Marca, taciturno, el 091, y pide que por favor envíen urgentemente la ambulancia de los loqueros.


118.
Palabras a la ventura, ojalá que a la buena ventura. ¡Que sea lo que Dios quiera!. El poeta echa a cara o cruz, busca fortuna y corre hacia su destino confiando en su estrella, la rueda de la vida gira que gira, unas veces golpea, son los riesgos del oficio, otras premia, el suceso y la abundancia reinan por doquier. La casualidad es un espectador incógnito que se esconde entre multitud de anónimos lectores. Si al poeta le toca la china, si se le da bien el juego, palabras lucientes saldrán a hacerle sombra en su prosa florida. El hado sonriente, el sino titilando como una estrella fugaz cabalgando la pradera, la felicidad algo tangible, una manzana en su punto, al alcance de la mano. Cuando el lector al que las palabras se refieren mete la mano en el cántaro, al poeta se le salta el corazón del pecho, y las palabras se emocionan mientras festejan. ¡Han ganado el premio gordo en la lotería!. ¡!Han localizado (o las ha localizado) un editor al primer golpe de vista!.


119.
Palabras dichas a la luz de la razón, con lógica natural y en voz baja, con discreción. Palabras cuerdas, inteligentes y rectas, muy rectas. Aunque andan haciendo curvas como si las hubiese escrito un poeta borracho, o tal vez drogado, o enamorado. Las apariencias engañan, andan así solo para disimular, para pasar desapercibidas. Les gusta elucubrar a la sombra de los hechos acaecidos, como buenos detectives. Van poiroteando tras las huellas del poeta, la pipa en la boca, ahumando, la lupa en la mano, la gabardina puesta, aunque haga sol, y el cuaderno de anotaciones juntando cabos en el bolsillo de la inteligencia. El poeta, hombre de grandes dotes deductivas, saca por la uña al león, y pone en limpio ciertos mecanismos ocultos del comportamiento interrogando a los principales sospechosos. Con buenas entendederas va hilando un discurso en el que pretende explicar lo acaecido con pelos y señales, y teje toda una metafísica emocional con mucha imaginación y desenvoltura. Palabras que se dejan tergiversar a voluntad. La mucha argucia de que dispone el lector, de carácter por otra parte más bien bonachón, no es suficiente para seguirle los pasos a su endiablado razonamiento. Palabras tan sutiles que entran por el ojo de una aguja. Palabras tan ricas que ni un camello consigue cargar con ellas. Palabras plausibles, algo coloradotas, que concluyen lo que estaban diciendo, sin comentarios, y en el momento oportuno, justo cuando el lector esperaba que acabasen de una vez con su discurso. Hablan de un modo sintético, transcendiendo enredos y florituras de relleno. Les interesa el meollo, y a él se refieren en incorregible prosa diamantina, la quintaesencia de la cuestión, que huele como un nardo al ver pasar por la calle, paseando el vestido nuevo, a Dilema, la hija del dueño del estanco de la esquina situado frente al farol en el que se dan cita los enamorados, diecisiete primaveras, en un cuerpo hermoso de mujer, rozagante, fresca, meiga y sonrosada. Las dudas repugnan, el argumento es el recurso último de los que no saben vivir sin argumentar, y las contradicciones inherentes al abstracto modo de hacer literatura se envuelven en un periódico viejo y se tiran al cubo de la basura. El lector, de pronto, dos o tres años—página después, se ve metido a fondo en las desventuras eróticas de un filósofo estoico llamado Silogismo y de una bailarina del cabaret, la bella y peligrosa Dilema, del signo zodiacal de Géminis, algo esquizofrénica, histriónica y hermosísima. Un pedazo de mujer, y un lío constante. Disquisiciones totalmente ilógicas. El marido, un típico eyaculador precoz, es un genio como vendedor de enciclopedias, y va tirando. Es muy poco razonable. Dilema, que le ama pero no le soporta, se esconde en sí misma, a abstraerse y resumir en pocas palabras todo lo que le sucede. Se da cuenta de que se ha metido en un berenjenal. Pide ayuda. Nadie responde.


120.
Palabras abismadas, que se encandilan con el silencio que las rodea, palabras que son fruto de un proceso introspectivo del poeta, quien en su retiro en el bosquecillo de bambú especula largamente sentado a la sombra del riachuelo, dejándose llevar por la música de las esferas. Palabras que advierten, dan consejos, recuerdan que hay que prestar atención, y tener cuidado. Palabras de un monólogo quebrado solo por las preocupaciones en voz alta con que el pensamiento macula la celebración de su merecida libertad. ¡Horas y horas de estudio, noches de vigilia y meditación, cientos de páginas de cálculos complicadísimos, como los que demuestran la paradoja de Fermat!. Y harta prudencia al lidiar con la geometría lírica, que la falta de una sola palabra ladrillo puede hacer que se venga abajo el edificio imaginario. Todo el cuidado del mundo es poco al rematar el broche, que debe ir recamado de sorpresas. No siempre el final es feliz. El lector también vive dentro de sí mismo, con la consideración fija en lo que lee, y las mientes escondidas en los recovecos del tímpano, tapándose las orejas como si le doliesen y mirándose mucho en el espejo. Lo que lee lo escucha resonando en el laberinto, y le parece que lo hubiese dicho él. Le suena a algo muy familiar, algo ya sabido, o tal vez entrevisto en un sueño. Absorto, distraido, ensimismado, el lector cierra el libro y contempla por la ventana el paisaje minero, montañas muchas y verdes, matas y palmeras que sobresalen, una chorreras pimplonas encantando el primer plano, y alrededor el bosquecillo de bambú y el riachuelo cristalino que serpentea entre filones de oro y vetas de euclasio. Como serpentea la cascabel que se enrolla en el ciruelo al que el poeta se dirige a recoger unas frutas para el desayuno.


121.
Palabras puritanas, ejemplares, palabras incorruptibles, dichas por un varón de Dios, que vive bien porque se ha ganado el cielo caminando con prudencia por el arduo sendero derecho, la Santidad. Por lo áspero a las estrellas. Palabras de poeta que se niega a sí mismo al escribirlas, que se mortifica día tras día, letra tras letra, para hacerlas relucir, que alimenta el fuego sagrado del espíritu con paletadas y paletadas de carbón vegetal. El Verbo arde como la madera, es suave como el viento, y penetrante como un cuchillo en la garganta del enemigo. Y más leña en el horno, la pelea fantástica que tiene lugar en el ring, la virtud contra el vicio, el venerable monje que se pierde enmendando los pasos de una mujerzuela bellísima y adorablemente vulgar, de veinte abriles y larga experiencia con los hombres. El poeta, que tiene buen gusto, le echa un piropo, no lo puede resistir, y se pierde también por esa mujer. Las palabras pierden al tiempo sus significados, sus vestidos y sus pudores. La mujer se deja desanudar los cordones del corpiño, y suelta al viento suave de madera, que penetra como en el sándalo el hacha del leñador, su cabello de azabache. Florecillas silvestres lleva enredadas en él. La castidad, horrorizada, sale huyendo por el horizonte del papel, desnuda y azorada, las manos de hojas de parra entre las piernas, la mirada baja, la piel encendida de rubor. El ermitaño, aquel buen dechado de virtudes, la persigue, le da alcance, se regodea en ella con parsimonia, recorre con tacto las diferentes vías del placer carnal, y luego se chupa los dedos como si hubiese estado descascarando una langosta asada en sal. La templanza dormita apoyada en el musgo que cubre el suelo, la cabeza reclinada en una piedra lisa y blanca, arredondada y fría llamada Moral. La impecabilidad brilla en un rincón, entre nemesias y nomeolvides, tomando el sol sobre las ropas íntimas del monje y de la diablesa, esa extraña mujer llamada Belleza, abandonadas al azar de la prisa que les acuciaba el apetito del pecado. Al fin de la larga sesión amorosa el poeta se les acerca y les urge a que se reintegren a la vida espiritual, que se reedifiquen con la lectura de libros sagrados y que mediten bastante. Luego le pide licencia al monje, y saca a bailar a la joven musa, que le sonríe con coquetería, atractriz, espléndida. La invita a cenar, en su casa, a la luz de una vela.


122.
Palabras que hay que usar de mucha perspicacia para desentrañarlas. Palabras no escritas para ciegos, sino para ojos con vista de lince, palabras claras, transparentes, que son como visiones, ojeadas a los muchos otros mundos que desembocan en éste, que diría el poeta. A primera vista pueden parecer palabras indescifrables, y el lector no ha de conseguir ni pestañear, mucho menos entenderlas, y sin embargo tampoco podrá dejar de leerlas, de tan ostensibles que son. Unas pocas se distinguen especialmente, palabras que hieren, cuyo mirar se clava como un puñal. El lector se echa las manos a los ojos, para tapárselos. Otras miran de hito en hito, y andan con cien ojos como una oruga sobre el filo de la cuchilla de afeitar. El poeta pintó divertidos colores en el lomo de la oruga y un renglón en el filo de la hoja. ¡Tiene mucha imaginación!. ¡Y cuando se le acaba le pide prestada más a la musa!. La oruga, a lo que íbamos, la de los cien ojos, temblequea con el bambolearse de la cuchilla al viento del atardecer. El filo del estilo la desgarra. Como si las letras fuesen de acero. El lector atisba por el ojo de la cerradura a ver si se aclara, que ha perdido el hilo. Otea después el horizonte del papel poniéndose la mano por visera. Le deslumbra el resplandor con que el Verbo se quita las vestiduras y se ofrece desnudo como un macho salvaje a limpiarle los ojos de telarañas. El paisaje en que la escena se desarrolla tiene muchos aspectos de naturaleza primordial. La oruga, la pobre, partida en dos, yace sobre la hojarasca. El poeta le reza unas palabras, pocas y agudas, que el viejo topo se va masticando, el viejo topo cegato y hambriento, que se come también los renglones, la cuchilla de afeitar, las demás palabras, el diccionario, y después, de postre, los dos pedacitos de la oruga. El lector se pregunta si estará soñando, y se pellizca las carnes. El viejo topo le mira como si le estuviese viendo. Y tose. Está algo resfriado.




123.
Palabras boreales. El esquimal sueña dormido en el iglú, sueña con huracanes, ciclones y pesadillas. Tiene gases en la barriga, y le molestan. Ha cenado demasiado, o tal vez los arenques no estuviesen bien ahumados. Sabían a algo raro, no sabe decir a qué. En el momento pensó que fuese a petróleo. Ahora percibe que podían estar estragados. Sabe que le llegó la hora. Va a morir. Reza. Palabras que azotan. Las que los contrincantes se dirigen azuzándose entremezcladas con la vertiginosa acción del combate, mano a mano, el guerrero la espada afilada en la mano, el poeta sentado en su mesa, el papel, la pluma y el tintero. La belleza siempre es más fuerte, y gana la lucha. La belleza de la hoja de la espada, damasquinada por los artífices de la judería de Toledo. Nada hay más bello en el mundo que la desnudez ardiente de una espada. El desierto de acero. El rio de sangre. Heráclito que vuelve a decir las mismas palabras de siempre, palabras de aire que soplan en el panorama de la contemporánea literatura, a veces sólo una refrescante brisa de otoño, a orillas del lago, a veces el hálito de un dios sanguinario, pero compasivo, y muy extraño, el aura color zanahoria, la parte oral completamente desarrollada, la lengua teñida de violeta, como si estuviese gorda de morapio. Cuando ese extraño diosecillo del Olimpo no dice la verdad, no le crece la nariz como a Pinocho, sino que simplemente se le envenena la sangre y muere fulminado por el arsénico de la mentira. Palabras ciertas que navegan entre tanto viento en popa, una demorada travesía lírica sobre el océano de papel. Palabras que braman mientras corren por lo largo y ancho del renglón, el filo del cuchillo del que hablaba el poeta. Otras palabras hay que silban mientras pasean por el campo nevado una tonadilla veraniega, para animarse. Y por su parte en el iglú el esquimal despellejando a una foca que acaba de cazar. La mujer, gorda y fea, pero buena cocinera, discute con él, a los gritos. Está brava, porque no la quiere llevar a la ciudad a comprarse una nevera nueva que ha visto anunciada en la televisión. ¿Y de qué le puede servir una nevera a un esquimal que solo quiere que le dejen en paz contemplando la aurora boreal?.


124.
Palabras que se asientan en tierra firme, los cimientos de piedra y tiempo, el solar, de la familia desde generaciones y generaciones, un lindo terreno de tres hectáreas, más o menos el equivalente a siete jornadas de buey, o dos riestras y media de papel. El arquitecto es el poeta, que como no vendía sus versos aprendió esa nueva profesión, mucho más lucrativa. De las palabras moldeó ladrillos, que secó al sol del páramo inmenso llamado hastío. Con tinta y arena fabricó un cemento ultra fuerte, para ligar el hormigón con que se sustentase su proyecto, completamente disparatado, pero cuyo cuerpo, milagrosamente, se tenía en pie. Parecía una nave crujiendo en alta mar, soportando los desmanes de la tempestad, el poeta también trabajando de marinero y de albañil, alzando paredes, abriendo zanjas, labrando vigas o fabricando herramientas para despiezar las maderas del techo. El edificio tiene una ala verbal muy consistente, con un hermoso zócalo en la frente, cuyo curioso tejadillo se sustenta en las ramas del jacarandá que crece majestuoso en un rincón del patio. De fachada, miles de palabras platerescas que recuerdan la fachada de la Universidad de Salamanca. Las pilastras de mármol negro, las columnas que soportan los arcos de la bóveda de pórfido y jaspe, la cúpula de cristal de cuarzo rosa, los bancos de castaño, las linternas labradas en vidrio de Murano, la aguja del reloj de la torre, de oro y pedrería. Y en el frontón, un poeta leyéndole versos a la multitud arrebolada, y en el encuentro de las paredes, la esquina, tan esquizofrénica como siempre, sin saber a cual de las dos calles quiere más. Y frente a la esquina, el farol, cubierto por la niebla del otoño, y el humo del cigarrillo del que en la esquina espera, impaciente, desde hace tanto tiempo, a su lector.


125.
El poeta mata el tiempo con un cronómetro en la mano. En el transcurso de la escena el ciclo se repite intermitentemente. Cada pieza del puzzle es un rato perdido, una hora, un siglo, un segundo. Sólo Dios sabe cuando el juego acaba. Cada palabra es una pieza del puzzle. Cuando Él quiera, el día menos pensado, la figura estará completa. Tal vez nunca. (De algún tiempo a esta parte el lector tiene observado que el poeta usa un reloj diferente para ritmar sus prosas, y que en los lapsos de su discurso puede estar la clave de su inesperado suceso). El ocio del poeta es la ampolleta que mide el aburrimiento del lector. Pueden las palabras huir como el pasado, andar a gatas como los minutos, segundo a segundo, o avanzar en fila india como los soldados del tiempo cuando se van a la guerra con el futuro. La tienen perdida de antemano, pero luchan con denuedo, como ibéricas que son. Al final el futuro llega, y el poeta y el lector caen muertos de fatiga en la batalla y las palabras parecen eternas como eterno resulta el tiempo que se tarda en armar el puzzle.
126.
Palabras de cristal. Pueden ser lágrimas de Batavia, o de Holanda, hilos de vidrio de Murano, pueden ser transparentes, hialinas, opalescentes. Palabras con la punta de diamante, el cuerpo espejado y los pies, de vinil. El lector, entusiasmado, las lee tras la luna del escaparate de la cristalería. Se le hace la boca agua, palabras tan hermosas. Palabras que el poeta sopla, infla, templa, palabras que se dejan grujir los bordes sin rechistar, que se fritan en el aceite del buen humor y el raro sarcasmo, palabras que con una lente de aumento miran detenidamente los abalorios de cuentas de jade y los canutillos de oro que al poeta le adornan el sombrero, agujereado como un colador, que usa para separar la escoria de la esencia. Hornitos que aromatizan el ambiente con óleos silvestres se esconden en el fondo de un cobertizo, tras del jardín biselado. En ellos se meten las palabras, como si fuesen una torta de manzanas, para arder entre el sándalo y la cánfora. Otras veces en uno de esos hornillos, el mayor de todos, se mete la musa. Primero, antes de nada, es natural, ya sabemos como ella es, monta un numerito de estriptís, fantástico. Al deshacerse de los velos recordaba a un árbol milenario perdiendo una a una las hojas en el otoño. Ya monda y lironda como una esmeralda desnuda se introduce en el horno, a vitrificarse primero, y a broncearse artificialmente después, para aprovechar la sesión, que está muy ocupada con los arrebatos líricos del poeta, y no tiene tiempo ni para irse un Domingo a la playa. Dos horas después, cuando la musa por fin salió del horno, doradita como un pan recién hecho, se fue al salón de belleza, a ponerse esmaltes en las uñas, en los dientes y en el remordimiento. La manicurista, recién divorciada, tenía un carácter vidrioso, y estaba en un mal día. Cuando la musa le pidió, muy educadamente, que por favor le diese un brujido en los bordes de la verga con su lengua almodovariana, la cuitada se llevó un susto de cuidado. ¡No estaba ella para bromas!. Hasta el lector pensó que la musa fuese un travestí. Fue el propio poeta quién tuvo que explicar que la verga es una tira de plomo que él usa para sujetar las palabras en el texto, es como la masilla de los vidrieros, pero con una ranura en que él encaja sus palabras de tal manera que cuando el lector las lee, se le antojan vidrieras de muchos colores. Recuerdan las de la catedral de León. La manicurista, Perpetua se llamaba, se quedó más tranquila. Y el lector respiró aliviado. ¡Lo único que le faltaba a este libro es que la musa fuese un travestí!.



127.
Palabras para ojos perspicaces. Cuanta más claridad de vista tenga el lector, mejor distinguirá, sin deslumbrarse, la luz, la transparencia que las cubre. En su visión una sola mirada ya vale por cien mil palabras. Pero una sola palabra, que mira por el rabillo del ojo, servirá para dar una espiada al panorama literario, al horizonte de las letras. Una sola palabra, que no pierde de vista al lector, no le quita los ojos de encima. ¡Ya está montada!. El lector, inquieto, irrequieto, pensando qué palabra será esa. El poeta, con telarañas en los ojos, prefiere ni verla. En verdad no ve ni gota. No ve tres en un burro. Y no ve porque no quiere, porque él es así mismo. Eso lo percibe claramente. Es muy observador, de espíritu contemplativo. Dice que le hiere la vista al advertir los pecados que entre las palabras se cuelan para perturbarlas y pervertirlas. Palabras que tropiezan en cada halago que se les cruza en el camino, vanidosas, bonitas, sabidillas. El lector llega a columbrar alguna cosa, y consigue, en cierto momento inesperado, entrever tras las ramas del bambucillo que rodea el estanque, flanqueado por un arriate de nemesias en flor, que el poeta descubre de pronto algo asombroso que le escurre de la punta de la pluma. Salta a los ojos que no es tinta, parece más bien esperma. El lector ni pestañea. El poeta le explica, al verle tan boquiabierto, que aquella gota que escurre es la que él no ve. Ya había dicho unos renglones atrás que no veía ni gota. Tardó en caer en la cuenta. Pero mejor es tarde que nunca. Iluminó el papel con una sonrisa giocondina. Como además el lector tiene algo de vidente, repara, de reojo, en que le están tomando el pelo. Se acuerda de su abuelo, Jacinto el zahorí, siempre atisbando por la rendija de la puerta del cuarto de baño cuando sus tres nietas rozagantes allí se encontraban tomando un baño, jovencitas palabras imposibles que sabiendo que su abuelo las espiaba hacían de propósito cosas que ni en los burdeles de Estambul, para meterle el calor en el cuerpo. El lector, viendo desabrocharse aquellos pimpollos, las acaricia con ojeadas lascivas también, y con el codo hace a un lado al abuelito, y se pone a mirar, en exclusiva, por la rendija de la puerta. Examina con ojos de lince la escena, a ver si consigue seguirle el hilo. Acecha, vela, otea. Se despestaña. Se quedó completamente bizco. El lector la tenía también alzada, clavada la vista en los cuerpos gloriosos de las ninfas. El poeta, para despistar, él conoce bien a sus musas, echa una última mirada al horizonte. Y enciende un cigarrillo.



128.
Palabras vagas, que se la pasan holgazaneando, dadas al ocio, palabras perezosas, lentas, soñolientas. Viven apoltronadas en el sofá de la sala, frente al televisor. Crian moho leyendo novelas policíacas, tendidas en la hamaca, al sol, por la mañana. ¡La hora del ejercicio!, ellas dicen. Son palabras indolentes, descuidadas, como vagabundos, duermen debajo de los puentes, con el sofá y la televisión les basta. El poeta, de por sí bastante negligente, gusta de pintar gandules, poltrones, haraganes y ablandabrevas entre sus palabras. Unas miran las musarañas, otras pasan el tiempo echadas en el márgen, o en el surco, y por las noches, para divertirse, se van a pisar sapos. Crían molleja. Hay palabras que son unas vainazas. El Maula, por ejemplo, hijo del vecino del 7° —A, es un verdadero zangandullo. Parece un ganso. Y la novia del hijo del mariquita del 3° —C es una buena zorra, floja, apática y ninfomaníaca. Acaba con ellos. Y cuanto más acidiosos y más sobones, más le gustan. Pasan juntos el rato, en la cama, a la luz de una vela, el incienso de nardos humeando bajo el Buda del altar, y en el piano Chopin, íntimo y estereofónico. Nueve meses después nació un pícaro a quién llamaron Pigro Pandorga Badanas, nombre exagerado si se tiene en cuenta que el recién nacido, aunque blando e inerte, era lindo y rechoncho, y sonreía todo el tiempo. Era un bebé muy divertido. Una tarde lo sacaron a pasear. Las palabras iban por los campos saltando mientras empujaban el carrito. El bebé, tatá, bubú, con el chupete sucio en la boca y los pañales de tres días. De pronto aparece don Mangón Gandumbas, el jefe de policía. Las palabras, que se han olvidado de renovar los documentos, se echan a temblar. Llevan un diccionario de contrabando escondido entre los artículos de higiene, los zapatos, las medias sucias, los calzoncillos usados y las gafas de sol, en un saquito de lino, mugriento, que a don Mangón, un personaje a su vez muy ocioso y roncero, le da asco. No les revisa más. El diccionario suspiró aliviado. (Los pobres diccionarios son condenados a la hoguera sin aviso previo). Sabía lo que le esperaba. Las palabras acalmaron el loco palpitar del corazón. A los que llevan consigo diccionarios, cosa prohibidísima por ley (atentan contra los principios fundamentales del Reino) les queman los pies en la misma hoguera en que arde el mal, retorciéndose como una serpiente escaldada en agua hirviente. Las palabras del diccionario esconden entre sí aquella, la Reina, que abarca y crea a todas las demás. La ley prohibe que los humanos conozcan esa palabra, pues creen que ello crearía confusión y desorden. Y para que no la conozcan, para que nunca la encuentren, les prohibe terminantemente buscarla. La horca espera al que reincide en el error. El papá del nene, el mismísimo lector que viste y calza, está acojonado. No sabe qué hacer con el suyo. Tiene miedo de prenderle fuego. Mucho trabajo encender la cerilla. Además, ¡se puede armar la de Dios!. Y el poeta idem de idem. Al final, todos con su diccionario, su culpa y su pavor, se olvidaron del carrito del bebé. Cuando se dieron cuenta, vieron que no estaba más allí. Lo habían dejado en una leve ladera, de inclinación casi imperceptible, que daba a un precipicio. Se asomaron, y allí abajo, cien metros lo menos tendría de altura el acantilado, estaba hecho pedazos, en un charco de sangre, el cuerpo exánime de la criatura. Tanta pereza es a lo que lleva. ¡Al desastre!.


129.
El poeta le pone garbanzos de nuevo bajo el colchón al lector, incitándole, estimulándole, excitándole con palabras de dieciocho abriles, persuasivas, desenvueltas, sin demasiados prejuicios, rubias o morenas, a su gusto, carnes frescas y deliciosas, y mucho champán en la nevera. Se le abre el apetito. Las palabras se desnudan insinuándose, lentamente, mientras con la otra mano sostienen la copa de cristal y esperan a que el poeta les sirva el afrodisíaco vino espumoso, obligada libación que azuza el deseo y nubla el ánimo de los amantes. Se pinchan entretanto con la lengua, entre arrumacos y golosinas, se hostigan a mordiscos, como caníbales haciendo el amor en el medio de la floresta, se halagan con caricias prohibidas por la ley del decoro, y luego se sobornan ofreciendo lo que nunca le habían antes ofrecido a nadie. El lector, seducido por el inmenso atractivo, siente el acicate del tesón hincándole la espuela. El instinto apremia cuando la musa, con un simpático gesto de sublime sensualidad, le convida, achuchándole, a gozarse caminando los vericuetos del cariño, senderos entrelazados con pecados y perdones. Se echan en el colchón de plumas, se toquetean con las yemas de los dedos, sonrientes y cantarinas, haciendo sonar registros de amor físico que meten el calor en el cuerpo, el fuego en el sexo y el diablo en el alma. El poeta, tenorio escandaloso e infeliz, se añade a la escena, alegre como unas pascuas. Se revuelca con la musa mientras las palabras le chupetean cosquilleándole los dedos de los pies. La musa le aguza la inspiración con sus manos hábiles y tentadoras. Le predispone, le aguijonea y después llama al lector, que se tumbe allí con ellos. Al fin éste vence su pudor, se quita el pantalón y desabrocha los nudos de la ropa interior. Desnudito como un recién nacido se dispuso a disfrutar de las delicias de la carne. El poeta le estampó un verso en la nalga, la musa le llenó de miel la boca. Las palabras, más atrevidas, se le metieron por todos sus agujeros. ¡Vaya orgía divertida que se armó!.



130.
Palabras generosas, que dicen a manos llenas, siempre dando de sí, como ciertas magníficas mujeres de los trópicos, palabras dichas a puñados, con ese desinterés de que hacen gala los que nadan en la abundancia. El poeta sabe de sobra que las palabras no son suyas, son una dádiva del cielo, un presente de Dios, siempre tan cumplido y caballeroso. Palabras que son un verdadero regalo de amor, que el lector recibe envuelto en un papel bizarro, del color del chocolate libanés, y con un lacito de seda azul brillante, en el día de su cumpleaños. El poeta da hasta las entrañas, y el lector, naturalmente, se sorprende ante tanta liberalidad, como se sorprende al abrir el paquetito y encontrar las mismísimas entrañas del arte, vísceras, sangre, tripas y excrementos. Y otras cosas más repugnantes todavía, pústulas del alma del artista, infecciones que supuran un verduzco líquido espeso, una mezcla de semen y moco, que el lector chupa como si fuese un caramelo de menta para meterse a fondo en lo que se le dice. Debe saberle bien, porque sonríe beatífico como si al que se la estuviesen chupando fuese a él. Tanto derroche de crudeza dejó al lector con la boca abierta. ¡No conseguía cerrarla!. Estuvo así, con ella abierta, tres días inacabales. Visitó al médico del barrio, que le recetó una sobredodis de relajantes musculares, tres inyecciones de un antiinflamatorio potentísimo y dos supositorios de penicilina, por si acaso. No se le cerró la boca, pero casi le provoca una leucemia. Visitó el hospital, donde le internaron. Querían operarle sacándole un pedazo de mandíbula, que decían que estaba sobrando. Se escapó por la ventana, cuando iban a ponerle la anestesia, y una golondrina no se le metió de milagro por la boca. La espantó con la lengua. En un consultorio de terapias alternativas el astrólogo le hizo saber, tal vez con excesiva franqueza, que estaba siendo sometido a una pesada influencia del planeta Plutón. El acupunturista, que lucía mucho, le clavó nada desinteresadamente las agujitas en las chacras vitales. Quince reales por agujita, diez minutos tres veces a la semana, tres meses de tratamiento, total tres mil cien reales. Al lector la boca se le abrió todavía un poco más. Las cuentas estaban mal hechas. Le dió con el libro al sinverguenza un golpe en la cabeza, y luego le hizo engullir las agujas, una por una, como los fakires de los circos. Solo dos días después consiguió cerrar la boca. Ocurrió que el poeta, con su garbo habitual al escribir, le visitó en la casa, y se puso a rumbearle el ánimo con una retahíla de palabrejas tan, pero tan bonitas, como desprendidas y espléndidas. A lector se le abrió el apetito, se le hizo la boca agua, y tragó saliva. Entonces todo volvió a la normalidad. Tuvo la impresión de que lo ocurrido no pasó de un horrible sueño. Pero esa tarde le visitó un oficial de justicia con una reclamación del acupunturista, exigiendo una considerable indemnización por daños y prejuicios. ¡Vaya regalo de cumpleaños!.


131.
Hay algo de perverso en el ejercicio del oficio de poeta. Esa rematada dependencia de las palabras, que hace sentirse pésimo al lector también cuando le faltan. Tanto peor se siente éste, más se divierte él endilgándole diatribas infectadas por Arimán, el diablillo. Palabras que hacen daño, porque son falsas e inmorales. Pretenden decir el mal, y para ello se envuelven con gentes del oficio, vicio puro, drogas en demasía, sexo cuanto más mejor, fuego y violencia, y se vuelven crueles, viles, se vuelven mentiras, aunque a menudo cristalinas. Entonces los ávidos editores las descubren, y bregan por ellas, y cuando por fin el más poderoso de todos consigue hacerse con los derechos, y las publica, un extremado éxito inmediato hace sospechar al lector que el poeta ejerce su oficio bajo los influjos nefastos de un pacto diabólico. El perro estigio ladra cuando el barquero recorre el lago de las almas detestables, feas y corrompidas. El poeta, de pasada, ¡qué cinismo!, se santigua y el lector toca madera, madera de cualquier objeto, pero sin patas. Le cuesta encontrar uno a mano. Son segundos de indefinible agonía. La superstición le domina al fin. Ha perdido. Le castañetean los dientes. Lo siente tanto.


132.
Y un buen día el poeta cosecha laureles. Las palabras le llevan la palma, se la depositan a sus pies. El les hace sombra, les pone ceniza en la frente, y les recuerda que en polvo se han de convertir. Luego las palabras se dan vuelta, como un guante. Y le ponen el pie sobre el cuello, le hacen morder la tierra, le apagan los fuegos. Por fin le envuelven en razones. —La victoria no se te puede nunca subir a la cabeza—, le dicen. —Los laureles del triunfo se marchitan con facilidad espantosa. Los trofeos hay que tirarlos a la basura, no sirven para nada, y las coronas se pueden fundir, y forjar con ellas sortijas y zarcillos para las mozas del pueblo—. Si el poeta gana un premio, las palabras esa noche se muestran irrequietas en la cama y hasta la musa se comporta de una manera diferente, con menos naturalidad. Al amanecer el poeta tiene una pesadilla, y en ella es perseguido, le dan alcance y le devoran una banda de palabras antropófagas, caníbales amazónicos o cafres africanos, lanzas en ristre, que se encontró en mitad de la impenetrable selva llamada diccionario. Despierta cubierto de sudor, temblando, apavorado.


133.
El poeta, discutiendo con las palabras en la barra del bar, un vaso de vino en la mano, un cigarrillo de hastío en la otra, les explica el porqué de su literatura abstracta: —Este libro no tiene enredo. No pretendo enredar a nadie con mi conversa deshilada—.


134.
Palabras vaporosas, palabras opalescentes, que vistas al trasluz parecen ser completamente diferentes, palabras translúcidas cubiertas de velos de cristal. Palabras serenas, dichas con flema y al fresco, panza en gloria el poeta, palabras suaves como un rio manso, un viento frío y pacífico, un apacible recodo del paisaje. Palabras que infunden sosiego, que inspiran confianza, palabras que pasean por el parque un domingo de agosto por la tarde, conversando de filosofía moral con una señora llamada Jazmín, vendedora de cosméticos en el mercado central, y un anciano, don Fermín Bonanza, tasador de piedras preciosas en el Instituto Gemológico de Villa Rica. Palabras imperturbables, impávidas y cariparejas. ¡Vaya cara más dura!. Aquel diamante es falso, don Fermín es en realidad un poderoso traficante de antigüedades religiosas, y Jazmín tiene un puesto de venta del prohibidísimo "juego del bicho" en la transtienda de su Instituto de Belleza. Palabras que sugieren, palabras preñadas, reticentes, palabras ambiguas, que dicen solo con medias palabras, y en la otra mitad un cesto de mimbre repleto de alusiones, indirectas, subterfugios. Entre las alusiones unos mendrugos de pan, un periódico de ayer, el paquete de cigarrillos y una estatuilla de arcilla, la ninfa Egeria. Parece la musa desnuda que a menudo se le aparece en sueños al poeta. En el sueño la musa se inclina y le da un beso en la boca a un sapo. Después en la sopa se le cae la mosca que estaba en la lengua del batracio. Los sueños son siempre muy raros. Palabras que cada mañana abren camino, ventanas a otros aires, a otras formas de concebir obras literarias, palabras que personifican, que dejan caer flores de sus besos envenenados, palabritas mansas, peligrosas, y de repente fatales. Tan cristalinas como fatales.


135.
Palabras feas como un murciélago masturbándose a la puerta del zoológico. Palabras medio cetáceas, medio invertebradas, completamente ciegas y espirituales. Los crustáceos con los insectos, en una jaula de bambú colgada de un árbol seco. En el estanque los adverbios copulan con las tortugas, pausadamente, y gimen de una manera tan hui—hui—hui, que estremecen el ánimo del lector, quien no puede dejar de sonreir al verse retratado en la instantánea. Una pandilla de protozoarios libidinosos asisten desde el balcón de la casa del director al desfile de la banda de música de la escuela pornográfica Polifonía Explícita. Un sedentario parásito porteño toma un vino con soda en el cafetín, y se entera por el periódico de que es el día de San Telmo. Palabras argentinas, plateadas como la verja de la Casa de fieras de Buenos Aires, las hidras, los generales, las lombrices y los equinodermos, junto con las harpías, las serpientes y las amebas, todos en el mismo patio. Los niños les echan barquillos y caramelos, chicles y otras porquerías, y les hacen gracias, para que a su vez sonrían. Otros militares enmedallados pacen junto con el rebaño de alimañas en segundo plano. Un bicharraco verde y feo, de nariz berrugosa y prominente le acaricia la lengua a una sabandija más parecida a un fósil que a una estrella de cine. Palabras bestiales, palabras como garras, tentáculos nauseabundos, la antena de un saltamontes podre entre la leche que vende el vendedor ambulante, y cuernos de ciempiés en la miel que compra para sus nietos el abuelito en la tienda de productos naturales, y las tripas de una cucaracha en la sopa con que los directores del zoológico agasajan a sus visitantes. Y en la boca del lector el gusto de la cola del demonio, las ventosas de los sapos alucinógenos en el paladar, el pie desnudo de una hiena pisándole el cuello. Cuando se da cuenta, el pobre, de que los dedos de sus pies se le están convirtiendo en gusanos, llama al loquero, por teléfono, para que le encierren. Menos mal que antes de marcar el número se acordó de arrancar los hilos del enchufe.


136.
Palabras de laurel, palabras que sirven de corona, palabras que señalan la victoria. Palmas, ovación, y vuelta al ruedo. Las dos orejas y el rabo del toro entre las manos del maestro. Un yogui de Benarés saliendo victorioso de un ayuno de 49 días, un terrateniente del Matto Grosso mostrando los límites de sus dominios al visitante de raro abolengo. Palabras en forma de epinicio, que se deshacen en la boca como un caramelo de leche, palabras que lucen, que se esmeran por parecer bonitas, palabras desempañadas de antemano, el diccionario de germanismos diría que son palabras garlantes, y el abuelo del poeta las hubiese tildado de escachifolladas. Era plantador de alcachofas en una finca del Ampurdán. Palabras, al fin, brillantes, airosas, invictas. El torero saliendo en hombros de la plaza, el pirata de la pierna de palo contando los doblones de oro del botín, el poeta recibiendo el Premio Asturias de manos del Principe. Palabras que someten al lector, le reducen, le aplastan. El infeliz queda aturdido, vencido, roto en mil pedazos. Después el honor se escurre de las manos del poeta, como el agua en el cesto de mimbre. Laureles marchitos.


137.
Palabras dichas sin ambages ni rodeos, con el corazón en la mano, de buena fe. Palabras llanas, limpias, sanas, cargadas de confianza, veraces, palabras teñidas de candor, vestidas de honradez, calzadas de cordialidad, con un sombrero de buen gusto, mucha lisura en el decir y una franca efusión expansiva revoloteando como libélulas apasionadas entre los puntos y las comas. Palabras sin pelillos en la lengua, la máscara en la mano, tan crudas como espontáneas, palabras muy sinceras, algo ingenuas y completamente naturales.


138.
Hay palabras que no tienen corazón. De tan insensibles que son, dejan al lector sin sentido, le hacen perder el conocimiento. Palabras adormecentes, letargo, analgesia, sopor. O palabras más serias, más graves, palabras estupefacientes (dejan estupefacto), palabras que cloroformizan, heroína, éter, libertad. Palabras llaves, palabras que permiten acceder al satori repentino de los maestros zen, como la palmada de una sola mano, palabras claves, que imprimen carácter y tranquilidad, palabras tales como perdón, disculpa, lo siento, pero tengo que hacerlo.


139.
Palabras que arengan, palabras que apostrofan, palabras de abogado que defienden, que alaban, que satirizan, palabras de cura que sermonean en el púlpito de la iglesia, palabras que discurren, que inventan, que hieren, que besan, que proclaman, que adulan, que divierten, palabras que lloran, que ríen, que oran, palabras al fin que callan. En silencio, reposando con humildad en sí mismas, recogidas como en un huerto, palabras que introducen, que se insinúan como prostitutas en los puertos a los rudos marineros que acaban de desembarcar, palabras que enumeran a la manera de Walt Whitman, palabras que recopilan los papeles de un sumario de alta instancia, las peroratas del poeta en las tardes del casino, el preámbulo inacabable de su libro de una sola frase, los pormenores periodísticos de un trágico suceso acontecido en el barrio de la Gramática, y el poeta siempre con su aire curioso de personaje en apuros, a veces parece un predicador perseguido por la justicia religiosa, o un tribuno del Parnaso acosado por las hienas, abogado del temible diablillo llamado Estiloso Gutiérrez, a su servicio, un andaluz altílocuo y virulento, de elocuencia no siempre deslucida, y por chispas genial. Palabras, sí, palabras como la sal, como la claridad, como el bien y el mal. Palabras oscuras dichas con boca de oro por un demóstenes enloquecido. Palabras no más.


140.
Palabras que sueñan despiertas, palabras que ven visiones, que viven en espacios imaginarios, en un mundo virtual, entre ilusiones y quimeras. Palabras espejismo, alucinación, fama, verdad, palabras sin memoria, como la loca de la casa, una novela, pura vanidad, que diría el Eclesiastés, palabras que prefiguran un ensueño, opio, religión, ideología, palabras que fingen ser su propio significado, real, orden, patria, palabras que alzan el vuelo por cuenta propia, libertad, belleza, eternidad.


141.
Palabras mayores, con esa vasta extensión del diccionario, palabras grandes, del tamaño de un magno monumento al silencio, palabras de tomo y lomo, inmensas como una casa, como una catedral, formidables palabras extremas, que dicen lo sumo, lo fabuloso, lo demasiado. Palabras colosales, Ouro Preto, Florencia, Toledo, palabras macanudas, un cuento de Borges, un Ribera del Duero cosecha de 1982, unas langostas a la parrilla en una playa salvaje del litoral sur de Bahía, palabras que crecen monstruosamente, con vida propia, y por generación espontánea se reproducen sucesivamente, tentáculos terribles que le van naciendo a una única materia original, y que tocan con la yema de sus dedos monstruosos el alma conturbada del lector, palabras disformes de tan excesivas, el poeta prefiere decir exorbitantes. Un verdadero maremágnum de palabras anchas y fuertes partiendo en estampía por las praderas fértiles de la sabana del saber, palabras gruesas y valientes como luchadores de sumo, pero sobre todo, y eso es lo que importa en realidad, palabras gentiles, inmensamente gentiles y locas, muy locas en verdad, como si el poeta las hubiese escrito del revés.

142.
Palabras que ponen en escena una tragicomedia titulada: Vivir se paga solo con vida. De tablado un carretón, el escenario improvisado, las candilejas velas de sebo, y el decorado un telón sucio y deshilachado. De coliseo un patio, tras del corral, y de palenque unos tablones caronchados, mal apoyados en cajas de fruta vacías, y calzados con redobleces de periódico atrasado. La compañía de verso, faranduleros andaluces en gira por Ouro Preto, son una farsa. En realidad son traficantes de ilusiones colombianas. Vendiendo mojigangas de contrabando y libros de García Márquez, Alvaro Mutis y León de Greiff con las tapas rellenas de fantasina en polvo, droga muy apreciada por los ejecutivos de las transnacionales y los señores del poder. Las apariencias engañan. Una tramoya inteligente, detalles preciosos de vestuario y muchas palabras atractrices, el espectador presta atención y se divierte. La comedia no tiene enredo ni mucho menos tegumentos argumentales, pero hace sonreir. El poeta sabe ser teatral, si las circunstancias así lo exigen, o dramático, si es el caso. Cuando se lo propone también sabe resultar trágico como un drama de Shakespeare. La pantomina, el sainete y la lírica no le son del todo ajenos. Palabras no le faltan. Están por todas partes, en los diálogos del texto, en el programa, en el cartel. De empresario oficia el editor, de director de escena un parodista porteño, de Palermo Viejo, (nació en la que hoy en día llaman plaza Julio Cortázar, hijo de una vasta familia de arlequines, polichinelas y tangueros, y se crió entre la librería de su abuelo el gallego y el cafetín que regentaba su madre, napolitana de pura cepa). De estrella una actriz carioca, mujer bella como una loa a la Virgen de Alucema y de carácter maravilloso como un desenlace feliz. Las catástrofes están lejos. El mundo aún es una fábula más bien cruel y aburrida, sin demasiada acción. De segunda actriz trabaja una arrepentida prostituta del puerto, arrepentida de haber dejado el viejo oficio, se prostituía menos en él. El hijo mayor, que se acaba yendo con la decoradora a casarse en una isla índica de la que nunca regresaron, era en realidad un transformista caribeño. A la puerta del teatro el que en la función hace de sátiro pide las entradas a los numerosos concurrentes. Si alguien quiere en mitad del espectáculo salir a mear, a fumar o a comer un bocadillo, le estampan en el brazo una contraseña. Los músicos de la orquesta, metidos en un disco rayado, de cuando la guerra de Cuba, hacen sonar un bolero inolvidable. Y en el patio de butacas miles y miles de palabras se muestran atentas, sentaditas y modosas, o juegan con las manos entre ellas, como si estuviesen enamoradas, arrumacándose con proverbios eróticos y lengüetadas sensuales, o leen el programa, a ver si entienden algo, o echan una siesta. Otras follan simplemente, y en el estallido del orgasmo cantan un aria, mientras el poeta, satírico, las retrata desde el palco de honor. Palabras que ejercen entonces de comparsa, viendo cómo el galán se deja acariciar por la lasciva corista, una monja ursulina que acaba de colgar los hábitos. El galán tiene buena figura, fina estampa de limeño de Miraflores, gracioso y esbelto. En el segundo acto seduce a una dama que pasaba por la calle con un ramo de flores, en el que dejó caer un sobrecillo con un mensaje adentro. La dama iba acompañada de su bobo, tan hermosa y gallarda, y el marido en la cadena, bien enganchado con cuerda corta. Muchos dicen que los dos eran el mismo. El caso es que, un buen día, con sus colmillos afilados por la rabia, —estaba cansado de que la mujer le insultara a diario llamándole cornudo, cabrón y cosas por el estilo—, cortó la cadena y clavó diecisiete puñaladas en ella, y solo tres, pero mortales también, en el infeliz amante. La compañía partió dos días después rumbo al reino de Pipirijaina. En la capital se enteraron de que el juez había condenado al asesino a sólo dos años y tres días de libertad provisional en un paraiso caribeño. Todo pago por las arcas del gobierno. Los espectadores del teatro, foro en que se dilucidaba la causa, estallaron en aplausos, enfervorizados. La cortina tuvo que levantarse tres veces seguidas, y ante los persistentes pedidos del respetable público, los actores volvieron a escena para poner en ella un epílogo sin solución de continuidad. La trama hizo mutis por el foro, el disco dejó de meter ruido, y las palabras, poniéndose los abrigos y las bufandas, fueron abandonando una a una el patio de butacas. Afuera nevaba. En la platea se quedó, al fin solo, el poeta, autor del drama. Le vimos encender un cigarrillo. Vimos cómo humeaba. Luego le vimos echarse la mano al pecho, abrir la boca en un grito que no llegó a salir y caerse sobre el entablado. Muerto.


143.
Palabras que resisten, que navegan contra corriente, a brazo partido, con fuerza, verso a verso, palabras que implican con la imposibilidad textual de decir lo que se piensa, la franqueza a menudo ofende, imposibilidad metafísica de decir lo que se siente, la discordia nace de pequeñas ideas en colisión, palabras que pugnan por salir a flote, y lo consiguen, palabras que se sublevan, que contrarían los designios del poeta, que se cruzan en el camino del lector.


144.
Palabras opacas, oscuras, sin luz, sin reflejos, palabras titirimundas como un caleidoscopio estragado por el rayo incesante del deseo, palabras que no iluminan el papel, la boca de un túnel por la que van entrando, palabras que no siguen el camino de la pauta ni guardan la distancia, siempre al márgen del decoro, palabras que no se encienden, como deberían, cuando los ojos del lector, observador desapercibido, se posa en ellas. El lector se sorprende ante tanto acromatismo, todo gris, todo tinieblas. En el fondo del cuadro un aristocrático personaje, de apariencia respetable, modales de noble y de costumbres muy religiosas, estupra a sus dos hijos, una pareja de preciosos y atemorizados gemelos, mientras la madre les acaricia la cabeza con las yemas de los dedos, para que se relajen. Esa noche la niña se cuelga de una soga, de la lámpara del techo de la capilla del palacio. El niño toma la escopeta de caza de su abuelo y con ella da cuenta de diecisiete personas, padres, curas y mayordomos incluidos. El poeta se salvó de milagro. Estaba en su cuarto leyendo, y cuando escuchó los disparos se escondió debajo de la cama. Después el desgraciado chaval, solo contaba once años, antes de quitarse la vida con un tiro en la garganta, le descerrajó la tapa de los sesos al lector, por haber consentido tamaña brutalidad. Si hubiese cerrado a tiempo el libro la hubiese podido evitar.



145.
Palabras altivas, arrogantes, palabras ufanas, muy afectadas, palabras que se ponen moños al salir al papel, no caben en su pellejo y explotan ante las narices del lector. Les sale suficiencia por los cuatro costados, ínfulas apestosas de la yema de los dedos, tufos de la punta de los pelos, y de postre, postín, mucho postín, que usan cuando se van al retrete, a evacuar con satisfacción sus ensoberbecidos intestinos. Palabras que viven encrestadas, y en la cresta, orondas, mondas y lirondas, y completamente huecas, vanas, vacías, no dicen nada, nada de nada, sólo encandilan.


146.
El poeta se arma de paciencia, encoge los hombros y se sienta en una orilla del cuaderno a esperar que el discurrir de los renglones le traiga la cabeza de su enemigo. El lector, que también tiene buenas tragaderas, va boyando sobre la corriente, plácido y entretenido, sin saber la que le espera. Las aguas son transparentes como las palabras del Maestro, frescas y limpias. Palabras con aguante, que sufren resignadas los avatares del discurso, que condescienden con los rápidos y soportan la brutalidad vertiginosa de las cascadas del alma, que las arrollan como a un corcho el remolino, palabras que el poeta escribe mientras espera la diligencia del abismo, palabras que el lector recuerda, manso y pacienzudo, al tiempo que baraja las páginas del libro, y exclamando: ¡Bendito sea!, reparte las cartas. ¡Qué podemos hacer sino leer la que nos corresponde!.

147.
Palabras que tienen un precio, si al contado, con descuento, si en cómodos plazos mensuales con intereses no demasiado elevados. El poeta se niega a expedir recibo y el lector se declara insolvente, mientras se queja del alto costo de la vida, de dolor en las articulaciones, y de la elevada factura que le adeuda a los de la Universidad en la que estudian Estética sus hijos. Palabras como un montón de dinero, un real sobre otro, miles de millones de talentos guardados en el cofre del banco, y en la calle todo el mundo sin blanca, sin imaginación y sin defensas. Los pobres se mueren de hambre, la clase media se muere estresada por no saber cómo hacer para pagar las cuentas. Está llegando el fin de mes y le deben al dentista, al ayuntamiento las multas del coche y al peluquero, que les tiñó el cabello a unas cuantas palabras punk, a ver si pasan menos desapercibidas. Y los ricos, malos pagadores, muriéndose de aburrimiento sin saber qué cosa más comprar. Se rascan la faldriquera mientras ordenan a las fuerzas armadas que procedan a confiscar todo lo que todavía no es suyo. Ha salido un modelo nuevo de cohete espacial que todavía no tienen en su colección, y en Sirio han abierto un centro comercial en el que venden marcianitos amaestrados, que están a la última moda. El lector, asqueado ante tanto egoismo, le ruega al recaudador de impuestos que por lo menos le deje quedarse con la calderilla. Le suplica de rodillas, por el amor de Dios. —!Las deudas hay que solventarlas!—, exclama enfurecido el poeta. —!Las palabras tienen su precio!—.



148.
Palabras con bombachas, otras con calzones follados. El poeta, culiroto y desbraguetado, le tiene miedo al sastre, y las pantaloneras del pueblo han muerto hace ya muchos años. El lector usa tirantes, para que no se le caigan las calzas, y sobre los hombros una charretera, vistosa como el horizonte en el desierto. También usa rodilleras de cuero, como su abuelo el tupinambá usaba taparrabos. Su papá, un buen día, eran tiempos mejores, se civilizó y se casó ante el altar. Le regalaron un pijama el día de la boda los padres misioneros. Y a la novia un camisón con un agujero en el centro. Para que su marido se la metiera sin necesidad de desnudarla. El lector, aprovechando la ocasión, le regaló a su mujer una enagüeta de seda con muchas palabras como lentejuelas tintineando entre las recamadas transparencias. La mujer, con las bragas al aire, esa noche se lo hizo muy gustoso. Desnudaron a las palabras, una por una, y juntos hicieron con ellas lo que quisieron. ¡Qué desvergüenza!.


149.
Palabras dichas a conciencia, y bien dichas además. Palabras que el poeta dibuja con primor en su cuaderno. Palabras graciosas, refinadas, en plena madurez del proceso creativo, hiladas con no exagerada pulcritud, adornadas de bordados y filigranas, palabras puras, magistrales, que el poeta, un peregrino adulto, adusto y cabal, ricamente enjaezado, dice a las mil maravillas, palabras lindas que le vienen como de molde al lector, hombre de paciencia inimitable.


150.
Palabras que nacen de la espuma de un charco de sangre, el poeta se ha muerto al escribirlas, se ha hecho con la pluma el harakiri. Palabras empantanadas, crecidas entre el lodo de la infamia y el falso testimonio (¡calumnia, que algo queda!), que periódicamente sufren de fiebres palúdicas y que solo procrían cuando se coyuntan en pozas inmundas, almajales en los que hozan los demonios. Palabras que asquean, una trampa de arena movediza en el medio de la selva de papel, cuando el lector menos se lo espera. De repente, a la vuelta de la esquina, tras la farola, una ciénaga llamada mujer mostrando sus garras afiladas al amante que a la luz de aquélla tanto le ha hecho esperar. El lector, poco precavido, no pudo evitar que le arañara el rostro, ni que le arrancara los ojos, para que no leyese estupideces nunca más.


151.
Palabras dichas con cuentagotas, contando paso a paso los versos, las letras, una por una, con avaricia, o tal vez sea sólo un exceso de moderación, palabras que el poeta desgrana de su rosario de cuentas, parco y contenido. Su mezquindad de carácter le impide explayarse a gusto, su frugalidad no le deja gozar tanto como quisiera de los placeres de la carne, el verbo desnudo en el lecho, con sus formas hermafroditas veladas por la seda recamada de su transparente y azafranado camisón. El lector, extremamente irritado ante lo deslucido del texto, y contando los bocados como contaba los tropiezos de carne en la sopa de verduras que le servía en el asilo su tío abuelo Parsimonio Ceñido, cierra el libro y se va al sofá a ver dibujos animados en la televisión.


152.
Palabras minúsculas como partículas moleculares, mínimas, apenas sonoras, briznas de hierba que brotan en la primavera lluviosa del papel, una lira que suena en la distancia, chispeando gota a gota y efluvios de ingenio que de vez en cuando la brisa de la tarde trae entre sus brazos enamorados. Migajas que caen de la mesa del poeta, jirones de belleza elemental, miajas de esplendor verbal, palabras que parten y dividen la realidad, la arrancan del suelo, la separan de sí misma, la descomponen en mil pedazos, y de un mordisco se la comen con una rebanada de pan, una tajada de sandía y una loncha de queso untada de ternura. Palabras apetitosas, como porciones de mujer, cuerpo a cuerpo en el lecho, los instintos alzados como ramos al viento, los cipreses erguidos, trozos de rima raídos por el hastío caídos aquí y allá, un deseo completamente saciado vomitando melancolía en un rincón, en la borda del barco llamado Placer. Palabras borrachas que dormitan en el sofá, un cachito de felicidad conyugal y en el extremo de la sala, un cuaderno de papel, del que vive colgada la oreja del lector, que tiene los pies zangoloteando en una palangana de agua tibia con sal y vinagre, porque de tanto recorrer los caminos del saber se le han hinchado, como se hinchan las ubres de la mujer cuando va a parir, de nuevo, y ya van once. La hija mayor con un frasquito vacío de ajilimójolis en la mano, que quiere cinco reales para comprarse otro, y el benjamín, que le duelen las muelas y la suegra que en esa casa nadie trabaja más que ella y el cobrador de la compañía de luz que la va a desligar, que ya le deben tres meses atrasados y el del teléfono idem idem y la mujer que así no aguanta más, y el poeta, padre de familia, esposo astillado, soltando esquirlas de ironía que saltan de su mesa de trabajo, en la que rotura el texto como el sastre zurce una camisa con la aguja y el hilo de escribir. De pronto las palabras se hacen añicos, igual a un tiesto de geranios que se cayese de un séptimo piso muy alto muy alto, un tiesto que se estrella contundente contra la coronilla del lector, que desprevenido paseaba por la calle con el sombrero puesto, que no le sirvió de nada, y el bastón de romero. El tiesto de palabras acaba con él. Pedacitos de su alma quedan diseminados sobre los adoquines de la rua, entre pétalos del geranio y faíscas de eternidad; otros ruedan como bolitas de vidrio por las fisuras que dividen las baldosas de la acera.


153.
Palabras que implican al lector, le hacen partícipe de las intenciones del poeta, palabras en comunidad, viviendo todas juntas en el papel como los gipitanos en sus comunas mal avenidas, comadres y compadres envenenados por la envidia y la maledicencia, y a la vez todos cómplices, todos interviniendo en las decisiones, a menudo absolutamente erradas, ninguna palabra más importante que otra, palabras parciales que al complementarse resaltan sus particularidades, sus individualidades. Unas son parte de las otras. Todas reunidas son indivisibles, y ni se tercian, ni se mojan, ni se pringan.


154.
Palabras singulares, que se distinguen claramente unas de otras, palabras con peculiaridades propias, rasgos personales de carácter, señaladamente únicas, con rara idiosincrasia, palabras exclusivas, taxativas y siempre con su especial particularidad, marcante personalidad, prodigiosamente diferentes a todo lo antes visto, extrañas como un solo de violonchelo, en medio del desierto inabarcable, y sin que por ningún lado pueda verse quién lo ejecuta.



155.
El poeta, con las botas puestas, parte en estampía. Leva el ancla y parte, rumbo a lo desconocido. Metáforas de madera, un barco de viento, unas velas encendidas sobre la mesa y el mantel de hilo y encajes, para distinguir mejor lo que escribe, ver lo que se oculta entre las letras, observar detenidamente la bandada de palabras que en el horizonte, al alba, parten de viaje. Se van con Dios, golondrinas sobrevolando el desierto blanco, con el hatillo al hombro, la brújula en la mano, adolescentes que un buen día, en el albor de los diecisiete, lían sus bártulos y dan la espalda a la casa paterna, familiares y amigos, rumbo a las ilusiones que quieren convertir en realidad. Palabras que se marchan, que se alejan como los barcos en el puerto, como los amantes en el recuerdo. La madre y la novia, que en el muelle agitan el pañuelo y lloran, sufren intensamente ese momento. Saben que no volverá.


156.
Palabras pasionales, violentas, patéticas, dignas de las incansables discusiones conyugales, palabras vehementes, convencidas de estar en lo cierto, seguras de sí. Palabras fanáticas, como los corruptos tiranos de las repúblicas bananeras, palabras febriles, los volcanes de Ecuador, de Chile, de Méjico, palabras irresistibles como los arrumacos de las brujas, el canto de las sirenas y el llamado del vicio. El poeta, ebrio, loco, ciego y prisionero, completamente apasionado, le hace hervir la sangre al lector, que palpita reconociéndose en las calenturas opiáceas de la carne del texto, palabras encrespadas que, en un momento de desesperación, no se sujetan y se arrojan a las llamas, palabras incendiarias, efusivas, palabras de fuego que arden entre los renglones del papel, y el poeta soplando, avivando con ímpetu el espíritu erótico. En el acaloramiento de la situación le besa la boca al lector, que se retrae asqueado y sorprendido, aunque a la vez curioso y un tanto agradablemente halagado. La boca del poeta olía a caramelos de violeta.


157.
El poeta se mete en la boca del lobo, se pone a jugar con fuego y a decir palabras arriesgadas, imprudentes, corriendo tremendo peligro, aunque él no lo sabe. O prefiere no saberlo. El lector, pendiente de lo que ocurre, vive colgado de un hilo, con el agua al cuello, y viéndole las orejas al lobo, que le mira con sus ojos inyectados de sangre. Sentado en el cráter de un volcán en erupción, el lector pasa y pasa las páginas del libro, distraído. Se expone mucho, y disfruta entretanto con las mil aventuras del personaje, Maqroll el gaviero, siempre él, el eterno viajero. Está dispuesto a resolver cuantos conflictos le enreden entre los caminos de la vida, y sus únicas armas para enfrentar al enemigo son las palabras que va leyendo, mágicas, valientes, decididas, palabras dichas a cuerpo descubierto, que no tienen miedo de lo oscuro y lo terrible. Le amenaza una desgracia y aunque suena la alarma en su cerebro el lector no hace caso y sigue adelante. No es deshonroso perder la vida en el cumplimiento del deber, no trae vergüenza a la familia que se meta en un avispero para rescatar el honor del apellido, o que se rompa la crisma al caerse por alguno de los múltiples despeñaderos que rodean el diccionario, o que ponga toda la carne en el asador cuando le llevan a degüello. La Belleza encarna sus riesgos, es insegura, a la ventura, y merece sacrificios de sus súbditos, que amenazan caerse al abismo de la ruina y el hambre si no les reducen los impuestos. El lector es hecho prisionero por las fuerzas del Orden. No le pagaba lo debido al fisco desde seis meses atrás. Los agentes le llevaron al calabozo, en donde se encontró con el poeta, en cuclillas en un rincón, los ojos hinchados, flaco como un judío en el campo de concentración, en huelga de hambre, barba de siete días y ropas sin cambiarse desde el día en que le prendieron por haber escrito un soneto sin sentido. Un soneto titulado: "Entre los cuernos del toro".


158.
Palabras que el poeta usa para disciplinarse en público, para hacer penitencia, descargar la conciencia y confesarse. El lector le reconcilia consigo mismo, y como tiene mangas anchas, le da sin demora la absolución. El confesionario es de papel, y el arrepentimiento de color violeta. El perdón es blanco, y la esperanza verde, como algunas lujurias, ciertos tipos de pasión pedófila y los tomates a punto de quedarse rojos de rabia, o de vergüenza. La sangre que brota del cilicio es viscosa y esencial a la vida. El poeta viste su sambenito, se pone el capirote en la cabeza, y se sienta sobre un colchón de espinosos abrojos a meditar en lo que sucede. No sucede nada de especial. Solo que el poeta está arrepentido de no vivir siempre inspirado. Su médico espiritual le ha recetado un ayuno y el anacoreta que vive en el monte del Estilo, padre del yermo, curandero y flagelante, le ha dado cien azotes con su rosario de cuentas de azabache. El poeta, en vez de quejarse, como un puerco al que llevan al matadero, concibió esos versos, balidos que el cordero regurgita cuando le hincan el cuchillo en el pescuezo.


159.
Palabras para matar el tiempo, para pasar el rato, echado en el surco, a la sombra de un pino, a la vera del camino. El poeta, mientras pule su rima, mira las musarañas, pensando en describirlas en un complicado alejandrino que compone mentalmente, bartoleando con la pluma sobre los senderos del papel, pisando sapos y criando molleja. El poeta vive de fiesta, de feria en feria, de romería en romería. Peregrino de palma, cuenco y bastón, lleva una calabaza con vino amarrada con desidia en el cinturón, y vago como es, pícaro y cimarrón, se deja llevar por las palabras que burbujean en la dicha cantimplora, palabras champañadas que remolonean en torno a los pies de la Sabiduría con esa lentitud exasperante del poeta consagrado al amarrarse el cordón de los zapatos para ir a recoger un premio de manos del Rey. Palabras que en el discurso con que el poeta quiere agradecer tal distinción, a su parecer del todo inmerecida, se echan a dormir. De un codazo las despierta el lector.


160.
Palabras refinadas, sutiles, que ponen los puntos sobre las íes, y no se olvidan de dar la última pincelada, antes de estampar el sello y la firma al pie de la página. Palabras de buena ley, hermosas, acabadas, dichas con braveza, eminentemente expuestas en el escaparate de papel. Irreprensiblemente pronunciadas. Palabras en sazón, en la plena madurez creativa del artista, palabras que llenan hasta el colmo el blanco del alma del lector, y que perfeccionan, con sus delicados primores verbales, su carácter. Éste, el lector, admira el garbo con que las palabras se enredan en la filigrana del pensamiento lírico, tan graciosas, tan pulcras, modélicas, quintaesenciales, palabras que le coronan, le completan, le dan la mano. No cabe nada más en ellas, son perfectas, puras, clásicas. Palabras correctas, cabales, absolutas. El lector las encuentra preciosas, el poeta las imagina muy finas y excelentes, y al papel se le antojan palabras ideales, clásicas, palabras simplemente celestiales. ¡Que pena que solo en los sueños existan!.


161.
Palabras que huelen bien, no son fétidas como otras que andan por ahí, más bien son palabras ambarinas, con ese aroma fragante del jazmín que entra como un tufo de repente por la nariz, palabras esenciales como el agua de lavanda que el perfumista enfrasca con su pluma, su tinta y su papel, embalsamando al lector, para que la realidad no tenga que fumigarlo con insecticidas, matabichos y DDT. Palabras que ahuman en el sahumerio que el poeta bambolea con su mano diestra. Palabras perfumes de mujer.


162.
Palabras que importunan al lector, le pisan los talones, y no le dejan ni a sol ni a sombra. Palabras que acechan, que acosan, que se encarnizan, le siguen la pista, le picotean las espaldas, andando tras él a donde quiera que él va, y él guinchado, afanándose por liberarse, loco por escapar. Al doblar una esquina, los novios se besan a la luz de la farola y amparados en la niebla del otoño, el lector consigue zafarse, se mete rápido como una centella en el bar El Silencio, se va al retrete y huye a toda carrera por la ventanilla que da a un callejón sin salida. ¡Mala Suerte!. Las palabras, nada despistadas, no le perdieron el rastro.


163.
Palabras mansas, que se acercan despacito a la mente, que abren brecha alma adentro, entrometiéndose por íntimos caminos líricos, con el único fin de persuadir al lector, convencerle de lo importante que es leer letra por letra, sorbo a sorbo, dándole consejos, que no se enrede con las minucias, y todo para convencerle de que no se puede entrar en el Paraiso sin la ayuda que dispensan los libros sagrados. El poeta, entusiasmado, exclama: "¡Los que no precisan de la sabiduría que difunden los libros sagrados es que ya están hace rato en el Paraiso!". Palabras que impresionan, fascinan, y acaban por tocar. Instilan un delicioso veneno llamado placer, y más blandas que brevas se meten por la boca del lector, un oso goloso. Se le encasquetan en el corazón, en el ventrílocuo derecho, y desde allí le exhortan a prestar atención a las cosas del sentimiento, le inducen a no moverse de lugar y le confunden trayéndole y llevándole en torno de sí mismo, con los ojos vendados, gallina ciega que juega con las palabras a sacarle el cristo al lector, que cierra el libro completamente desengañado. El poeta le ha puesto enfrente de los ojos una impresionante parábola, con mucha labia, influencia y carácter. Pero engañosa, al fin.



164.
Palabras dichas a la luz de la razón, con lógica natural y voz muy discreta, palabras cuerdas, inteligentes y muy rectas, como los erguidos cipreses que rodean el cementerio.Y al mismo tiempo, extraña sincronicidad, palabras que viven haciendo curvas, escritas por un borracho, una noche de luna en la playa, con el dedo en la arena. Palabras que van poiroteando a lo Sherlock Holmes con la lupa en la mano, siguiendo entre la hojarasca las huellas del poeta, el sombrero hongo, un colgante de amonita en el cuello, la pipa ahumando. Y en la mano el cuaderno de anotaciones ayudando a juntar cabos en la cabeza. El poeta saca por la uña al león, y pone en limpio sus prosas mientras amasa un discurso hecho con buenas entendederas que va hilando con imaginación. Luego teje en torno toda una metafísica muy propia, en que la muerte ocupa el punto central, el vórtice del torbellino. Palabras entonces que se prestan a tergiversar la realidad, toda la argucia del lector es poca ante tanta sutileza, palabras que entran por el ojo de una aguja, y cosen el paño. Palabras ricas, princesas orientales en el harén, negociando en presencia de los eunucos con el comerciante venido de Arabia, al frente de una longuísima caravana. Palabras tan abundantes que ni los camellos consiguen cargar con ellas. Palabras plausibles, que concluyen lo que estaban diciendo en el momento oportuno, de un modo sintético y transcendental, desatando el argumento en tres párrafos de incorregible prosa diamantina. Las dudas repugnan, las contradicciones se autoenvuelven en el saco de la basura y se arrojan, desesperadas, al estercolero situado tras la tapia trasera del cementerio. El lector, un señor muy serio y concienzudo llamado Silogismo Gutiérrez, las entierra al día siguiente mientras su esposa Dilema Giménez Fuenteseca atiende el solemne discurso fúnebre del poeta, que muy emocionado llora, histriónico, con aires de sofista griego de paseo por la isla de Capri, razonables disquisiciones metafísicas en torno a la idea del Más Allá. El poeta acabó haciéndose un lío, con tantas palabras unívocas y tantas otras tal vez equivocadas, y se va hacia el centro, a tomar un café en la barra de "Lugares Comunes", local de moda situado en una esquina de la Plaza Mayor. Allí, ojeando el periódico, se abstrae, y resume en pocas palabras, mentalmente, lo sucedido.





165.
Palabras abismadas, que se dejan aconsejar por el silencio que las rodea, palabras que nacen de la introspección del poeta, quién en su retiro del bosque de bambú especula largamente. Palabras que advierten, dan consejos, recuerdan que hay que prestar atención y tener cuidado. Palabras de un monólogo quebrado solo por las preocupaciones con que el pensamiento celebra su merecida libertad. Fueron horas y horas de estudio, noches de vigilia y meditación, infinidad de cálculos verbales. Hace falta mucha prudencia para lidiar con la geometría lírica, de terrible exactitud. Por otra parte todo el cuidado del mundo es poco si se trata de forjar el broche de oro con que se cierra el argumento. Debe ir burilado con un sinfín de sorpresas absolutamente inesperadas. El lector, que también vive dentro de sí mismo, con la consideración fija en lo que sucede en las páginas del libro, el tímpano atento, las mientes despiertas, se mira mucho en ello. Absorto, distraido, en cierto momento crucial cierra el libro y se acerca a la ventana de su celda, a contemplar el horizonte, el paisaje minero, montañas muchas y verdes, matas hermosas, valles de lujuriosa vegetación, palmeras excitadas, la chorrera pimplona y el riachuelo que serpentea y la serpiente de cascabel enrollada en las ramas del ciruelo. Entonces despierta.


166.
El poeta lleva en mientes el amor que le tiene a la literatura. Con el alma y la vida en una mano, una pluma, el tintero y el papel, escribe palabras dichas con libre albedrío. Lo hace de buen talante, hacerlo fue siempre su mayor deseo, y ahora lo ve cumplido, como por arte de magia. ¡Qué maravilla!. No hace sino lo que le apetece. Es un personaje muy obstinado, como es sabido, y no se inhibe ni un pelo, además. A pesar de decir tantas cosas sin parar, sabe no decir casi nada, y lo poco que dice lo dice con mucha discreción, o no lo dice en absoluto, de tanto que lo piensa antes de decirlo, eso sí, siempre con gusto. Vive, como tantos otros poetas, rodeado de palabras; parece una de esas solteronas que andan por la vida rodeadas de gatos; es un personaje abúlico, a decir de muchos irreflexivo. Pero lo que dice lo dice escogiendo entre las palabras aquellas mejor intencionadas. Hay, eso sí, algo de caprichoso en la forma como se viste, torpe aliño indumentario, que diría, de mala manera, Antonio Machado. A menudo, pero ni tanto, condesciende, se deja entender, y es comprendido. No hay otra finalidad en su prosa que la de ser leída por nadie en especial.
167.
Existen palabras muy tímidas, que se quedan todas turbadas cada vez que el poeta las saca a relucir. Palabras que se creen feas, desventajadas, que sufren de ataques de pavor crónico al salir al escenario, como un sapo ante una serpiente o un mono ante un tigre y sin un árbol en que ampararse. Se les pintan todos los colores en la cara, se avergüenzan de que se les vea el rostro, y mucho más se ruborizan cuando al lector le da por echarles una descarada espiadita, desnudándolas con sus manos afiebradas de deseo. Esas palabras, sonrojadas, modestas, arrepentidas de haber llegado a tal punto, intentan taparse al menos lo esencial, con sus manos, ya que no tienen hojas de parra, pues no quieren que se les vea la blancura de su honor ni el rubor de su castidad. ¡Se les cae la cara de vergüenza cuando el lector les pide, con un gesto perentorio, que abran un poco más las piernas!. Se les atraviesa un nudo en la garganta, se quedan pegadas contra el muro, con las orejas gachas y un tupido manto de bochorno cubriéndoles las delicias. Llamaradas erubescentes que soflaman el instinto del lector, quién, en puro fuego, no se contiene y sofoca con sus ansias el cuerpo espléndido de la musa. Las palabras, rabiando de celos, se quedaron, pobrecitas, sin saber dónde meterse.



168.
Palabras que tienen razón y lo prueban. No son el Evangelio, no hablan por boca divina, pero dicen verdad, y eso es suficiente. Realmente esas palabras nunca mienten, se les envenena la sangre si lo hacen. Físicamente son palabras hechas con mucho rigor técnico, a ley de caballero, escritas de veras y en efecto, a tocateja, para que nadie tenga dudas, para que nadie les ponga defecto; son palabras serias y sanas, dignas de fe. Pueden parecer cándidas o ingenuas, pero por dentro son sinceras, positivas y leales, y todo eso al final es lo que importa. Van siempre cargadas de franqueza, son cordiales entre sí y evitan el contacto con las del gremio de Perogrullo; forman pandilla en torno al liderazgo de Axioma, todas muy ortodoxas y atildadas y con los periféricos punk que se reunen en el bar de la esquina, frente a la farola en la que suelen marcar sus citas los enamorados. A donde si van también a veces es al billar de la calle Melancolía, a echar una partida con los amigos. Dogma Moral, el propietario, les hace sentirse a gusto. Certidumbre Eterna, su mujer, que de joven fue una aclamada bailarina del cabaret y ahora se ha convertido en una degenerada alcohólica, viciada con drogas duras, en jovencitos y en rock&roll, es la encargada de, con la exactitud con que la verdad se sustenta, anotar cada tanto en la pizarra. Certidumbre hace al lector dudar de sí mismo. Son palabras tan genuinamente naturales las que apunta con la tiza que, en el más puro y estricto sentido de la palabra, son profundamente entrañables. Al lector se le escapa una emocionada lágrima por la mejilla, como si se acabase de acordar de la abuela, que murió abrasada en un incendio florestal que él mismo provocó, tenía nueve años, jugando con una cajita de fósforos en un montoncito de hojarasca, en el bosque, más de cuarenta veranos atrás. La autenticidad con que el recuerdo se le representa le obliga a cerrar el libro. Se pone a meditar.


169.
Palabras perpendiculares, un acantilado, un ciprés alzado a orillas del cementerio, el pene empalmado de un hombre enhiesto cortejando a una doncella felina y bella. Palabras despeluznadas, un gato que se horripila al verse rodeado por un bando de perros gaticidas, palabras que se erizan, arquean el lomo y enarbolan la bandera blanca en señal de paz. El gato sale milagrosamente ileso de la encerrona plantándose firme y enrollando a los perros con un verso muy fluido y enmarañado, un empinado discurso repleto de picos de humor. En el horizonte los pinos, y en el lecho el amante arremangado, manos a la faena, amasando la harina. Palabras que se van a pique como plomos que llueven poemas desde el cielo. Palabras tiesas, un secretario de administración de una alcaldía de provincias conversando en Palacio con el señor Ministro sin Cartera. Palabras pingorotudas, la ahora ya mujer que se levanta de la cama, se inclina sobre su hombre y le taja de un mordisco el erguido preciosauro. ¡Cuánta sangre!. Los perros, a la vista de la misma, se azuzaron, y la acometieron con el gato. Los dos se quedaron gritando como ratas cojidas en una trampa. El gato y el enhiesto amo del preciosauro.



170.
Palabras que viven en una buhardilla del barrio viejo, con la claraboya ojo de buey, que les sirve de lucerna, y una ventanilla de guillotina por la que se asoman a ver pasar las cosas del mundo. De la balaustrada cuelgan macetas con geranios, y los vidrios de la puerta están laboriosamente ensamblados, como en las catedrales góticas. Un buen día esas palabras, que crian arañas, serpientes y escorpiones en la bañera, deciden suicidarse con una copa de veneno. El bebedizo es verduzco, espumante y muy amargo. Lo toman con dos cubitos de hielo, y unas gotas de limón.


171.
Palabras que de pronto se quedan perplejas, paradas ante una encrucijada, donde el camino se bifurca. Están indecisas, no saben por dónde seguir. Palabras sumidas en un mar de confusión, van y vienen titubeando, poniendo en balanza cada posibilidad. El poeta les dice: Tomad siempre el camino menos frecuentado, el camino más salvaje, el que se acerque más a la Naturaleza. Las palabras entonces tientan las paredes vacilantes, turbadas por su propia falta de resolución. Parecen almas en pena, tímidas y cobardes, atacadas por el fantasma de la duda. Se quedan permanentemente detenidas, dando vueltas y vueltas en el mismo lugar, sin conseguir acabar con las sospechas que les impiden tomar cualquier tipo de decisión. Allí se están hasta hoy. ¡Y ni siquiera tienen una moneda para echar al aire!.


172.
La temeridad, el arrojo, la bravura son virtudes de poeta. No es un fanfarrón, ni un espadachín bravatero ni un perdonavidas jacarando. Sus palabras luchan valerosamente contra la blancura furiosa del papel. Solo la continuidad infinita de las pautas y los renglones le dan aliento para seguir adelante, con el corazón noble, pecho ancho y firme, brazos esforzados. A menudo, heróicamente, todo hay que decirlo, se enfrenta con el lector, un gallardo y guapo latino que tieso e impávido, con el libro entre las manos, contempla el desfile de palabras con que el poeta pretende asustarle. Palabras de legionario farruco en el día de asueto, en una taberna malagueña, un Viernes Santo cualquiera. Palabras invencibles, épicas, otras macarenas o tartarinescas, palabras escarramanadas, presumiendo de valientes al meterse en un follón de mucho cuidado, del que a menudo salen mal libradas. El poeta las pinta con agallas y mucho brío luchando por la libertad creadora, personajes de epopeya con cinco dedos en la mano, y muchos pelos en el corazón, que no temen rey ni roque. El poeta es un alfil valiente al servicio de la reina Inspiración. El tablero de ajedrez es el vasto campo de la Literatura.


153.
El poeta disemina la simiente. Siembra palabras, graneándolas volanderas sobre los surcos. Erige un aparatoso espantapájaros en el centro del campo, y después, ya caída la tarde, se sienta a descansar a la sombra de un castaño, a orillas del papel, con los pies zangoloteando en el vacío, a verlas verdear. Cuando, meses o años después, las palabras campeen a su gusto, la espiga madura, la cosecha abundante, la hierba sabrosísima, suculenta, y la belleza morena, en su punto, el poeta con la hoz en lugar de la pluma, y una guadaña de repuesto a la espalda, las ha de segar de mañana, bien temprano, para que la mies no sufra con el sol del mediodía. El lector quiere echar una mano, y se ofrece a ejercer de gavillero. Con inesperada maña mayorea las palabras para amontonarlas en torno del espantapájaros, al que le han crecido las barbas y las pajas del sombrero, y las mete en el corral, todas enmarañadas como el entramado de un nido. Los manojos prontos, la carga en el camión, y el poeta fumando un cigarro de paja, ya el Domingo, en la feria. Espera sacar por ellos unos cuantos reales.

154.
Palabras que quieren decir alguna cosa, desesperadamente. Hacen signos alarmantes con las manos, atadas al pie de la letra, en la cima de un cerro. Con el humo de la hoguera sagrada dibujan señales, el chamán de la tribu en comunicación con los dioses de la pradera. Las palabras significan nada entonces, aunque se elevan al cielo rodeadas de halos y connotaciones diversas. Un humo diferente. Literalmente una sola palabra dice muchas cosas a la vez. Hay palabras tan complicadas como un tratado de semiótica estructural visto desde la lucidez de un corte epistemológico. Otras palabras tienen un claro instinto comercial, y llevan la marca registrada impresa en la frente. Las más atrevidas la llevan tatuada en las nalgas, o en el pene. El logotipo, en forma de trompa de elefante, indica precisamente aquello que querían caracterizar. El carácter del lector, sintomáticamente, es puesto a prueba. Se ve obligado a descifrar un irresoluble jeroglífico. El brujo habla una jerigonza extraña, nahuatl o quechua, o algo parecido. En verdad es un peyotero huichol cazando el venado mágico por los desiertos del saber. El poeta crea una posibilidad de lectura plena de contrasentidos, el mensaje al alcance de la mano. Al lector le resulta fácil perderse en esa prosa exuberante como una selva tropical. Y se pierde con agrado, muy de su gusto. Hasta que se encuentra con la efigie. Entonces todos los símbolos pierden también su razón de ser. Sabe que nunca va a conseguir descifrar lo que le acaban de decir.


155.
El poeta no ve la hora de triunfar. No triunfar en los medios de la moda, en los círculos sociales o en las listas que semanalmente publica la fama, sino triunfar al descubrir palabras combinadas de una manera tan nueva que no dejan de sorprender al lector, por más que a ellas esté habituado. Con esas palabras tejerá un libro de aventuras, en el que los únicos personajes serán las propias palabras, con aspiraciones, con pretensiones, palabras ambiciosas, que suspiran pensando en volar alto. Les pide el cuerpo marcha, les hace cosquillas la sed de belleza, un agüita se les escapa de la entrepierna. ¡Y qué quemazón en el alma!. ¡Y qué capricho en la ejecución de la faena!. Con la lengua de un palmo, sudando la gota gorda, un buen día el poeta llega a la meta. Dos leguas más allá le dicen que todavía le falta un poco más. Encuentra un árbol de frutos prohibidos. Come de ellos, rojos como pimientos y sabrosos como tamarindos, a puñados. Están tan ricos, tan apetitosos, son tan codiciables que el poeta se empapuza. Se queda lisiado del hígado, echando bilis por la boca y amarillo que parece un limón. Y poco después ya está comiendo de la fruta de nuevo, goloso, ansioso, insaciable. Se le alargan los dientes, se come las manos mientras escribe después lo que siente. Un tremendo dolor de barriga y mucha lucidez en la conciencia. El premio se lo entrega un garzón adolescente, bello cual un narciso y delgado como un mimbre, y a las palabras se les hace la boca agua al verle tan apuesto y distinguido entregando una flor y diecisiete mil quinientas pesetas al insigne y reciente socio del club del Parnaso. Muchas palabras son hermafroditas por naturaleza, otras, mujeres que antes eran hombres y que cambiaron de sexo por milagros de la cirugía moral, esa ciencia tan desarrollada a principios del siglo XXI, lo son por elección propia. Después de la solemne entrega de premios el elegante y noble garzón, más amanerado que Kavafis vestido de lagarterana en un cafetín de Alejandría, convida a una fiesta particular en su casa de campo al poeta, al lector, y a otros dos distinguidos asistentes. Esa noche, a orillas de la piscina, !era una finca preciosa!, Golondro y Rabanillo, los celebrados jugadores de fútbol, conversan con el poeta, el lector y el duque Luisito Gilette (que corta por los dos lados), beben una taza de vino sin alcohol, mezclado con agua, y luego se van, tomados de la mano, al lecho del cuarto azul, que el anfitrión les ofrece con mucho pestañeo y movimiento de caderas. La escena que siguió, episodio brutal, vergonzante, de la que el poeta prefiere no acordarse, hizo que a éste, hombre de naturaleza muy sensible, le saliera un prurito horroroso en la nariz. Tuvo que recurrir al médico, que le recetó antibióticos, analgésicos y corticoides, en dosis macizas, y le confirmó el diagnóstico. Estaba afectado de una grave enfermedad infecciosa llamada pasión. Estaba apasionado de sus propias palabras, se le iba el alma tras ellas.


156.
Palabras estrechas de conciencia. Interiormente tienen una personalidad reflexiva y serena, pero en la apariencia engañan, pues están llenas de escrúpulos, como monjas. Un roedor incansable les reconcome el alma. Una familia de nauseabundos tiquismiquis anidó en su fuero interno. Sabido es que los tiquismiquis son unos bichitos dentudos, muy feos, muy peludos, que viven escarbando en la conciencia, metiéndose por los agujeros como los conejos en las tocas o los leones en el cubil, en busca del fondo moral con que se alimentan. Son bicharracos muy concienzudos. De botones adentro las palabras están llenas de reparos. Las tragaderas entupidas, las absolvederas con la ancha manga cosida de cabo a rabo. Esas palabras tan estrechas de conciencia le dejan poco espacio libre al lector por el que se pueda zafar. Respira aliviado cuando por fin lo consigue. No aguantaba tanto rigor. ¡Qué tranquilidad!.



157.
Palabras con las que el poeta se opone a sus rivales en las lides de las letras, palabras que hacen ejercicio en las mañanas soleadas del papel en blanco. Es un día señalado en el calendario, día de fiesta floral. Esa tarde se celebrarán las justas deportivas entre los artistas del reino. El poeta piensa concurrir con un elaborado discurso en prosa que versará sobre el árido tema: "Viva más el que menos aprecie su vida". El juez de la lid lo considera un tema muy dificil, y está curioso por ver cómo el poeta sale de ésa. El padrino le aconseja, mientras le vigila el almuerzo, que no provoque controversia, ni genere vana rivalidad ni se entregue después a discusiones estériles con los miembros del jurado. A las cinco en punto de la tarde, al son de un pasodoble, sube al palco a leer sus prosas endiabladas. Es bastante aplaudido, y convence. Llega a la gran final. El campeonato se dilucidará en la pradera, en torno a la hoguera, en luna llena. La Academia premiará al más osado con la copa de consolación, al más sabido con un repujado trofeo de plata. La pluma de oro y jade la gana el lector, que se la encuentra tirada en la yerba de ese inmenso jardín. Tirada entre unos cuantos versos y un ramillete de violetas en flor. Se agacha para recogerla, es una pluma preciosa, y pensando en lo bien que ha de escribir con ella cae en la cuenta de que está metido de cabeza en el papel de un libro, buscando tesoros entre los renglones y asombrándose mucho cuando, enterrados bajo un macizo de palabras algazaradas, los encuentra.



158.
Palabras herméticas, dichas sin ambages ni rodeos, reveladas en un santiamén. Hablando en plata, en dos palabras, el poeta cifra el secreto. Su concisión es admirable. Su absoluta precisión deja con la boca abierta. Una fórmula que abrevia la Belleza y la Verdad, las reduce a una sola presencia, del tamaño de una cucaracha, y las guarda en la cajita de los fósforos, en el bolsillo de la camisa en el que también guarda el mazo de cigarrillos y una hoja doblada con siete poemillas de Pessoa. En resumidas cuentas lo mejor de todo es el epílogo. Limita con la genialidad. Es asombrosa la manera que tiene el poeta de meter la mano en los más diversos asuntos, con palabras tan sintetizadas que cortan el silencio al ceñirse a los hechos, para demostrar cómo esa es la Cifra que los alquimistas buscaban. El manual para descifrar el proceso de transubstanciación se alarga en trescientas páginas de ilegible letra pequeña, palabras y palabras argumentando, explicando, desenvolviendo el enredo, dando pinceladas de color en el guión, y apretando bien los tornillos del esquema, para que no se relaje la estructura a mitad de proceso. El grimorio va iluminado con simbolos sipnóticos, que el lector intenta descifrar con sus gafas de lentes de culo de botella, la lupa en la mano, y el ojo bien abierto, la barba enjuta, los pies llagados. La Cifra, al final, de tan revelada, se veló, y quedó desnuda y se vio que no era nada más que una quimera. Luego se fue caminando a la casa del carpintero (se le había soltado un gozne). El carpintero le clavó en la memoria la suma de las recapitulaciones poéticas con que el poeta, en una noche de embriagada inspiración, celebró su atroz descubrimiento. El poeta pensó que el carpintero se había vuelto loco cuando le dijo que quería casarse con aquella palabra misteriosa. El lector, en un sillón, frente a la televisión, gracias a Dios apagada, se retorcía de risa, las manos en la barriga, viendo lo que ocurría. Y el epílogo, riéndose también a mandibula batiente, descoyuntado, en un rincón.


159.
El poeta es un fanático, un soñador. El lector, en cambio, es un incrédulo, al que todo lo que lee se le antoja inverosímil. El poeta, para conseguir comunicarse con el lector, tiene que hacer uso de muchas palabras, y tiene que tener fe, mucha más fe. Si está convencido realmente de lo que dice, sus palabras ganarán crédito. El lector no presta atención, no tiene buenas tragaderas y no cree en absoluto que existan las brujas. Palabras que inspiran confianza, que pretenden despejar las dudas, aclarar los misterios en que se envuelven los personajes. A veces hablan, palabras graves, del dogma, de supersticiones muy asentadas, de religiones establecidas. El lector, descreído como es, confiesa que le repugnan las palabras que quieren convencer a toda costa. Una cosa es un visionario, otras un devoto papanatas. Una cosa es leer los Evangelios, artículos de fe, y otra leer las suposiciones astrológicamente elaboradas del adivino de la columna esotérica de la página once del semanario holístico que edita la Asociación de Vendedores de Productos Macrobioticos. —Los que comulgan con ruedas de molino se indigestan—, dice el lector, cerrando el libro. El poeta no tuvo otro remedio que callarse. Se fue, chupando una naranja y dando un paseo hasta el próximo capítulo.

160.
Palabras deshilachadas, muchos remiendos en las ropas, extrañas vestiduras de peregrinos del Dharma, los adjetivos todos recosidos, los adverbios mal zurcidos, y un bordado en la corbata que hace reir, de tan cursi, de tan chillón. El poeta está hilvanando la pestaña de un verso mientras las pronuncia, letra por letra, pausadamente. Palabras que confunden la vista. Tiras de un hilito que cuelga y sale detrás un enmarañado de hebras que en un tris tras destejen el tinglado. Además la mayoría de ellas tienen un forro, como si estuviesen acolchadas de plumas, forro que en verdad les sirve para pasar ciertas palabras prohibidas de contrabando cuando de atravesar aduanas se trata. A la entrada del Parnaso revisan minuciosamente los equipajes, pero por convención internacional no se revisan jamás los forros con que las palabras cubren sus ropas deshilachadas. Con aguja e hilo el poeta, como una madre cose la faldriquera en el pantalón al hijo que se va a emigrar, con los pocos ahorros que ha juntado a lo largo de su vida, cose el forro a esas palabras, y después las cose entre sí, una por una, para formar un abrigo que le amenize los rigores del invierno en esas soledadas tierras del Norte. Tierras a las que el poeta tiene que viajar para conseguir descubrir palabras nuevas, en las heladas soledades de la puna, en donde el sol tiene la edad del infierno, y no calienta casi nada ya. Cose después el dobladillo de su calza, y filetea los puños de la camisa con una bastilla holandesa, blanca, de hilo de madera de Ajujuí, el acento por encima de la i, que esa tampoco se encuentra en el diccionario, ni en las enciclopedias, ni en Internet. A veces al poeta se le antoja escribir un libro todo de palabras inventadas. No se decide a hacerlo por temor a que no le entiendan. Como si ahora le entendiesen mucho más.


161.
Palabras de culto. Palabras de origen rural, naturales, que vienen de horas y horas de labranza. El poeta es un aventajado agricultor. Sabe beneficiar la tierra, se desuña tirando las piedras, arrancando las malas yerbas. Rotura el papel, con su arado de plumas, y lo abona con tinta y con silencios en blanco. Las palabras simiente las echa en el surco, y las cubre con tres mms de tierra. Los bueyes de la yunta le miran con sus ojos bobalicones. Si en la noche se viene un temporal las palabras recién sembradas pueden echarse a perder, por eso enciende un fuego y se queda a cuidarlas. Si es necesario las tapa con un manto imperméable. Cuando las palabras están en sazón las siega, y las almacena en el silo luego de bien secas en la era, separadas de la paja y de los granos de mala calidad. Las tempera chorreándolas con agua de tabaco, para que no se las coma el gorgojo. Y las deja allí hasta que nadie se acuerda más de ellas. O hasta que, un buen día, el lector, en una excursión a la casa de los abuelos, cuando estaba en el granero enamorando con la hija del casero, se las encuentra, metidas en un saquito, ya bien curtidas. Las muele, las amasa y con ellas prepara un pan delicioso, el agua pura, el trigo integral, de levadura, ingenio, bastante ingenio, pero sin pasarse, una pizca de sal, y mucha hambre. Eso sí, mucha hambre hace falta para digerirlas. De seguro que entonces sabrán de rechupete. Como los besos de la hija del casero.


162.
Palabras desventuradas, desamparadas, dichas a la intemperie, a pecho descubierto, enfrentándose al destino como los niños de la guerra, en Nicaragua, en Kosovo, en el Kurdistán. Palabras dejadas de la mano de Dios, huérfanos de la guera del Golfo en un campo de refugiados, entre hutus y tutsus diezmándose como cafres africanos por culpa de desavenencias creadas por los imperio coloniales, con sus mentalidades de raposa. Diezmándose y sin saber muy bien por qué. Los fabricantes de armas se frotan las manos mientras contabilizan lucros. Los que prefieren usar palabras de paz no tienen dónde volver la cabeza, no tienen a quién volver la cara, están indefensos en medio del tiroteo, el mal gusto masificado con que se deleitan las masas mediocrizadas por el falso progreso de finales del siglo XX. Palabras que repudian los políticos y los abogados, los arquitectos y los economistas, caballeros del apocalipsis del siglo XXI. De sus bocas manan llamas de fuego negro, palabrejas sin sol, sin luz, y sin moscas. Palabras que salen corriendo apavoradas, volviendo la espalda al mal. Consiguen, de paso, de rebote, y sin proponérselo, darle el esquinazo al lector, que las perseguía con perseverancia de tábano sediento. El lector se queda así entre las astas del toro. Sabe que tiene que decidirse, debe echarse el destino a la espalda, y tomar partido. Sin padre ni madre ni perro que le ladre, el poeta también se sentirá desamparado y solo. Le tacharán de desertor, se aislará aún más y quedará completamente incomunicado en su espantoso abandono. Al fin la Divina Providencia, esa alucinación tan blanca, les ha de guiar a todos ellos, a buen puerto. El poeta encenderá un cigarrillo mientras bebe un vaso de vino. El lector prefiere el té bien fuerte y unos bizcochos de anís. Las palabras se conforman con suspirar, aliviadas.




163.
De cuando en cuando palabras dichas entre paréntesis salen a relucir. Parece que hubiesen llegado por el atajo, sin dar rodeos ni andarse en vanas disgresiones. Palabras que ponen en suspenso al lector, por su carácter intermitente. Se cierra el paréntesis y desaparecen, por arte de magia, dejándole a media miel. La distancia entre esos huecos es como una laguna que hay que saltar. Lo que importa en el texto no es el hecho de saltarla, es lo que hace que se quiebre el hilo del discurso. El silencio que predomina en esos incisos da espacio y calma al resto de la lectura. Son como una vacación, una tregua, un descanso.


164.
Palabras estoicas, para nada formales o voluptuosas, que viven evitando el placer, aceptando el dolor con firmeza, y sin decírselo a nadie. Palabras imperturbables, que no se alteran ante la ruina, la enfermedad o la desgracia. Palabras que no se importan demasiado en perder la vida, en conservarla viva, porque ni siquiera la vida es tan importante. Para esas palabras la rectitud es la única que vale la pena. Ser recto como el fiel de una balanza. O como la aguja de un reloj. Ser recto, pero dando vueltas en redondo sin parar.


165.
Palabras talladas en un material de extraña plasticidad. El poeta maneja el cincel y el escoplo como si fuese un geómetra borracho descascarando una naranja con el compás. Pinta palabras, las colorea, las estiliza copiándolas del natural, trabajando bien siempre con modelos vivos. Palabras esculpidas en el papel, tinta y celulosa laminada por los labios ardientes de la amada. No de la ardiente mujer, no seáis mal pensados, no, que va, de la ardiente Literatura. Así se forma una masa mezcla de arcilla y mármol, ámbar y hueso de cuerno del unicornio azul. Cuando se palpa con la yema de los dedos, cuidadosamente para que no se rompa, parece que fuera yeso de cristal, o fibra de vidrio mezclada con plastilina y asbesto. Luego va al horno, varias horas, hasta que se dora. Puede ser el horno de la cocina, o el de quemar los topacios, o el túnel de bronceado artificial. No se recomienda el uso del microondas porque la masa explota, y salpica. Salen palabras disparatadas por todas partes, la cagadita del gorrión sobre la rama del ciruelo, el semen de un pervertido en la boca de un bebé de ocho meses de edad, a la vista en Internet, y el poeta con el dedo en el culo de un diablo muy pervertido. Y el diablo encima del dedo, con cara de estar gustándole, dando vueltas aquí y allá, explicando que estaba visitando al urólogo para hacerse el examen de próstata anual (que sabido es que el diablo ya ha cumplido los cincuenta inviernos de infierno astral). Palabras así de expresivas que hacen daño, llegan a molestar de tan vivas y tan azafranadas. ¡Qué delicia!. Y tan calentitas como las vulvas encarnadas que la lengua del poeta hace estremecer mientras con sus brazos apasionados estrecha los pechos chiquirritines de la amada. De verdad. Palabras que bosquejan el modelo según el cánon erótico cubista. Realzan lo esencial, y con pocas frases decisivas anatomizan lo accesorio, pinceladas que se repiten como pensamientos en flor en el jardín de la casa. Copian y copian después el modelo según el molde, y lo funden en bronce. Esas figurillas precolombinas siglos después las encuentra una arqueóloga gallega, Emiliana Romaní Fariña, que nunca precisó recorrer a pie el camino de Santiago porque nació en la santa Compostela. Estaban las preciosas figurillas en una urna, en la tumba del poeta, junto a un coloso de jade, que pudiese ser Tayrona o de Rhodas, una preciosa cariótide de coral, un camafeo napolitano, de Torre del Greco, al sur de Napoles, en las laderas del Vesubio, un amorcillo de marfil, un genio de porcelana china que venía en el equipaje de Alí Babá y una lámpara como la de Aladino, pero que en realidad era una figura de cera robada a un museo inglés de hologramas geniales. Y en sus excavaciones la hermosa Emiliana encontró muchas cosas más, palabras unas desnudas, otras castas, puras, y otras con mascarilla, palabras todas que embellezan el sepulcro en el que el lector reposa eternamente. Se murió, el pobre, de aburrimiento, o del susto, al verse de repente convertido en amuleto. Los críticos, que no se ponen de acuerdo, se lo cuelgan del pescuezo, a ver si así lo comprenden mejor. Y los señores de la Academia le erigen un monumento de poesía, palabras que el artista cincela a la puerta del Parnaso, en forma de vaso funerario, pero que también sirven de medallas póstumas, pueden ser de plata o de oro, con la realidad estampada en efigie, y vista de reojo, para que el lector no se deslumbre. La Virgen del Verbo, el genio encarnado. Cuando por fin el poeta lo consigue, quiebra el molde, estrellándolo contra el suelo. Se hace añicos. Y luego, con un fósforo, le prende fuego al libro que estaba escribiendo, y lo arroja furioso a la hoguera, para que se queme más todavía. Arde como un cristo de cedro en una fogata de impíos. Y a su lumbre el poeta se sienta a escribirlo todo de nuevo, desde el comienzo, y de memoria. ¡Qué tío!.
166.
Palabras gacelas, de dientes albos y hermosos, que andan como cisnes negros moviendo el cuello sobre los ondulados renglones del papel. Palabras carboneras, que estampan sus pies sucios en la nieve que rodea el estanque. Palabras desnudas y claras, atormentadas por la demora del amado, a quién esperan desde hace tantos días. Duele la ausencia de aquel para el que ellas se pusieron las alhajas. Son sus esposas, y saben que esa noche una de ellas será elegida para ejercer de tal en el tálamo nupcial. Palabras cervatillo, los senos como cántaros rebosando de néctar. Palabras con la piel erizada, afiebradas por el deseo, que se dejan disfrutar. El poeta les tira del vestido, oro y jade, y descubre sus muslos de cacao bañados con purpurina, como en los poemas del amor furtivo de aquel poeta hindú llamado Bilhana. La princesa escogida esconde su nombre, azorada, la vergüenza en el rostro, y a la vez sus ojos y sus labios suplican amor, estremecidos por el ansia de deleitarse mutuamente. Ya en el lecho, cuando el placer se le allega, se araña a sí misma los muslos, casi le sale sangre. Muslos prietos, insinuantes como una fresa entre los labios adornados de mordiscos, el cuello de serpiente como el de los cisnes del estanque, y el collar de perlas desgranándose en el césped, a la entrada de la cueva de Venus. Los ojos se cierran agotados de placer. Arrugas de melancolía se divisan en la comisura de los ojos. A lo lejos. Cuando la princesa se suelta el moño, el cabello al viento, el poeta se atreve y le desata los cordones del corpiño. El lector, de envidia, se queda pasmado. Pensaba que todo había ya acabado y ahora se da cuenta que todo no ha hecho sino comenzar.


167.
Palabras que nacen para el encuentro con su lector. En tal lance de honor la lucha será enconada. Hay mucho rencor, mucho aborrecimiento escondido. El combate será a vida o muerte, y se seguirá por la ley del duelo. De armas, los puños y las letras, la espada y la pluma, el cañón y el papel. En la taquilla, el cartel de no hay billetes. El poeta, vestido a rigor, en el palco presidencial fumando un cigarro habano, muy ufano, y haciendo rimas con el humo vano, como si fuese el rey del mundo. Riñen como gallos encalabrinados por el olor de la espuela, se provocan con palabras agresivas e hirientes, se baten en campo abierto. El certamen tuvo lugar un domingo al mediodía. Las palabras entregaron el guante a las siete de la tarde. El lector se había quedado dormido, sus padrinos dormitaban también a la sombra de un pino. Los testigos bebían vino mientras conversaban de toros y de lidias, ya olvidados del motivo de la contienda. A las atribuladas palabras, que no pasaron la prueba, les sobraron explicaciones. El lector seguía durmiendo, sin hacerles caso.


168.
Palabras ásperas, como un cardo, avinagradas, el carácter de una madre con un hijo en el manicomio, otro en la cárcel y el tercero malcasado, alcóholico y depresivo. Palabras crudas como lagartos que los niños de la guerra comen en las trincheras, palabras desdeñosas, casi hoscas de tan solitarias e insociables. La desgracia las roza con sus alas negras. El paisaje escabroso ayuda a componer la escena. De repente, un brusco golpe de viento. La ventana que bate contra la pared, el canto agorero de la lechuza, el descomedido rigor del destino, justa es su adusta mano. Palabras con cara de pocos amigos, palabras glaciares, que esquivan la mirada del lector, le quiebran los ojos con su brillantez helada. Palabras diamantinas y secas, muy serias, muy disgustadas, porque el poeta les ha quebrado el ala para que no vuelen lejos. ¡Es lógico que sean tan irritables!.



169.
Palabras venturosas, plenas de alegría, el alma en gloria, el cuerpo embriagado, el espíritu en éxtasis. Palabras escritas con placer, tinta de rosas, el cielo sin nubes, el papel, un oasis, el lector en plena luna de miel, palabras para leérselas a la amada en el lecho nupcial. Palabras que consiguen decir lo que tienen adentro, dichosas, radiantes, palabras satisfechas de la vida que llevan, no les parece más verde el césped del vecino, ni piensan que viajando a otras tierras la cosa mejoraría, palabras doradas, florecientes, palabras risueñas que un próspero poeta, en día propicio, una agradable tarde de primavera en el paraninfo del manicomio, les lee a sus lectores, no todos locos de atar, algunos boyan a fuerza de pastillas, a otros los drogan como a locos benditos con choques eléctricos, a los más les mantienen encadenados frente a la televisión, en la que pasan un eterno programa de humor cretino. Al poeta le sopla la musa, a los alienados del hospicio les va esa vida capulina; no tienen que trabajar, ni que simular ser felices, porque creen serlo realmente. Ni tienen que preocuparse por la salud, para eso están los médicos, para estropeársela con sus remedios. Palabras dichas para lectores optimistas, convencidas de que entienden lo que les dicen, y que sonríen, como dando a entender que lo han entendido todo. El lector nació con buena estrella, y salió a flote. No todos lo consiguen. Muchos se hunden primero. La locura es un pantano. La literatura un abismo. ¡Y el poeta está completamente chalado!. Una pena.


170.
Palabras que se resquebrajan, palabras agrietadas por la edad, han vivido largo tiempo al borde del precipicio, siempre metidas en peligrosas hendiduras de la realidad. Allí donde el tiempo se quiebra, por esa raja casi imperceptible, y tan sensual, se introduce el poeta, el sombrero en el prepucio y los cojones de corbata, para conseguir escribirlas. La ranura es del tamaño justo, se adapta al tamaño de la moneda con elasticidad sorprendente. El poeta, con su brutalidad acostumbrada, asedia la fortaleza y después de tres días de cortejo consigue meter en ella un libro todito entero y disparatado. Un libro del tamaño de un camello, una ranura del tamaño de un cariño. Las palabras se cayeron de las hojas de papel y se fueron arrastradas por la corriente del deseo. El duendecillo alado, un cupido ajado y ciego, dispara su flecha envenenada. Le acierta en el corazón a una palabra plena, repleta de significados, maciza como una virgen en flor. De repente, en un tris—tras, la palabra se abre, toda cuarteada, y saltan de sus adentros hacia la realidad circundante otras palabrillas recién nacidas, que bufan como si fuesen un viento blanco soplando en el barranco de las almas. El lector, para mejor entender lo que se le dice, realiza un corte, una mínima incisión en el texto. Luego otro corte en la yema de su dedo medio. Y junta las sangres, en un pacto de amistad eterna. De esa sangre obtiene una tinta indeleble, de espesa crasitud, que guarda en un frasquito de perfume que heredó de su abuela. Con el tintero a cuestas, y un pincel de pelo del camello de antes en la mano, de llave, se cuela por el resquicio de la puerta abierta en la mente del poeta, quien a su vez acecha por una rendija del sentimiento, esperando que la fisión milagrosa tenga lugar. A las tres de la madrugada aconteció el accidente. No fué una explosión lírica, como era de esperar, sino un tremendo accidente nuclear. Las palabras atómicas asombraron a quien las vió destruir todo lo que estaba a su alrededor. Todo.
171.
Palabras rebeldes, que perturban el orden establecido, palabras que salen a la calle, en pleno centro de la hoja de papel, a la hora punta, entre el congestionado tránsito vespertino y el desfile marcial de consumidores frente a los escaparates del animado comercio navideño. Los renglones llevan gorro, guantes y bufanda. Hace mucho frio. Nieva. El diablo anda suelto. Las palabras alborotan el cortijo, cierran la encrucijada de calles con una cadena de frases asombrosamente entrelazadas. El guardia primero intenta romperlas con los dientes. Luego prueba con una lima, tenazas, un soplete. Los estudiantes, geniales o cabelludos, piden libertad, subversivos, guevaristas, y manifiestan su descontento a gritos y pedradas mientras el paciente guardia tienta romper un eslabón de la corriente con la porra y el canto de la insignia de sheriff que lleva prendida, a escondidas, bajo la camiseta, desde que los Reyes Magos se la trajeron, de sorpresa, un tres de febrero, día de San Blas, para la fiesta de su quinto cumpleaños. Nunca antes la había tirado del cuello. Estaba tan nervioso que la hizo trizas. La melló toda, la amasó, la descuartizó, y acabó arrojándosela a los ojos de una jovencita que iba del brazo de un minero con la dinamita al hombro, dispuestos a hacer saltar por los aires el Palacio de Gobierno, el trono del Rey, el reino de Dios y lo que haga falta. El guardia, muy católico, se pone en posición de alarma. Toca el pito, y declara el estado de sitio. Los rebeldes aprovechan el desconcierto; le dan vuelta a los coches estacionados en doble fila, y les prenden fuego y quiebran las lunas de los escaparates y saquean las tiendas de moda y los supermercados y encima le tiran tomates podres al pobre municipal, que suda la gota gorda intentando romper con sus brazos de Espartaco venido a menos la cadena. Miles y miles de autobuses explotan de repente por una reacción lógica, el fuego y la gasolina y el atasco. La ciudad arde como Roma ante los ojos de Nerón. Lo que iba a ser una pacífica bullanga se convirtió en otra guerra de Troya. Los del cuartel se amotinaron, policías sediciosos boicotearon el funcionamiento de los cuerpos de seguridad con una serie ininterrumpida de falsos avisos, los bomberos se declararon en huelga exigiendo un 7,876 % de aumento de sueldo. El guardia, que a pesar de todo lo ocurrido de milagro seguía vivo, consiguió por fin romper la pérfida cadena con ayuda de la terrible explosión antes referida. Y salió de aquel círculo absurdo confundiéndose con los obreros del parque siderúrgico, que le preguntaron que qué había pasado. Alguien respondió que había sido un atentado contra las tres lesbianas que dirijen el restaurante gay y el colectivo de derechos civiles de las minorías sexuales. El escándalo corrió por el país como el fuego en un reguero de pólvora. Una de las víctimas del incidente fue el hijo del Ministro de Salud Pública, travestido estudiante de Farmacia que en las noches trabajaba de lagarterana en el cabaret de la ciudad de Villa Rica y era hijo (o hija, nunca se aclaró el asunto) del Ministro de Medio Ambiente, Morganito Sánchez, que a su vez regentaba un inmenso imperio de funerarias y casas de entierros. Las palabras, más traviesas y atrevidas que nunca, en vista del éxito alcanzado, se fueron hasta la catedral a prenderle fuego al palacio del Obispo. Indóciles y bulliciosas violaron a una monja en la esquina de la tabaquería. A ella le debió gustar porque tres meses después se casó con el líder de la revuelta, un pelirrojo anarquista llamado Buenaventura Durruti, que se movía entre las masas como una culebra gramatical entre el verde de la grama acechando al punto y la coma que copulan a la sombra de la nemesia. Allí sentado al lado estaba el guardia, rascándose la cabeza. Estaba, cosa rara en verdad, leyendo un libro. Una olla de grillos, se titulaba. Los estudiantes le pidieron que lo leyera en alta voz. Todos se quedaron en silencio, mineros, terroristas y curiosos. Los incendios se apagaron por sí solos. Y el guardia comenzó la lectura del capítulo treinta y siete. —El orden no importa—, explicó. Pronto se perdió, alterado ante la anarquía formal que imperaba en el texto, y completamente transtornado, tres minutos después, con un mechero que no se sabe cómo continuaba vivo, prendió fuego al libro, y lo engulló, como los fakires del circo. Los espectadores se quedaron con la boca abierta. Sobre todo al ver que el papel ardía, pero que las palabras eran incandescentes. Solo alumbran. No se consumen. No desaparecen. El guardia después se fue a su casa. Encendió la televisión, se sentó en el sofá y le pidió a su mujer la cena y un vasito de bicarbonato, que algo de lo que había comido le había sentado mal.



172.
Palabras maliciosas, que hacen de las suyas, corrompiendo lo que las rodea, palabras perversas, de político en elecciones, de fariseo a la puerta del templo, palabras de demonio evangelista disfrazado de cordero, bandolero vistiendo la azafranada túnica del gurú de la secta de los Hijos del Bien, palabras inauditas, monstruosas, nefandas, dichas con tan mala voluntad que al lector le entran por donde no debieran, poniéndole los pelos de punta solo de echarles el ojo del culo encima. Se queda espatarrado en el sillón y no consigue cerrar la boca. El poeta le envicia, como los traficantes de las películas americanas a los niños inocentes que salen de la escuela de Walt Disney. El poeta le deprava como el Marqués de Sade depravaba a sus núbiles doncellas, palabras que estragan el gusto solo de dejarse oir, piedra de escándalo, mal ejemplo, el poeta es un abel hipócrita que se deja matar por Caín para que los otros digan que éste es más malo que él (lo decía Monterroso). El poeta es un barrabás, ofende el alma pura del lector, que no soporta verse sometido a un proceso tan intenso de contaminación astral. Se va al campo, a relajar, a pasar unos días, a leer libros frescos, a beber en buenas fuentes. El mamotreto maligno lo deja abandonado en la estación del tren. El poeta, que vio lo que el lector hacía, recuperó el libro inmediatamente, y malintencionado como él es, se lo regaló después a un viajero lusitano que esperaba la diligencia del abismo, para que lo leyese mientras aguardaba. Al portugués, que lo leyó detenidamente —era miope, y profesor de lingúistica— le parecieron unas prosas contagiantes, que dañan, apestadas, endiabladas, y lo que se quiera. Pero también le parecieron, que la verdad prevalezca, originalísimas. Y para decirlo escribió estos pocos renglones.


173.
El poeta es el arte. Y el lector es el pez. Cae en la red, muerde el anzuelo. El mar es de palabras. Palabras que sirven de carnada, la caña de pescar es una pluma, el sedal es un hilo finísimo de tinta que va dibujando en el espacio en blanco figuras de letras entrelazadas con misteriosos significados y ocultos propósitos. El mar es inexcrutable como el mañana. El arpón del destino acecha tras las hendiduras del tiempo. El poeta carga el garfio en la otra mano, con su cara de besuguero vasco, que vuelve de haber recorrido medio mundo, un gancho colgándole del cinturón, y un cesto al hombro repleto de pulpos, merluzas, bonitos, sardinas, camarones y ámbar de ballena gris. El poeta, escurridizo como una angula, dorado como el propio y peliagudo como el pez espada, desescama al lector, lo descabecha y lo frie en su chiringuito, a orillas de la playa. Y luego se lo come. !Está buenísimo!.


174.
Palabras para exigir, para reclamar, palabras que insisten, que exhortan, que imploran, palabras que piden, que mendigan, que suplican. El poeta echa los hígados, alza las manos al cielo y reivindica más atención. Llama a la puerta del lector, que le deje pasar, quiere congraciarse con él. Quiere arrimarse a él, no es un sablista ni un parásito ni mucho menos una arpía. Es solo un poeta que pretende, por todos los santos del cielo, que el lector, al menos por un instante, se quede quieto, preste atención, y escuche lo que le dice, susurrándoselo, al oido.


175.
Palabras para decir un paisaje, un pedacito entrañable de geografía de un grande pais. Por ejemplo, Brasil. Palabras que un acuarelista pintaría con colores vivos, tierra amarilla, azul de Rusia, rojo, purpurina, mucho frescor en la paleta y todos los verdes, verdachos y verdetes disponibles en la tienda del artista. Los primitivos verían un horizonte ingenuamente al alcance de la mano, los cubistas le verían doce ojos al viento que sopla entre las ramas del sauce, los impresionistas no conseguirían cerrar la boca al ver a una madre desgarrada por la angustia arrojando al hijo recién nacido al cubo de la basura. No tiene con qué alimentarle. El bebé llora como un descosido. No es ni blanco ni negro ni amarillo ni carioca ni nordestino. Está vivo, es brasilero, es solo un niño más. Le salvan los pulgos de patatas que le sirvieron de colchón y de alimento. Al mes siguiente (los de la colecta de basura llevaban tres años de huelga) lo encontró una señora clase A que tiró al cubo el condón con el que había engañado a su marido con el hijo que éste tuvo en su otro matrimonio con la que hasta entonces fue su mejor amiga. Como era estéril, le puso un lacito en el pescuezo, bermellón brillante, y se fue al Ayuntamiento a registrarlo, y luego al centro de salud a vacunarlo. Un grotesco policía municipal le quiso poner una multa porque el niño hizo pipí al pie de la farola. La verdad que era muy feo el pobre. La mamá adoptiva le compró un pañal y una cadena, para que no se le escapase. Bien manejado como un pincel en manos de maestro, podría tornarse un celebre académico de la Lengua. Lo educó con un estilo minucioso y dulzón, entre mimos y caricias, carantoñas y niquiscocios; resultó un jovencito ambicioso y relamido, culto, pedante, algo pastoso, con mucho jugo, caliente de temperamento y un resquicio agrio en el fondo del alma. Un día, en un burdel, se encontró con una mujer, ya mayor, que le sirvió de modelo para la obra que pensaba realizar. No la reconoció, ni ella a él. El pobre niño feo retrató la crica de su madre, sin saber, claro, que lo era, con asombrosa virginalidad textual. La mujer desnuda en un vallecito de ensueño, tumbada sobre el musgo, entre violetas y lobelias, la mano en aquel sitio, y al fondo el perfil de un riachuelo. Entre la verdura, escondida, la cabaña del leñador, que realquilaba el artista. En primer plano, sobre una mesa rústica y firme, un frutero, cristal de Bohemia finamente elaborado, saturado de genipapos, mangos, papayas, plátanos, chirimoyas y una enorma jaca de Bahía. El cielo parece una naturaleza muerta, sin adornos ni ornamentos superfluos, a no ser el angelote que canta aleluyas en un rincón del aire. Goya no lo hubiese hecho mejor. Al óleo, con brocha gorda y colores muy chillones, el poeta orante en la cima del monte de Venus. El lector hierático, en figura ecuestre, montando a galope de su madre con aire de sargento barroco escudriñando el panorámico paisaje, encantado con la rusticidad, con el pintoresquismo escenográfico de la escena. En primer plano, el poeta entonando, realzando, difuminando su obra. Con toques mágicos contornea, sobresalta, chilla y acaba por ejecutar un retablo del mundo minero, Minas Gerais al vivo y vista desde una desconocida dimensión. El lector muerde, desgrana, tritura las palabras del cuadro, a ver si son de oro o si son falsas, y bosqueja inmediatamente una réplica contundente, alineando sus principales críticas, expresando su absoluta disconformidad con lo dicho. Al fin de todo el poeta, zaherido y triste, embadurna sus impresiones, apaga su iluminación y cierra el paisaje. Y se va, tan pancho. Solo entonces la mujer, por un lunar en forma de estrella que tiene en la nalga, reconoce al hombre que apretaba entre los brazos, a quince reales la media hora. Todavía huele a pulgos de patata. Pero ya no es tan feo. Madre Minas se echa a llorar. Madre Minas Gerais. Entonces el lector lo comprende todo.


176.
Palabras pobres, que dan con el culo en la gotera. Más se parecen a un piojo resucitado que a un cura de parroquia de aldea en el páramo frío. Cortas de medios, casi sin ropa con que taparse las vergüenzas, los tacones torcidos. Palabras apostólicas, seráficas, que buscan asilo en el papel, entre los brazos de los ojos del lector; palabras que no tienen casa propia, no conocen lar y ni siquiera poseen siete pies de tierra donde caerse muertas. Palabras tan carentes, tan miserables, que mal pasan por los renglones, perdidas, arruinadas, palabras a quién el lector, apremiado ante tanta penuria, y viéndolas morirse de hambre, les da una oportuna limosna, y dos minutos de atención.


177.
Palabras soberanas, irresistiblemente poderosas, la voz de mando del general que retruena sobre el campo de batalla. Palabras eficaces que de veras muestran su fuerza expresiva, la energía del joven sargento garañón en sus escarceos amorosos con la esposa del jefe; palabras vigorosas, largas y profundas estocadas, cabalgando ambos al viento de la traición y del deseo impuro, con nervio, con empuje. Las masas sanguíneas que se rebelan contra lo establecido, contra la autoridad, el dogma, la moral dominante. Y los ejércitos en el campo de Marte tiñendo de rojo el rio. El general prepondera, aquellos son sus dominios, lucha por una noble causa, tan noble o más que la de sus enemigos. Nacieron para ser obedecidos, no les fue concedida la facultad de saber obedecer. Piensa, mientras galopa espada en mano contra la vanguardia del ejército rival, en su mujer, a la que ama tanto, aunque nunca se lo haya dicho así. Ella, sin embargo, le dice siempre que le ama muchísimo más, y él no sabe bien cómo, ni por qué. Bajo el sauce los adúlteros refocilándose, el crepúsculo cayendo, el estruendo de la batalla amortiguado por el murmullo del chorro de la cascada. Palabras pujantes, feroces, el amor virtual, el sexo explícito. Las formas literarias muy acentuadas, curvas y sombras y carne roja y sensuales movimientos de onda sobre la playa y escondrijos en los que meterse a descubrir a qué sabe la manzana. El lector, al alcance de la mano, ve la serpiente que se retuerce entre las ramas del sauce. Ve como acecha, bífida y mortal. El poeta, de muchas campanillas cuando escribe, se siente un pájaro gordo sentado en el trono del cacique en una tribu amawaka del alto Marañón. Otras veces se siente el padrino de una banda de mafiosos sicilianos que opera en los bajos fondos del mundo financiero internacional, decidiendo la suerte de sus personajes. Sabe que lo que el destino tiene entre ceja y ceja es muy difícil sacárselo de la cabeza. Palabras intensamente sentidas, palabras valientes, palabras que el general profiere con vehemencia cuando de repente comprende por qué el sargento le dijo que se encontraba mál, que pedía permiso para irse a enfermería. Y por qué su amada esposa amaneció esta mañana vistiendo el traje nuevo, el que él le regaló para el décimo aniversario de boda. Se quedó todo corrido y abochornado, momento que el general enemigo aprovechó para clavarle el puñal en la espalda. Le acertó de lleno en el ventrílocuo derecho. La muerte fue fulminante. No fue demorada como la de los amantes, que se retorcían de dolor echando sangre por los poros, el placer mojado en veneno, el orgasmo en la punta del aguijón de la serpiente, la belleza sucia, por causa de la tinta derramada. La serpiente, limpia y brillante, les miró, dándoles algo a entender, y se fue, dejándoles allí sufriendo, serpenteando entre los cadáveres que sembraron de muerte el campo de batalla.


178.
Palabras mágicas, palabras portentosas, palabras de hechizero. Mil maravillas dichas por arte de birlibirloque, y milagrosas palabras de artificio estallando en el cielo estrellado. Tanto asombran al lector que se queda deslumbrado. Con las manos proteje sus ojos. Piensa en dónde habrá dejado las gafas oscuras. Un raro fenómeno luminoso acontece de repente, en mitad de página. Una quimera que estaba durmiendo la siesta entre un par de renglones, en una hamaca, despierta, se levanta y le da un amuleto, que el lector se cuelga del cuello temblando de emoción, o de deseo. La quimera está buenísima, apetitosa y con solo un leve velo transparente cubriendo su inquietante desnudez. El poeta, vestido de mago, con la vara de hierofante erguida, se dispone a penetrarla. Lo pasa estupendamente, es obvio. No así ocurre con el lector, que traga saliva. Un viento sobrehumano, sobrenatural, arrastra en sí a un taumaturgo embeleñado, que en relidad es, de nuevo, el mismísimo lector, extasiado ante lo que percibe con su sexto sentido. Se quita la camisa, desabrocha el cinturón, abre la bragueta y saca a relucir un instrumento que asombra al poeta, no por su tamaño, que tamaño no es documento, sino por su inaudito resplandor. La quimera da chillidos de satisfacción, y aplaude como una niña ante las proezas del ilusionista, en el circo. Del esplendente instrumento manan blancuzcos polvos de la madre Celestina, como mana leche del pecho de la parturienta. Con ellos la quimera, relamiéndose, la muy guarra, elabora un talismán que al ser tocado con la yema de los dedos abre las puertas de lo oculto. Palabras auténticas como los estigmas que al lector le salieron entonces en las manos. Por un momento creyó ser Francesco el poverello de Assis. Comprendió que la teleempatía es el arte magno que el poeta usa para abrirle el tercer ojo, y hacerle leer con doble vista el imprescindible retazo de prosa con que pretende adoctrinarle, que aunque no es para nada ostentosa, nunca deja de asombrar.




179.
Palabras con tentáculos, palabras como moluscos, valvas y opérculos disfrutando de amor en el lecho de la musa, que cubierta de un manto de seda azafranada, revela al trasluz su desconcertante limpidez. Palabras lujuriosas, ostras con limón, el champán, la boquita roja que se ríe campanilleando ante el verso de Rubén Darío, que el poeta le recita mientras le ofrece probar un bocadito de chipirón relleno de cerebros de percebe. Más que sabroso, total. Palabras irritadas después por la melancolía que se abate sobre su alma hastíada, un pulpo tentaculando el ánimo con su fúnebre aliento. Los marineros y los argonautas conocen muchas de esas palabras. Es a ellos a quién el poeta les escribe estos párrafos, para que lean en el ostracismo de un domingo a la tarde, un día gris, lluvioso, de invierno, en alta mar. O un caluroso día de calma chicha, en el tórrido verano del trópico antillano, teniendo que llegar con urgencia a puerto, y sin motor ni viento alguno que empuje las velas. La corriente de dos nudos empujando en dirección contraria a la que marca la ruta. Palabras equilibradas, la aguja de la brújula, los cuernos del caracol, la concha de las almejas que luce la musa estampadas en su túnica azafranada. Palabras que huelen a ese aroma que de lejos se siente salir por la ventana de la cocina de la taberna si la cocinera sirve una ración de berberechos a la menta. Las palabras son como el calamar, de poca cabeza, muchas ventosas, pegadizas y completamente enamoradas del conquiliólogo de Villa Rica, que cría una sepia de estimación en el tintero, y está escribiendo una novela de quinientas páginas, en un estilo admirablemente rebuscado, sobre los amores de un percebe aún con los sesos en el lugar, y una navaja más estirada que el cuello de girafa que los pigmeos de las selvas de Uganda acostumbran a comer frito con ajo para ver si les crece el miembro viril. Un amor imposible, un amor viciado por las circunstancias, como el que une a la caracola y a la babosa, amor lésbico, nauseabundo. Un amor trágico, el del mejillón asturiano que en un puerto encaletado entre las rias gallegas conoció a una macha chilena, que por cierto usaba un pendiente púrpura en su oreja marina, un bigotillo facistoide sobre sus labios rojos, carnudos, sensuales, y una falda descarada. Era un travestí. Las otras palabras, horrorizadas con tanta perversión, se van haciendo mutis por el foro, sin decir a dónde van, ni explicar a qué vinieron. El lector se queda allí plantado, sin saber de qué lado de la concha ponerse a gozar del espectáculo verbal.


180.
Palabras en movimiento, gentes apelotonadas que en vísperas de Navidad recorren las apretadas calles del centro de la ciudad, palabras muebles como una silla que entra y sale, que sube y que baja sin la menor dificultad. Palabras manuales, de bolsillo, de quita y pon. Palabras que oscilan si están quietas, volátiles como los suspiros de una adolescente enamorada, inestable como las cotizaciones en la bolsa. Palabras que se aceleran, se saltan el compás, y rompen el ritmo en mil pedazos. Palabras frenéticas, que vibran, que se agitan víctimas de frecuentes temblores. Para mantenerse en forma hacen gimnasia, y si sufren alguna convulsión toman una aspirina con medio vasito de agua fresca. Viajan mucho. Las vacaciones las pasan andando por los senderos del inca, en el espinazo de la cordillera de los Andes, o recorriendo la selva Lacandona en busca de una ciudad perdida, o danzando muertos de frio entre los hielos de Magallanes. Palabras que ahora retroceden, se dan la vuelta, como si fuesen un guante, y se adaptan a lo que querían decir. Palabras con agilidad simiesca, portátiles, que se llevan al hombro, palabras que no crean moho, inoxidables, que no gastan mecánico, se disparan con solo apretar el botón rojo, y fluyen entonces como las aguas de un rio desgobernado. Juegan mientras caminan, funcionan vacilando y se jactan, aún así, de ser muy tranquilas, modosas, sosegadas. ¡Qué poco se conocen a sí mismas!.


181.
Palabras nacidas en la boca de un escorpión, lengua de víbora, feroces como el hacha del verdugo, que no deja ni un hueso sano en el lector. Se meten en su vida, le hincan el diente. Palabras con las que el poeta desolla vivo al que las deletrea. Luego lo muerde, lo saborea con regodeo. Palabras rumores, que en mala hora triscan con su poderosa tijera la honra de la gente. Al lector le imputan, por poner un ejemplo, crímenes horrendos. Se le achaca también su falta de carácter. El descrédito, la calumnia, el murmurear de los lenguarudos criticones hacen mella en él. Palabras que hablan mal, que censuran, que comentan con doble sentido lo que sucede, palabras de pueblo pequeño que cotillea en la somnolencia de la hora de la siesta, han visto salir al señor cura de la casa de la viuda Filomena, la dueña de la tabaquería. Gruñen las beatas a la puerta de la iglesia, rezongan los fascistas en la mesa de la taberna, jugando al dominó, descueran las quinceañeras al profesor de anatomía, mientras lavan ropas en la fuente del Tilo. La murmuración es un río desbocado, un caballo salido de cauce, un poeta sirviendo comidillas picantes en un plato al lector, que se relame de gusto mientras las digiere satisfecho.

182.
Palabras vanas. La fama. Ventoleras alfabéticas que el escritor desgrana ufano y relamido, pavoneándose, para que los lectores se queden estupefactos ante tal demostración de fuerza. Palabras petulantes, pedantes, presuntuosas, que se dan mucho postín, palabras chulas que pomponean a la puerta de la Academia, exigiendo a los doctores de la Lengua que abran los ojos a los nuevos lenguajes literarios. Frente a la manifestación, el poeta, un leonino escritor de pena fina, envalentonado ante el nonagenario carcamán que le abre la puerta. El poeta se da pisto y charol mientras lee el discurso en que menudea sus reivindicaciones. En un momento dado el docto académico le pide que por favor aguarde un momento. Que se ha olvidado el audífono en el cajón del escritorio, que sin él no oye nada. De rabia, el poeta escupe bocanadas de sangre, como si algo se le hubiese quebrado por dentro. Se le va la fuerza por la boca, el alma se le pierde y no se murió porque el viejito le invitó a pasar y a sentarse, le estaban esperando.


183.
Palabras dichas a propósito, que le vienen de perilla al lector, como si fuesen hechas con el molde de sus anhelos. Palabras exactas, pertinentes, que le aciertan en el momento crítico, en el lugar preciso, lance que en un tris le pone en trance. Al márgen del papel, fuera del enredo, existe un lugar en el que sin ningún pretexto, sin fecha y sin plazo, jornada tras jornada los humanos se pasan la vida leyendo a la orilla de un apacible riachuelo de montaña, esperando generación tras generación que el río pare de correr y les de paso. No conocen el puente, ni la balsa, ni saben que el riachuelo se puede atravesar en dos pasos, cubre por las rodillas. Extraño caso, rara circunstancia que sin embargo le viene como anillo al dedo al aburrimiento del lector, quién ante tan insospechado acontecimiento deja sus labios sonreir. ¡Le han tocado!.


184.
Palabras llaves, palabras claves, con mucha ciencia, que todo lo que dicen se lo saben al dedillo, palabras viejas y sabias, la ruda, la sarna, andar a pie, palabras que observan, calan hondo, conocen como el avemaría de lo que tratan, y por si fuera poco esconden la mucha lectura, la cuidada instrucción, la estudiada doctrina, las innúmeras teorías manejadas en el sustento del discurso. Palabras, en fin, que son algo más que un mero dato, son las notorias columnas de papel que sostienen el templo del saber. Palabras con todas las letras, hechas y derechas como hombres de provecho volviendo de la siega, el sudor en la frente, la bota de vino, vacía, al hombro, y muchas palabras corrientes, comunes, rutinarias, con que entretienen el coloquio de la larga caminada que les falta hasta llegar al pueblo. Palabras tan cultas como lo pueden ser las que brotan de la boca de los analfabetos, que a menudo saben más palabras que nadie, aunque no saben leer y escribir las sabias palabras que saben sí pronunciar con aires de instruidos y competentes intelectuales los señores poetas que toman un café en la docta tertulia del Casino Municipal, en el que el laureado juega al dominó con el viejito carcamán que preside la Academia, y que por cierto se deja ganar para que el otro no se moleste. Es un anciano muy culto y comprensivo. Palabras que son más que letras, más que cultura, pura literatura.


185.
Palabras fugaces, escritas a lumbre de pajas, en un avemaría, en un abrir y cerrar de ojos. Palabras tan cortas y prestas que ni la breve Belleza consigue retenerlas. Un estallido de luz, un instante de silencio en el desierto del alma, y en un periquete lo que tenía que ser dicho, fue dicho. Las palabras volátiles, efímeras, se escabulleron como anguilas entre las manos frágiles de la diosa. Un relámpago iluminó la escena, un puro segundo de sentimientos encontrados, lo pasajero y lo eterno, lo vano y lo sustancial, el tiempo y la nada.


186.
Palabras que van y vienen, no se deciden a decir nada en concreto, vacilan y perplejas se quedan ante la inutilidad de las redundancias que menudean en el hilado estilo con que el poeta teje sus prosas endiabladas. Palabras tímidas dichas de forma cobarde por quién no osa dejar de escribir, callar la boca y ponerse a vivir en serio. Un alma en pena detenido en la cárcel del destino humano, atacado por una musa furibunda que le araña el rostro con sus labios rojos de pasión. Oscilando entre el anarquismo, de entre las doctrinas sociales la más sana, y la vagancia, de entre los defectos el más divertido. Palabras inseguras, que dicen con reticencias, como si temiesen ser comprendidas, o como si sospechasen que al serlo se quedarían sin sentido, sabiendo que una vida sin sentido no merece ser vivida. Palabras que balancean los pies, zangoloteando en el abismo, palabras pronunciadas con todos los escrúpulos inimaginables, palabras que dan vueltas, sin atreverse a quitarse las ropas y desafiar al hermoso contrincante, sin atreverse a quitarle el hojaldre al pastel, palabras que oscilan, el péndulo de un reloj de cuco, conjeturando, titubeando, marcando el ritmo del alma del lector, que va y viene de las asperezas a las iluminaciones del texto.


187.
Palabras que ponen al corriente, que dan parte, que hacen presente. Palabras que dicen, que indican, que señalan. Palabras que informan, enteran, orientan, avisan o atormentan. Tantas palabras, tantas razones, tantas revelaciones. Y el hombre ciego, sordo, mudo. Sin saber por dónde anda. Sin saber a dónde ir. Y sin saber por qué.


188.
Palabras hermosas, una cascada de largos y rizados cabellos negros, una niña preciosa, morena y desnuda bañándose en las aguas de un espejo, palabras ideales que reflejan la maravillosa morbidez, el sublime resplandor del bosquecillo, las carnes soberbias, los elevados principios estéticos, las divinas curvas de los senos, la peregrina risa cristalina. Palabras lindas, que carcajean al sol de la penumbra del bosque, palabras graciosas, la niña escabulléndose chorreando por el sendero que lleva al lago azul. Palabras encantadas, el duendecillo sátiro y burlón, verde cual un sapo, sentado sobre el musgo de una piedra negra, con una esmeralda brillando en el cuello. El duende lee un libro de palabras todas sublimes, todas elevadas, palabras de amor que la niña bella le repite besándole en la frente. Ella siente curiosidad ante el personajillo, le besa de nuevo, ahora en la boca, y sale corriendo, chisporroteando, a zambullirse otra vez en las aguas del lago. La cascada retruena, plena de satisfacción. La ninfa pule el azabache que borda su larga cabellera con la espuma que el agua produce al batir sobre el lecho de cuarzo. Primorosa niña bella con tantos encantos como la primavera, toda de palabras finas, pura arte encarnada. Después se asoma al estanque, que recuerda a un pimpollo de narciso. Y se agacha para acariciar la cabeza del cisne. El poeta, que le ve todo, se santigua. Y se pone como loco a escribirle un soneto, con palabras serafinas, galanas, palabras que se meten donde no debieran y acaban causando incalculables estragos. La niña le da un bofetón y sale corriendo espavorida. El duende se retuerce de risa mientras come un honguito dorado que crecía a sus pies. El lector enciende un cigarrillo; si no fuma ni se roe las uñas, chupa un caramelo o enciende la televisión. Cualquier cosa, con tal de salir de allí.


189.
Palabras nevadas, cumbres de argentina albura. Entre las letras el candor, bajo el significado un luminoso montón de secretos mal guardados, y entre los puntos y las comas un angelote feo, bueno, católico y sentimental, un angelote pálido, con un perlino hábito gris, un rosario de cuentas nacaradas en la mano y un aire álfico, de quién se cayó del nido en el cielo cuando estaba persiguiendo a una musa vestida de armiño. El angelote desgrana una letanía blanca mientras la musa se desprende del abrigo. ¡Qué frío!. ¡Tanta Belleza!.


190.
Palabras leves, ingrávidas, suaves y mórbidas. Palabras que se estiran y retuercen, con la elasticidad mágica de las contorsionistas de los circos, palabras maleables como el oro, dúctiles como el cariño, con esa ternura especial que despiertan en las abuelas los bebés, palabras mullidas y esponjosas, el colchón de plumón de pato, el lento atardecer, la cimbreante mujer que se detiene ante el acoso amoroso del poeta, palabras que relajan, que se ahuecan, reblandeciéndose por dentro cuando el lector se las lleva, con la punta de la lengua, al paladar.

191.
Palabras que pasan de un extremo a otro, que toman giros inesperados, palabras de mil vueltas que mudan de semblante como las serpientes de camisa, palabras versátiles, desiguales, siempre diferentes, que se metaforsean ante la mirada perpleja del lector, novedades que pasan de moda, los hijos crecen, la vida que se va yéndose a cada día un poquito más, palabras que innovan, si estilizadas y atrevidas, palabras que corrompen si proselitistas o doctrinarias. Palabras que se tornan diferentes cuanto más parecidas a ellas mismas son. Y que por ello nos perturban.


192.
Palabras que parecen benditas, como si quisiesen hacer comulgar al lector con ruedas de molino. Palabras simples, tan sencillas como un ingenuo aldeano castellano que se presenta, boina en mano, ante el señor Juez de testigo de una contienda conyugal acaecida en la vecindad de la aldea. Palabras con alma de cántaro, un moco colgándoseles de las narices, palabras que parece que acaban de caerse del nido, tan inocentes, tan simplonas como el angelote de antes, palabras que hasta un pobre diablo, un cateto en estado puro, y que nunca fue a la escuela, un desdichado columbino, panoli y bobalicón, es capaz de entender.


193.
Palabras con carácter, con sello propio, de marcada personalidad y geniales argumentos. Hubiesen podido ser abogadas, políticas o curas de iglesia. Prefirieron ser un trozo de prosa a caballo del viento del olvido, palabras de buena madera, los clavos de sano humor, a veces oxidado o corrosivo, pero siempre de índole positiva, que no pretende ofender a nadie. Palabras características, sensibles, nerviosas, un pura sangre en celo, el hereje contumaz a punto de arder en la hoguera, y en silencio rezándole a su dios. Palabras perversas las que el cetrino inquisidor le dirige con la tea en la mano, antes de prenderle fuego en nombre de otro dios según él mucho más justo. Palabras insensibles que la reina le susurra a su amado esposo en el palco de honor, al oído, mientras con la otra mano acaricia el miembro empalmado de su amante, vizconde de tres al cuarto, con un bigotito ridículo y un muy buen hacer en la cama, que entretanto conversa de nimiedades con su vecino. Palabras sin entrañas las del vendedor de ilusiones, que en los bajos fondos de la ciudad comercia una papela de droga con un niño que acaba de matar a un anciano para robarle los treinta reales de la dosis de esa tarde. Palabras que como las de los políticos, los abogados y los curas de iglesia, suenan todas igual. Unas nacen sabiendo que no han de morir de cornada de burro, son tan serviles, parecen políticos cagandando soltándole el discurso en busca de un voto a una familia de pobres, pusilánimes y desalentados campesinos. El político ese en el fondo es un gallina, un cobarde, y vive acojonado, teme que su rival descubra sus poco convencionales preferencias sexuales. Además es un personaje falso y tremendamente deshonesto, y afeminado. No solo se lo hace con las cabras, sino también con el cabrón. En sus arengas a la multitud de oyentes, alucinados por lo bien que habla, se apoya en palabras podres, pura bellaquería verbal, y a pesar de ser más lerdo que un papanatas caído por accidente en las oficinas del cerebro del sistema financiero internacional, suelta de vez en cuando tres o cuatro latines, o dos y hasta tres dichos meticulosamente ciertos. Las palabras, pobrecillas, se arman un follón; al político se le hace un lío la poya cuando le flagran en una foto un par de periodistas haciéndoselo con dos cabritillas mellizas como las del cantar de Salomón, en el burdel más reputado entre las autoridades de la Capital, la trastienda del congreso de Diputados. Al poeta, de tanto reir, se le cayeron también las calcillas, y se le vió todo. Y el lector, en bragas, huyendo de una liebre con el rabo entre las piernas. ¡Vaya desbarajuste!. Otras palabras acudieron a prestar socorro. Palabras delicadas, tan finas, tan distintas, que dejan en evidencia la nobleza del carácter, la bondad del estilo y el donaire que impregna su prosa. Palabras cervatillos, palabras ligeras, gacelas saltando alegres en la pradera. Palabras elegantes, golondrinas vestidas de etiqueta patinando sobre el hielo del estanque, palabras que señalan con facilidad y cortesía lo que quieren exactamente decir. Al final, por puro y suficiente buen gusto, le ponen un poco de crema, con aires de dandy, al entendimeinto del lector, seguramente tan lechuguino y atildado como el que más. Otras palabras estallan entonces, cohetes en noche de fiesta y celebración del triunfo en las elecciones. El apasionado político ya es presidente de gobierno, el cabrón es nombrado Ministro del Interior, para que joda bien a todo el pueblo, y la cabra, Blanquita, que se come todo lo verde que se encuentra en el camino (no solo sexualmente es muy voraz), es nombrada Presidenta del Banco Central en que se guardan los dólares, que sabido es que no son precisamente azules. Ya saben lo que quiérese decir. Luce la luna nueva bordando con hilo de plata el negro manto azul del cielo. Es la noche de San Juán. Arden las hogueras. Crujen los huesos del bambú que proteje del viento el fuego alegrador, traquetrean los huesos reumáticos del poeta, ya abuelo, hablándole a los nietos de cuando, a sus cuarenta y tres años de edad comenzó a escribir un libro llamado Palabras. Los peldaños de la escalera de la casa en que vive por entonces hacen un ruido especial, como el que hacen las tripas del glotón de la fábula, que se atragantó con un pedazo crudo de palabras rotas, y explotó, convirtiéndose en sabrosa golosina garrapiñada. Los inevitablemente hermosos versos del poeta Pessoa disparan su lirismo acentuado desde el estereofónico sonido de un tocadiscos que una mano misteriosa pone a funcionar. El lector se sobrecoje de ánimo al entender que algo milagroso está aconteciendo en el palco. Las palabras, en una emocionante sesión de estriptís, se acumulan y se entremezclan, y luego de pronto se disuelven, partiendo en estampía por los espacios siderales, o discurriendo dulcemente como el agua que transparece sobre las piedras que cubren el cauce del riachuelo. Hay muchas maneras de decir una palabra que suene como un petardo en los oidos de un sordo que no es capaz de oir lo que le dice la piedra del camino en la que acaba de tropezar. ¡Mala suerte!. Fue una muerte estúpida, pero no sufrió nada. Sintió un zambombazo en la cabeza, el tronido del sueño definitivo y no dijo sino unas pocas palabras pessoales, al expirar. ¡Que descanse en paz el poeta!. Y que los nietos de sus nietos le sigan leyendo cuando a ellos la muerte también les llame. Amén.


194.
Palabras precisas, dichas con rigurosa y severa disciplina, palabras puntuales dichas al pie de la letra, sin quitar ni poner, sin faltar una coma. Palabras limpias, escritas con miramientos de poeta enamorado, escritas paso por paso. Palabras cabales no más, no menos, matemáticamente rimadas, justas, y sobre todo, nadie duda de que es lo más importante, palabras ciertas. Palabras perfectas. Palabras exactas. Las que sueña decir el poeta.


195.
Hay palabras que sirven para mirar el pro y el contra de las cosas, para calar hondo y catar, para reflexionar, para pesar, para medir, para rezar. ¡Ave María Purísima, que manera de escribir!. Palabras que ayudan a buscar, que miran y reconocen, como si fuesen autónomas, independientes. Palabras ciertas para el análisis, para la crítica, ese hermoso ejercicio del criterio propio, palabras para vigilar, que nadie se escape, palabras que juzgan, palabras que reprueban y condenan. Son muchas palabras, tal vez demasiadas. Es muy dificil ponerlas todas reunidas en el tapete. Se disuelven, se disgregan.


196.
El poeta, a veces, días raros, por la mañana, el sol algo nublado, los pajarillos los mismos de siempre, se siente feliz. Y entonces, sentado sobre el musgo de una piedra, a orillas del riachuelo, horizontes y valles y montañas, "no cimo dum oteiro", el poeta escribe y escribe sucesivas palabras de espuma. Palabras de yema, con crema de leche batida en caramelo y canela en rama y vainilla a gusto. Palabras de oro molido, con mucha altura desde la que escrutan el alma atenta del lector, ensimismado en lo que se le cuenta. Palabras casi sublimes en su grandiosa magnificencia de papel. El poeta, un cualquiera, en efecto, mientras las escribe con una mano, con la otra se hurga la nariz. ¡Es un guarro!.


197.
A menudo el poeta se excita, nervioso e inflamado como él es. Parece que le estuviesen las musas haciendo cosquillas, que los dioses le soplasen al oido. Escribe palabras exaltadas, que encienden al lector, palabras con ansias propias, fogosas y acaloradas potrillas en celo, enfebrecidas por el deseo, la noche y la luna, con un fondo de tormenta en el horizonte negro, y mucha violencia entre los contrincantes de la batalla campal que se desarrolla en el lecho, la musa toda arañada, sus muslos prietos, los dientes refulgiendo como la punta de la varilla de un hada, tilinteando, titilando, y tan desnuda y tan hermosa y tan traviesa y tan descarada. Palabras sueltas y salvajes que se entregan al ejercicio del placer con fanática esclavitud, palabras sectarias que quieren convencer e idiotizar. Y la musa dando unos chillidos de gata que ponen los pelos de punta. Al lector se le hace la boca agua.




198.
Palabras que se pasan de la raya, que se pasan de rosca, que se pasan de castaño oscuro. Muchas palabras tiene el castellano para decir las cosas. Pero cada vez los castellanos tienen menos tiempo para decirlas. Ahora las dicen sus mujeres, y los del fisco, y la televisión, y los diplomáticos de carrera y los gobernantes vendidos al oro del demonio. Palabras de vicio, el colmo de los colmos, tan enormes, tan redundantes, tan superfluas. La destemplanza del poeta acarrea graves consecuencias morales en el alma del lector desatento. El exceso de palabras espanta al lector perezoso o poco curioso por saber lo que sucede a continuación. Sucede que muchedumbre de lectores huyen aturdidos por el ruido ensordecedor que producen las palabras cuando se frotan entre sí. Otros suben el volumen de la tele, o hacen las cuentas del impuesto de renta, o leen el periódico aburridos en un rincon del café, o escuchan de su mujer lo que no quisiesen escuchar. ¡Qué le vamos a hacer!.


199.
Palabras que configuran un misterio geométrico, biconvexas, informes, con escamas y penachos, y un rabo. Palabras que adornan lo que el poeta quiere decir, pero que en ningún momento lo dicen en absoluto, si no no sería un misterio, sería una imagen, una efigie, una silueta tal vez. Palabras de líneas curvas entrando en los ojos del lector, que no sabe quién es, donde está, en qué tiempo vive, palabras que moldean su cerebro, se plasman en él, lo cuadran, lo lavan, lo desfiguran y lo bautizan con un nombre nuevo, rematándolo con un copete de rosas y corazones en flor. Lo que se llama en psiquiatría un lavado de cerebro.


200.
¿De dónde le viene su fuerza a algunas palabras especialmente bien dotadas? ¿Por qué unas son más robustas que otras?. Hay palabras de bronce, con buenas espaldas, brazos potentes, palabras graves, de peso, palabras que se esfuerzan continuamente, que letra tras letra intentan, forcejeando con el lector, meterle en su cabeza el aliento que anima el alma, sustento del espíritu, vida elemental que late bajo el vigoroso nervio del diccionario, en el que todas las palabras hallan cobijo, como todos los humanos lo hallamos, tarde o temprano, en la continuidad de la sepultura.


201.
Palabras vanas, superficiales, con las que los amigos en el bar entretienen su aburrida conversación de fútbol y mujeres, palabras que adolescentes adinerados paseando en el centro comercial dicen mientras fuman sus primeros cigarrillos y discuten de esoterismo y ecología minutos después comiendo una hamburguesa en el macdonald de la esquina, el que construyeron sobre los cimientos de la Tabaquería, frente a la farola que en las noches de niebla sirve para abrigar el beso de los enamorados. Palabras tan triviales que no valen un comino, palabras sin meollo, huecas, que no montan una paja, ni un cabello, ni siquiera montan un cacao o un grano de ajonjolí. Pobres palabras fútiles e insignificantes con que el poeta teje sus sutilezas, sus telarañas, sus relumbrones y sus bagatelas.


202.
Humo de pajas entre las líneas, agua de cerrajas para que el lector sacie su sed, dos o tres ceros a la izquierda del texto, un banquete de repulgos de empanada y los vecinos todos alrededor de la mesa, diciendo chismes, fruslerías, tratando de temas triviales, entre copa y puro, palabras cortas, de medio pelo, baladís como resolver un crucigrama, infundadas como los rumores de devaluación en el decir del Ministro de Economía y bizantinas como las discusiones de los ángeles marcianos sobre si los hombres que pueblan el planeta Tierra tienen o no inteligencia. Llevan siglos discutiendo y no se ponen de acuerdo.


203.
Palabras graciosas, que se cimbrean como las caderas de los travestidos en noche de juerga, palabras jacarandosas, que se atreven, con desenfado, y ágilmente tiran la ropa ante los ojos desorbitados del lector. Tantas palabras desnudas, palabras sueltas, esbeltas, gacelas que pastan al atardecer en las praderas del Verbo, lozanas mujeres andaluzas danzando en el tablado al son de la luna que castañuelea en el cielo estrellado. Palabras elegantes como gueisas de Kioto que con una pluma de pato y el salero de las prostitutas de los puertos del Mediterráneo le hacen cosquillas en el pie al lector, quién se ríe con reprimidas carcajadas de satisfacción. Palabras apuestas, aguerridas, que lucen con garbo su desnudez cristalina, sus sobrios argumentos y su innegable donosura.

204.
Palabras que la musa susurra a los oídos del poeta, la musa que es sabido que detesta palabras mezquinas con toda la fuerza de su alma, fuente inspiradora de la que bebe el poeta con fruición: —No soporto las palabras avaras, palabras de baja ambición, positivistas de pacotilla, palabras codiciosas escritas para los oidos de los usureros. Palabras que no tienen que ser bellas, no tienen que decir, tienen que enredar, tienen que rendir, tienen que dar lucro—. Los editores, que no son tan tontos como parecen, le aprietan las clavijas al poeta, y hacen su agosto dándole de comer para que trabaje a pasto y sea productivo y eficiente como un molino de harina o una fábrica de macarrones. Y sobre todo que sea muy comercial, que todo el mundo le entienda, hasta los clientes del Macdonald que construyeron sobre las ruinas de la tabaquería de la esquina en la que a la luz de la farola se besaban las parejas antes de que desinventaran el amor.


205.
Hay palabras que sirven para alojarse en ellas, son tan hospitalarias. Se puede establecer el lector confortablemente en sus extensos y bien amueblados aposentos. Morada de poetas y escritores, a menudo los dos son uno mismo y siempre el mismo, las palabras tienen en sí el fuego del lar, y sirvan de cubil, de caverna, de caserón en ruinas o de cobertizo para los criados —muy puesto, muy cuidado— sirvan de casa solar y ultramoderna —construida con un material raro, la saliva de un pájaro ligada con tierra de hormiguero, un material novísimo, ultrarresistente, leve, opalino y térmico— o de refugio antibombas subterráneo, el caso es que se vive muy bien en ellas. Hay palabras que parecen la choza de un indio al lado de un brazo del Amazonas, en medio de la floresta impenetrable, la tienda de un beduino que camellea el Sahara vendiendo sus mercancías de oasis en oasis, el rancho de un brujo huichol, en el Méjico de los cantos y las flores, la chacra de los campesinos del altiplano colombiano, en Tierradentro, donde se da el mejor café y la mejor coca del mundo. Por eso los colombianos son tan despiertos. Hay palabras que sirven de bochinche para que se reúnan a trabajar los artesanos del cuero de una comunidad hippie de las montañas de Atitlán, a orillas del sagrado lago de Guatemala. Otras son barbacoas, en la pampa argentina, a la sombra de la que los fieros gauchos asan las carnes y ceban el mate, entre el plañido de una milonga y el quejumbroso guitarrear de un martin fierro anónimo y cualquiera. Los chamizos que ocupan los negros del quilombo también sirven para que las gentes se amen, y ese amor es tan grande y lujoso como los palacios de los bramanes de la India. El quilombo es el diccionario; las palabras, los mayordomos etíopes que pueblan sus páginas, garrapatos de tinta utilizados por el lector para pasear, escudruiñándolo todo, por las salas, salones, alcobas, cocina, biblioteca, cuarto de costura, almoxarifado, el camerino de la duquesa, el almacén de intendencia y el despacho del jefe. En el desván de los baúles olvidados, entre telas de araña y penumbras centenarias, una auténtica leonera, se encuentra situada la celda del hermano anacoreta. El diccionario ahora es un convento de misioneros situado en el centro del infierno verde africano, las palabras están tostadas como el café de Nigeria cuando sale del horno torrefactor. El poeta es un cafre que por primera vez en su vida escucha hablar de que Dios es Uno solo, y siempre el mismo. Se chupa el dedo. Y en Dios halla refugio y consuelo el lector, que con un taparrabos y lanza en ristre, y aunque es más ateo que el diablo que todos llevamos dentro, se va a la Iglesia, no a rezar, no, sino a follar, que tiene marcado un encuentro secreto con la enfermera de la misión, una monjita pícara y atrevida que en realidad es la musa del poeta disfrazada. Una musa divertida, peladita y esencial.


206.
Palabras que le rompen a uno la cabeza, tan insistentes, nos persiguen, nos acosan, ¡dale palabras!, y cuántas monsergas, cuánta impertinencia. Palabras machaconas, que se repiten con pesadez, amolando, molestando. Palabras que llegan a sofocar, que fastidian, que dan la murga. Y que ni siquiera sirven para matar el aburrimiento.

207.
Palabras íntimas, que nacen en el jardín del alma, en el riñón del estilo, en la conciencia del Verbo. Palabras huecas, vacías, de tan profundas, palabras que se confunden con tripas, con entrañas, que parecen médula pura, de tan enzarzadas. Palabras que manan de la pluma de un poeta ensimismado, recogido en su sanctasantorum, una choza de bambú en la ladera de la colina, a orillas del riachuelo, el puente pintado de rojo y curvo, el estanque poblado de cisnes negros, y el altar donde guarda sus preciosidades, aquellas últimas palabras que de tan interiores y penetrantes ni los magos ni los sabios consiguen pronunciar sin disolverse, pintado de azul y laca damasquinada con acero de Toledo, hilos de oro y perlas de Ofir. Solo a los poetas les es posible desvelarlas. Y a sus lectores.

208.
Palabras que se hilvanan, improvisando sobre el blanco del papel una novela, alambicando gota a gota el enredo, por otra parte del todo inexistente, un espejismo, una alucinación, un sueño. Palabras que dejan correr la pluma, que amplifican, poetizándola, la realidad, palabras que visten y calzan a sus ampulosos personajes. Trozos de Verbo encarnado, textualmente. Palabras que sirven para el diálogo, ingeniosas, espontáneas, llenas de espíritu y donaire, palabras de carácter, localizadas en el espacio en blanco, sin pautas ni renglones, márgenes o esquinas. Palabras infinitas, siempre hay una más, colocada al lado, o en frente, ahí, aqui o acullá... ¡qué maravilla, qué palabreja hermosa, enigmática e inquietante!. Acullá. En el lugar distante desde el que Piazzola toca su bandoneón eterno. Palabras que tejen, punto por punto, una esfera, o tal vez sea solo un palmo de tierra, en un terreno baldío. Palabras que limitan, cercas vivas y trepadoras, como la hiedra, como los políticos, palabras que viven sobre las cumbres de los altos picos nevados del arte, palabras que nos sumergen en las profundidades negras del olvido, simas abisales en las que solo la memoria consigue penetrar. El bandoneón sonando en el silencio, y una flauta dulce entre las páginas del diccionario. Palabras que encierran al muerto en su tumba, al loco en el manicomio, las ovejas en el corral. Y al lector entre las letras de un tango que no acaba sino de comenzar. Palabras inflamables, combustible que llamea despabilado por el soplido de la musa y con ayuda de un fosforito ardiente llamado Inspiración. Inspiración Buendía, como los nombres de los personajes que Juan Rulfo buscaba entre las lápidas de los cementerios. La llama que alienta la prosa efervescente del poeta escupe sin cesar con sus lenguas de fuego palabras señales, el indio haciéndolas con humo en la cima del otero, el almuecín recitando el Corán, mientras prende la almenara en lo alto de la torre de la mezquita, el joven que en el puerto le da la bienvenida a "un pobre pájaro perdido que vuelve a confundirse con el cielo que nunca más podré recuperar". (De nuevo Piazzola. El tango no muere. Mucho menos el recuerdo de un amigo). Palabras hermosas como teas de rubí, el alegrón con que los hermanos se reencuentran. Arde la virtud en las manos que se aprietan y se reconocen, se atizan los recuerdos con alegres carcajadas. Y entretanto, con la tea en la mano, ebrias de soberbia, monjes de la Inquisición en una encarnación anterior e improbable, otras palabras encienden la fogarata en la que han de purificarse los herejes, los árabes impíos, los indios sin alma, los negros, por cafres, los maricones, por serlo y las brujas, por feas. Al poeta también le queman, los bigotes que usa son prohibidos por ley. Pero el poeta no muere abrasado, no arde. Se muere de risa. Y se queda allí en la hoguera como San Lorenzo en el horno, a gozar mientras expurga sus pecados. Palabras certeras como tangos que se repiten a lo largo del recuerdo, palabras que se clavan, dardos que le aciertan al corazón del bandoeón que toca entusiasmado el maestro, palabras saetas fulminantes, el fogonazo del arrepentimiento de los dioses. Palabras que se encienden al ser leídas, que se avivan al ser comprendidas, palabras profundas como heridas que la flecha de Cupido provoca en el pecho del alma del artista.


209.
!Ah de casa!, grita el poeta al llegar al sitio de las palabras que indican el camino a seguir. Palabras que nombran las cosas, que llaman a cada uno por su nombre, que citan a los responsables del desenfreno lírico, y les convidan a mantenerse en silencio por un buen rato (el arte es un gato que le roe el tiempo a un rato perdido). Palabras que evocan tiempos mejores, más felices, aldabonazos en la conciencia adormecida del lector, que se queda adormilado mientras busca su nombre en la lista, y no lo encuentra. Ni sus apellidos. Tal vez no sea con él con quién hable el poeta. Tal vez él no quiera ser convencido, ni mucho menos convertido a alguna secta demoníaco—literaria. Cuando repica la campana el lector no sabe dónde. Vuelve atrás, relee con atención. Ring—ring, suena entonces un timbre. Alguién pulsa el botón, alguien que no quiere aporrear la puerta. Aunque el picaporte de bronce repujado es muy llamativo. Y las palabras, pasando lista, a ver si falta alguna. Y el lector sobrando, y sin sabrir (sabrir: no saber si se abre una puerta. Palabra aún no reconocida por el diccionario de autoridades). Es que el lector no ha sido emplazado. Le pican las dudas, se rasca la cabeza. Después se arrodilla e invoca a su dios. Está muy loco. Reza y llora. Guarda mansamente las cosas del vivir, su pequeña poesía de adioses y de balas, el tabaco, el tango, un penúltimo whisky y se va enamorado de su muerte camino del porvenir, por la esquina de la farola de la calle Santa Fé. A la altura de Corrientes se cruza con una tristeza honda y piantada enamorada ciegamente de un ciempiés. Entonces, por fin, nombran su Nombre. Ástor. Y todo se entiende: "Abrázame fuerte que por dentro me siento muerto".


210.
Palabras mecanizadas, con una enrevesada ingeniería automática que las sabe poner en marcha. La fuerza motriz de la musa, un tractor que ejerce presión sobre la mente abierta del poeta, ligado por antenas helicoidales a la órbita en que fluctúan boyando como un corcho sobre el agua las cosas del arte. La presión de la realidad, la energía del amor condensado en una noche de sexo insoportable, escritura virtual que ejerce de masa aplastante, con la consistencia de un diccionario, en equilibrio sangriento sobre la punta afilada de la pluma. La tinta y el trabajo del poeta, la bencina y el motor. La paciente reacción del lector es el lubrificante que no deja chirriar el bandoneón. Por fuerza de inercia las palabras se suceden. Van y vienen frotándose unas con otras, como en un autobús, y no todas se afeitan las axilas, ni son tantas las que usan desodorante. Cabalgan a lomos de la inspiración en un veloz caballo de vapor, el dinamómetro en la mano, la rienda suelta. La trayectoria del discurso la definen las rectilíneas pautas del papel, raros engranajes circulares y dentados, draculinos personajes que aparecen y desaparecen como liebres en el bosque. La correa transmisora no es de goma, sino de puntos y comas, o dos puntos y aparte, según sea el caso. En el piñón se multiplican prodigiosamente las fuerzas de la musa, que hace fuerza tan buena como está con solo su presencia y su furor de diablesa en celo en una tarde de primavera a orillas del precioso lago azul. Las cadenas que llevan el movimiento a los diferentes ejes directores son cuidados por aplicados adjetivos, limpios de pena y grasa. Palabras valvulares, centrípetas, entran por el diafragma en el alma del lector, y si están bien reguladas consiguen hacerle tilín. Tilín—tilón, la máquina se pone en funcionamiento. El cigüeñal chilla, el manubrio quiere tomarse unas vacaciones con su novia en el Caribe, y no consigue tiempo ni para tomarse unas cervezas con los amigos en el bar que hace frente a la tabaquería de la esquina. Bajo la farola los amantes se besuquean al son del manubrio, la neblina y el cigarro. Las palomillas, apretadas de formas y ajustadas de atuendo y equipaje, conversan de amoríos apoyadas en la puerta de la funeraria, y los pedales hacen sudar al poeta, que como un ciclista en vuelta a Asturias toca el órgano alcanzando las altas cumbres del astral. El revolucionarion invento lírico funciona a cuerda, como cualquier otro juguete antiguo. El juguete puede ser una bomba en manos imprudentes, el niño se puede tragar la hélice. El poeta, pájaro perdido, disfrazado de fogonero del tren, pierde el tubo de escape y se va yendo por el horizonte haciendo un barullo ensordecedor, y echando humo. En la página siguiente le vimos dándole a la manivela. Ya no hacía ruido, pero sudaba.


211.
Hay palabras que sirven para recordar, para evocar tiempos pasados, para traer a presencia gentes queridas ya fallecidas (que Dios acompañe el eterno deambular de sus almas por los bosques negros del olvido). Palabras memorables que apuntan noticias remotas, de lejanos paises poblados por gentes salvajes y bellas, palabras que decoran el palacio de la memoria, y al tiempo que de ello precisan lo reconstruyen con minuciosa parsimonia. Consagran sus vidas a eternizar la realidad, teniendo siempre presente lo que quieren decir, lo que dicen. Palabras inolvidables, vivas, dignas de ser conmemoradas en el día de la Victoria, el día de la Amistad o el día de la Imaginación. Palabras que desentierran virtudes antiguas, las bodas de oro, no tener en olvido a los difuntos, no echar en saco roto los consejos de los mayores. Palabras que recapitulan a cada paso, y se recuerdan continuamente de algo que suena a nostalgia, a añoranza, a saudade. El poeta, por ejemplo, que tiene una memoria de grillo, nunca olvidará algunos de los versos de Pessoa. Palabras otras que sin embargo son mentirosas, palabras de comerciante, de político, de droguero, palabras que embaucan, embrollando el discurso, que andan con argucias y disimulo fingiendo ser lo que no son, lo que nunca pueden llegar a ser. Al poeta que falta a la verdad se le envenena la sangre. Pero hay muchas palabras falaces en el diccionario, palabras exageradas, patrañas de un artista chapucero, engañoso y remendón, un artista fulero pintando un cuadro, libre, al aire. Palabras cuentos, fábulas, novelas, tinterilladas escritas al acaso un jueves de otoño por la tarde. Escribirlas es la droga con que el poeta se aplica para ponerse a gusto. Leerlas narcotiza al lector, que se duerme al instante. Palabras bernardinas pueblan sus sueños, palabras que inventan una realidad nueva, un mundo aparte. Camina en soledad un hombre bajo la niebla con que se cubre el sol que cae. Escucha pasos tras él. Le tocan con algo por la espalda. Suenan de repente las doce campanadas. Doce palabras macaneras desnudándose al trasluz de una noche sin luna, frente al telón de estrellas, bajo la cruz en que luce clavado el diablo, muerto y verde de risa. Así como se desenreda su lengua, se desenreda el argumento. Quiere decir algo, el miedo, el horror, la confirmada certeza del presentimiento. Pasó lo que tenía que pasar, el tiempo, y no se dió ni cuenta. Ahora ya es tarde. Se acabó.


212.
Palabras que parecen espejismos, fuegos fatuos, palabras secas, las del hada Morgana, palabras remolino, un terremoto que asoló la ciudad del arte. Palabras de madera, palabras de viento, con una atmósfera enrarecida como la de un cafetín de Buenos Aires en que se reúnen a fumar ásperos tabacos los seguidores y los detractores de don Domingo Luis Borges Perón, el héroe nacional. ¡Qué barbaridad!. Palabras con un alto grado de humedad pervirtiendo sus humores, mucho calor en los lomos, los riñones que se quejan, la nieve cayendo, las nubes sonriendo, y el rayo que no cesa a punto de estallar. Un arco iris risueño esconde sus alas bajo las piernas de una palabra sin par, palabra asoleada y en los ojos la aurora boreal. Palabras gemelas, nacen como las cabritillas de dos en dos, palabras con lucecitas zodiacales abrillantando los pelitos dorados que a la musa le nacen entre las piernas. —Pájaros perdidos vuelven del más allá a confundirse con un cielo que no podré ya nunca recuperar— dice. —Desde el mar llega un fantasma hecho de cosas que amé y perdí—, responde el bandoneón, que suena triunfalmente fatal. El tango eclipsa el ambiente. Los viejos de la tribu tiemblan al ver reaparecer al pájaro perdido. Piensan que les ha llegado la hora. Los trabajadores aprovechan la confusión para echarse a descansar. El astrónomo aparece por la televisión a explicar lo acaecido. El poeta, irritado por tan inoportuna intromisión le arroja un tomate vivo a la cara, y el tomate, un dibujo animado, es un ser tan loquito como una ardilla, con los dientes afilados de rata tropical y la avidez hambrienta de un niño de la guerra perdido en alta mar, entre bandadas de pinguinos azules y el recuerdo del pájaro perdido que se fue al norte para nunca más volver atrás. Es un bicho vivo y rojo que se le revienta al astrónomo en las lentes de las gafas, soltando sus tripas locas al aire. Entre las vísceras una nube de aerolitos, un reguero de candelillas y un abismo al que el poeta se asoma a vomitar. Por si acaso, el lector abre el paraguas.


213.
Palabras cocidas en el horno, palabras de aluminio y cobalto, estroncio y oro. Palabras minerales, en pepitas que el poeta busca afanoso entre las arenas del diccionario y las aguas turbias del amor. Palabras inoxidables, maleables y dóciles, algunas de ellas preciosas, potasio, sodio, estibio y paladio. Otras bajas de ley, laminadas, o aún en el crisol, fundiéndose, licuándose, blanqueciéndose. El fuego del soplete que maneja la musa, y en sus labios de miel palabras dúctiles en ramillete, margaritas enamoradas. Palabras broncas pero siempre con un qué de refinadas. Palabras simples como la quincallería que Ivon Smavic llevaba en los bolsillos de sus calzas cuando un tío carnal suyo y serbio le mató por estar jugando a los banzones con un niño impuro y albano. Los padres de éste, en venganza, prendieron fuego a la aldea, destruyéndola para salvarla. Palabras con bigotes, que vienen de molde, palabras pederastas que al leerlas nadie se imagina los horrores por ellas cometidos en los prostíbulos infantiles de Tailandia, Filipinas, Cuba, Brasil o Villanueva del Espejuelo, en las tierras del Extremo. Palabras al fin pesadas como plomos, que se benefician cuantas más veces leídas, que si templadas con unos vasos de buen vino se adulzan, y que si se recuecen en caldo de aburrimiento se comprenden mejor.


214.
Palabras que se crian en un yacimiento minero, en el subsuelo, bajo un terreno baldío que pertenece al Real Gremio de Poetas. Palabras excavadas, galerías infinitas que se entrecruzan, senderos borgianos que se bifurcan. De vez en cuando un filón de buena prosa, una vena de sangre lírica fosilizada, rara especie de ámbar verbal que al ser pulido recuerda el brillo de las lágrimas que llora la Virgen de la Alegría. El lector atento coje la hebra y no la suelta más, explorando el filón hasta la última gota. Por una hendedura que se abre al dar un giro a la izquierda entra definitivamente en el texto. Desobstruye con paciencia un enramado portoncillo de alambre de espinos que le impedía seguir adelante, y luego se libra con destreza de las asperezas que entupían la chimenea por la que sale el humo de las narices del poeta mientras echa el fruto de su inspiración al aire. Aterrerando a orillas del riachuelo lava y lava la materia, con el agua reumática por las rodillas. El metal precioso se acuesta en un corte del discurso, el tesoro enconfrado en las entrañas de la tierra, el lector asombrado ante el brillo de lo que el poeta cató para él con paciente labor de picador de carbón en la cuenca del arte. Despacha el asunto con tenacidad, con perseverancia de sabio monje chino grabando con hilos de oro el I Ching en un grano de mostaza de los que les caían de las manos como parábolas a Cristo. Las palabras son el hilo de Ariadna en el que las cuentas del collar se engarzan. Un collar de granos de mostaza repulidos como el ámbar que lloran los ojos de la Virgen de la Alegría. El estilo, del que hay que huir, pero al que al fin hay que enfrentarse, es el Minotauro, una palabra que sirve para aclarar las cosas, como la lámpara que llevan en la frente del casco los mineros, y que provoca que anden siempre con miedo de que explote una bolsa de grisú. Los maderos que sostienen el techo crujen, carcomidos por el caroncho y la humedad, y las tinieblas. El poeta avanza como un tren impetuoso o una manada de búfalos en las praderas del recuerdo, despojando el camino de inconvenientes. Si es preciso, un barreno, un dinamitazo, y, si se cansa, cierra el libro y se recuesta en un rincón a meditar en cómo ponerse a escribir palabras sacerdotales, empeñadas en decir misa, revestirse y consagrar. Palabras que encuentra entre las rocas de carbón y las pepitas de pirita, oro puro con que evoca el sacrificio incruento del altar en que fue inmolado el Maestro, palabras que rinden culto a la diosa Belleza, la festejan con inauditas oraciones, glorias luminosas como cánticos celestiales y credos y avemarías y padrenuestros a docenas. El Evangelio se lee en voz alta. Luego el ofertorio, la comunión, todo palabras vanas si el feligrés no está en lo que se celebra, su corazón está en otra parte, está entre las piernas de la musa, echada sobre un monte de arena blanca como el plumón de los cisnes que boyan en el estanque de la eternidad, o está en el cofre del dinero, contando los lucros y calculando los intereses, o en las antesalas del poder conspirando con senadores, jueces y generales, o entre los pechos sabrosísimos de una mujerzuela en la taberna, borrachos ambos de aguardiente y de lujuria. En caso contrario las palabras serán limpias como la mística, palabras secas, extáticas, arrobadizas, como si no fuesen de este mundo. Es intensa la mirada con que la musa, desde su trono de espuma, contempla al lector, vestido con ridículos pantalones a rayas, zapatos de charol y sombrero panameño. El pobre lector todo enajenado, alucinado con el resplandor de la estola, la casulla y la campanilla que tintinea en la mano del que oficia tal milagro. Se celebra un rito antiguo, el poeta es ministro de una ancestral religión purificadora, los hermanos del sol negro de Acuario. Arde el incienso con olor a versos bucólicos mientras la musa se mueve convidando a entrar en ella y disfrutarla a fondo. Su mirada es una caricia de lascivia insoportable, sus manos atraen imitando el movimiento ondulatorio del canto de las sirenas que pueblan el mar de la inspiración. Desde el trono la diosa eleva los ojos al cielo. Tanta hermosura deslumbra. El lector cierra los ojos y traga la hostia ensimismado, mientras renueva sus propósitos de enmienda y piensa en la manera de hacerle entender a aquella beldad que él tambien quiere dormir con ella. Se le hace la boca agua solo de pensarlo. La hostia no la muerde, no, que es pecado. Se le disuelve en la boca poco a poco cuando sueña con los labios del clítoris que la musa se toquetea con sus dedos blancos, echada como un gato entre la espuma que flota sobre la prosa burbujeante que mana de la pluma del poeta. También se propone mejorar cada día un poquito más. Al volver en sí aún sigue en la mina de carbón. Enfermo de silicosis. Y pobre. De oro solo el que brilla entre los sueños del recuerdo.



215.
Palabras divinizadas, cada una un diosecillo propio y diferente, palabras que crean un cielo nuevo, un olimpo en el que el néctar y la ambrosía manan de las fuentes que recrean el florido paisaje. Palabras joviales y tonantes, apolíneas, volcánicas a veces, no siempre saturnales. Palabras aduendadas, medúseas, satíricas o eleusinas. Palabras que vuelan sobre el papel con alas de mercurio, que persiguen alborozadas los pasos del cíclope, con intención de hincarle un soneto de amor en su único ojo. Palabras que se reencarnan en otras, como los parias de la India, que ya fueron monos, perros, cucarachas, y ahora esperan la aparición del avatar, en plena apoteosis del milagro poético. Las musas, las euménides y las furias asisten a una carrera de larvas en el alto astral. Las parcas, vestidas de negro, aplauden desde el tendido, apoyadas sus cinturas en la balaustrada de hierro forjado por manos de artista. Entre el estimado público un gnomo coloradote, sonrisueño, barbado y gordinflón, un gnomo bajito y viejo conversa de asuntos internacionales, política, negocios, finanzas, esas cosas, con el argonauta que tiene la tienda de ropa interior en la otra esquina, a dos cuadras de la tabaquería. Frente al escaparate de la tienda el lector, encantadísimo, observa con fruición los delicados maniquíes, las graciosas señoritas que tapan sus excelentes desnudeces con las primuras de encaje que el argonauta vende tras del balcón con ademanes de especiero minorista o de orfebre judío. La musa destaca sobre todas ellas no solo por su altura, o por la transparencia de sus ropas, sino porque en su cabello luce un ramillete de fortunas, y cada fortuna tiene un hada viviendo en un rincón. Las alas del hada son construidas con telas de araña. Morfeo duerme en la hamaca, y sueña que esa araña le recorre lo que le cuelga entre las piernas. Se estremece cuando varias palabras supersticiosas le sacan la lengua. Hace la señal de la Cruz al ver que el pagano del poeta ha saltado al ruedo a torear al férvido Eros. Cibeles, en el carro, pone alto el volumen de la música, una serenata en el mejor estilo campestre. Baco, en la barra del bar, bebe un vaso de agua mineral sin gas mientras Diana juega a tirar dardos con una amiga suya de muy buen ver. El ogro asusta a los niños que en el patio corretean en torno del ciruelo, y el hipocentauro se mete un picotazo de cocaína en las venas del cuello amparado en el cortinaje del camarino. Los pigmeos que el poeta trajo de su último libro de viajes brincan en una poza con un tritón, los elfos tocan la lira entre las ramas de los abedules que pueblan el bosque azul llamado diccionario, y las sirenas recaudan fondos de ayuda para la asociación que lucha contra el cáncer de pecho. Palabras mitológicas las que el viandante usa para excusarse por no poder contribuir, no lleva ni un centavo encima, dice, aunque cuenta doscientos treinta y siete reales y ochenta y cuatro centavos en la cartera. Las salamandras se persignan ante tanta mezquindad, Júpiter les recrimina por no ser suficientemente comprensivas, las nereidas, los trasgos y los lestrigones bailan sobre el tablado una rueda de samba y los lectores comentan entre sí lo sucedido, lo poco que han entendido y las razones que tuvo el poeta para de repente salir haciendo mutis por el foro, sin decir ni pío.


216.
Palabras que predican con el ejemplo, enseñan no para que las copien o imiten, sino para que el lector disfrute de su naturalidad y de su clasicismo. Palabras que sirven de reglas, modelos vivos a seguir, moldes padronizados con que el zapato del lector se ajusta a la horma. El poeta no es un dechado de virtudes, pero sus palabras saben ser arquetípicas. Tocan el inconsciente colectivo del lector, que mientras busca una piedrecilla en el zapato no ve la locomotora del tren que se le viene encima. Palabras ideales como espejos, parangones que imprimen un sabor especial al texto, palabras que nacen del origen del misterio poético, palabras raras, nuevas y únicas, que edifican un carácter, imprimen una huella, y son, sobre todo, tremendamente originales.


217.
Palabras bordadas sin cuidado por un crápula borracho, en una noche de juerga, entre vómitos y cambaladas, palabras caladas en el silencio del camerino de la bailarina cuando se cierra el cabaret y ya la madrugada canta como un gallo que quiere ver el sol nacer. El poeta es un joven e irresponsable zamacuco, disimulado y astuto, que apoyado en la farola de la esquina de la tabaquería tararea un tango con el bandoneón que esconde entre la tinta con que moja la pluma antes de con ella rasgar la blancura inmaculada del papel. El lector le escucha escondido en un soportal, la luz apagada, sin dar la menor señal de vida. Las palabras que le llegan al oído, palabras de hilo, palabras de seda, con el gusanillo adentro, con la lengua gorda, palabras que tropiezan en las erres, hacen equis, se ahuman en las jotas y en las haches, palabras de realce, recamadas entre festones y argentería, palabras enmarcadas con ramos de olivo, entretejidas en ramos de laurel, palabras beodas que satisfacen su gula inmunda a orillas del precioso lago azul, los abedules cenicientos tiñendo de bruma el paisaje, y en los montes las nubes apoyadas, arracimándose como ovejas en el corral. Palabras vestidas de lentejuelas, guirnaldas de ternura que cuelgan del hombro del poeta, en el que supura una herida nauseabunda, la imaginación, con gusanitos (son muy distintos, aunque de la misma especie que el gusanillo) vivos y de muchos colores, gusanitos alcoholizados, esponjas embebidas en labores de ajenjo, mucho adorno y fililí, palabras suaves que se dirían de talco, chiquititas como mostacilla, tan sabrosas como la miel sobre hojuelas. Palabras que se derraman, que caen sobre el papel. También cae la hojarasca en el otoño del camino. Se encanecen las barbas, se arruga la faz, se curva la espalda. Palabras difusas, circunfusas, palabras que se vierten, manantial, chorro de luz, palabras salidas de un túnel, el albañal, el desagüe del depósito de sobras del poeta. Palabras que se desbordan, redundantes, siempre fluyendo, yéndose, desperdicio de palabras, lo que se dice una pérdida de tiempo, dando cuenta del papel. ¡Y qué dispendio de tinta!, ¡qué dilapidación de energía!, ¡qué desaprovechamiento del Karma!.


218,
Palabras andrajosas, desastradas, dichas al tuntún, a la buena de Dios, palabras que desaniman, que anonadan al lector, le dejan flaco, impotente, acabado. Palabras afiladas, que cortan las alas, un chorro de agua fría en su alma conturbada. Se le caen las alas, parece un avefría desmalazada y medio muerta, palabras agobiantes, sepultura, cobardía, tedio. Palabras inelegantes, con el sombrero mal puesto, el cabello estropajoso, el corazón mustio, la camisa sucia, el ánimo postrado. Palabras escuálidas, palabras que aterran. Palabras desvaídas, palabras que deprimen, siempre palabras dichas con desdén, con la absoluta indiferencia del artista que solo saber ser feliz en la total entrega a la acción creadora. Palabras ridículas y despeinadas, el culo al aire, miopes, la barba a medio hacer. Palabras sórdidas, de rostro lánguido, mirar que destroza lo que toca y ánimo pesimista. Palabras cabales como la muerte que esconden adentro. Palabras que nos miran por encima del hombro, y nos palpan el alma y nos hieren en el fondo, en la región más íntima del entendimiento, aquella que linda con el terror y con la maravilla.


219.
Palabras que se enredan, palabras de hiedra, envolventes, complejas, intrincadas, palabras que escurren por el embudo que el poeta, greñas de sombrero en la cabeza, un tinglado de madera entre las manos, sostiene con los dientes por el rabo, por el mango, perdón. Las palabras, en total desorden, se hacen un lío al deslizarse resbalando por el aceitado tobogán. Al llegar a fondo activan una palanca que pone en marcha el tejemaneje que el poeta manipula con sus manos hábiles de artista, trapisonda de hilos y letras entretejidas que funciona a cuerda, o a pilas, según convenga, y que se puede embrollar en una bola única del tamaño de las que se usan para jugar al billar, y guardar en el bolsillo. Una riestra de ajos en manos de un mono inquieto, el poeta teje un lío, un laberinto de hilos enmarañados, cabellos de la bruja Inspiración, bruja atrevida que a veces se disfraza de musa y se desnuda descarada y otras se convierte en artilugio de madera que el poeta hace sonar con mañas de organillero en noche de verbena saturnal. Palabras en guirnalda que llevan el rabo trenzado con margaritas, que también usan mango para dejarse agarrar, y que el lector no se queme las manos. El artilugio es en realidad un poco excesivamente complicado, se mueve. Parece las olas del mar en día de tempestad; a veces sus brazos de pinocho se encrespan, o se quiebran como las ramitas de un árbol. La sangre que se les escapa de las venas está cuajada de palabras cargadas de valor, palabras firmes y constantes, dichas desde una fortaleza interior, de una vez, sin pestañear, y con la frente levantada. El poeta está templado, el aire corre fresco por entre los renglones de la voz, la tinta cargada de matices, y la musa defiende una posición invulnerable, tan bella y deslumbrante como siempre, aunque eso sí, un poco más gordita, se ve que le va la buena vida.

220.
El poeta quiere comer vivo a su lector. Este se ha atrevido a desvelar la palabra musa de aquel, que no se lo perdona. Le ha sacado de sus casillas. —El tío se ha pasado—, piensa para sus revueltos adentros . Se da contra la pared. El lector, que aunque también vive en las nubes tiene malas cosquillas, habla entre dientes. Palabras rabiosas. Se pelan las barbas, ambos mosqueadísimos. Se muerden los dedos, echan fuego por los ojos y arrugan la frente mientras se tientan mutuamente la paciencia. Al final, de refilón, el poeta se va haciendo mutis por el foro, al tiempo que concibe un soneto que es más un bufido que una alegoría. El lector, impaciente, inicia su cotidiano paseo por el campo.

221.
Palabras que atraen, que nos invitan, llenas de gracia, palabras salerosas que danzan como gitanas de Andalucía en una noche de magia y fuego, las castañuelas lanzando el hechizo al aire, palabras que se clavan como anzuelos, el lector que se atragante a gusto. Palabras que encabestran, arrebatadoras mujeres alegres de las noches del puerto, palabras señuelo, carnada viva, puras, virginales, palabras que cautivan, que sorben la atención, hermosas como quinceañeras en flor a punto de despojarse por primera vez de sus livianas vestiduras. La musa, garabatosa, altiva, celosa, ruge encendida de rabia. Las garzas blancas alzan sus cuellos inmaculados a orillas del Guadalquivir, y un flamenco vuela roseando el cielo, las guitarras haciendo olés en el ruedo, y el arte entre los cuernos del toro clavándole la espada de sopetón. Si el lector se atraganta de nuevo con la espina del deseo al ver cómo la musa, compasiva, le acaricia la cabeza al noble bruto, y se desnuda para cubrirle con sus velos en el postrer viaje al más allá, no es culpa del poeta. Si el lector se muere a causa de esa mala espina tampoco es culpa de la musa. Ni de la prosa. Es culpa del pez. O culpa del duende que agita los pies de las bailarinas. Amor brujo, magia negra, fuego entre las cuerdas de la guitarra, las palmas, el taconeo, las bulerías y los olés. El lector picó como un bonito voraz. El poeta lo sintió mucho. Hasta le salieron una lagrimitas. ¡El muy hipócrita!. Lagrimitas de cocodrilo.

FIN.







































EPÍLOGO.
Palabra. En femenino. No se dice palabro. Es antes de nada un sonido. Pa—la—bra. Un conjunto de sonidos que dicen algo. Una idea. Palabras que hablan por sí solas. Se dejan escribir sin perturbarse. Son aptas para la oratoria. Al derecho a hablar en una asamblea de constituyentes o asociación de vecinos se le dice así. Palabra. Uno da la palabra cuando se empeña en dar algo por seguro, la palabra como contrapeso del testimonio. Los hechiceros, los poetas, los curanderos dicen palabras mágicas, dicciones prodigiosas que producen extraños, incomprensibles efectos. La Palabra de Dios, que los predicadores pentecostales recitan de memoria a las puertas del mercado de abastos, es una cosa diferente que la palabra que se dan los novios al contraer matrimonio. Hay palabras picantes, en este libro hemos visto alguna desnudarse de improviso y tocarse los labios del clítoris con las yemas de los dedos de la musa, siempre una y la misma. Palabras de rey, que, como dice el diccionario, sirven para encarecer la seguridad de la palabra que se da o de la oferta que se hace. A veces en el libro hemos visto palabras al aire, insignificantes, infundadas. La culpa de todo —dice el poeta— la tiene el Ideológico de Casares, herramienta indispensable para resolver este juego de palabras cruzadas. La verdad es que el poeta cuando gasta palabras habla inútilmente. El lector que bebe sus palabras vive colgado, pendiente de ellas. A veces le dan ganas de volverle al poeta las palabras al cuerpo, obligarle a que se desdiga y empieze todo de nuevo. Otras el poeta quiere venderle palabras a la mismísima musa, deslumbrante con sus zarcillos de ámbar y sus brinquillos de azabache, y con ( o sin) nada más. Su cuerpo, dicho a medias palabras, a la luz de una vela, el colchón de plumones de pato, la música chopinesca romantizando el ambiente, incienso de opio y aromas de amor. Los más crédulos dirán que las palabras de este libro sirven como oráculo, respuestas anfibológicas que dan a lo que se les pregunta. Pero el poeta no tiene más que una palabra para decirle a su musa, decirle te quiero, Anna, te quiero, aunque no te lo suela decir. Palabra esa que otras veces trata mal, ofende, se retuerce y al pie de la letra le quita al lector la palabra de la boca. La musa mide las palabras con sus besos, el poeta en dos palabras la deja satisfecha y relajada en un rincón del lecho. Acurrucada y relamiéndose la vimos por última vez. El lector, sabiendo que el libro se le acaba, y triste por ello, derrama una lágrima. Una sola, no de cocodrilo, de verdad. Una sola palabra de verdad. Palabra que no dice casi nada, y sin embargo hace llorar.

El Sosiego
Santo Antonio do Leite
Enero 1998— Noviembre 1999.
(Con un especial agradecimiento a mi hermano Braulio, poeta, editor, librero, que en una playa de Formentera, robándole tiempo al ocio veraniego y a la lectura hechizante de Moby Dick, se ocupó en corregir el original, con mucho acierto, y tuvo el buen gusto de proponerme que numerara las estrofas: "Palabras entra mejor, como el whisky de malta, en pequeños tragos, sin necesidad de empezar por el principio y terminar por el final". Yo, como él, también opino que el libro no acaba sino de comenzar).

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